La reputación es la evaluación social de una persona o una organización. De esta manera funciona como un mecanismo de control sobre la conducta al considerar una persona (u organización) qué impacto tiene su accionar sobre la percepción que el “otro” tiene de nosotros. No necesariamente uno siempre desea tener reputación como una valoración positiva. En los negocios, o en la arena política, el objetivo de manejar estratégicamente la reputación es el de afectar las expectativas en una instancia de negociación, y a veces tener “mala” reputación ayuda. Por ejemplo, el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, tiene reputación de compadrito. Esto seguramente le ayuda a intimidar empresarios a someterse, ya sea reprimiendo aumentos de precios o controlando lo que pueden exportar o importar.
La Argentina como país también tiene su reputación, que como la de Moreno, es negativa. Pero para el país en su conjunto esta reputación no obedece a una estrategia en el juego de las naciones. Es el resultado de la pérdida de credibilidad en un país que ha demostrado no tener el mínimo reparo en “pelearse” con gobiernos que le ofrecían gestos de apoyo (como el caso de EEUU y la actuación del payasesco canciller Timerman en el decomiso de la carga de un avión militar norteamericano). Un país que para que su moneda aparezca menos sobrevaluada de lo que está en el conocido índice Big Mac de The Economist no duda en usar al mismo Moreno para presionar a MacDonald’s a reducir el precio de dicha hamburguesa. Evidentemente como país tenemos una reputación que no es la adecuada para incentivar la radicación de inversiones de largo plazo, que son necesarias si queremos mantener la ficción de nivel de vida del “Todo para Todos” del gobierno kirchnerista. Un país donde lo que la gente entendida pregunta es “¿cuál es la próxima caja que el gobierno va a expropiar?” es solo viable para quienes tienen un horizonte de muy corto plazo.
Escrito por mgeiras