Camino al 2023

15/11/2021

Las elecciones de ayer transcurrieron como se esperaba. El domingo previo hice una encuesta en Twitter preguntando quien sería el ganador ayer. Mi intención era preguntar por el ganador en términos relativos a las PASO. La idea es que había argumentos para las tres opciones, JxC, el gobierno, y los libertarios. Sin embargo, como me olvidé la palabra clave «relativo» solo hubo votos para la opción JxC que claramente iba a ganar en términos absolutos. Como lo hizo.

La realidad es que JxC fue el claro ganador y se perfila para repetir el triunfo en 2023 logrando volver al poder después de cuatro años. La razón para estar tan confiado es que el gobierno no tiene recursos para comprar votos. Y con esto me refiero a que no tiene ni dinero ni relato. Daniel Gollán al pedir «platita» estaba al mismo tiempo matando la épica kirchnerista.

Se discute qué va a hacer Cristina. Como si solamente tuviera dos opciones: a) acompañar la política económica del gobierno, lo que implica suscribir un ajuste fiscal (condición necesaria para conseguir un acuerdo con el FMI), b) abandonar a Alberto Fernández a su suerte y oponerse al plan económico. Carlos Pagni en varias notas presenta esta disyuntiva (hoy la última) argumentando que

No es envidiable el dilema en el que Cristina Kirchner está atrapada. Nadie puede garantizarle una política económica que signifique que en los próximos dos años habrá una recuperación sistemática del salario real. Es decir: nadie puede garantizarle un programa que le asegure un triunfo presidencial para 2023. Si en ese momento está condenada, ella y su grupo, a pasar a la oposición, ¿por qué no hacerlo desde ahora? Sin embargo, esa ruptura con Alberto Fernándex la convertiría en «Chacho» Álvarez. La desencadenante de una gran tormenta.

Es cierto, las posibilidades de política económica que tiene un país sin crédito y sin stocks para confiscar (con la excepción de los depósitos bancarios, pero cuya expropriación precipitaría la caída del gobierno, recordar el corralito) se reducen a la administración del ajuste. A lo sumo a suavizar la velocidad con la cual se recorta el déficit fiscal y evitar que la inflación se espiralice a un nivel mucho mayor que el 60% actual.

Sin embargo, terminar su mandato de la mejor manera posible le permitiría al gobierno mejorar su posición de poder en el llano a partir de diciembre de 2023. Para ello, por un lado importan la cantidad de legisladores que se logren retener para influenciar en el poder real (en el Judicial mantendrá su impronta, recordar que la Corte Suprema supo ser un importante obstáculo para Mauricio Macri con sus fallos sobre la coparticipación y los aumentos de tarifas). Por otro lado importa la preservación del capital simbólico, pretender seguir siendo los representantes del «pueblo».

En esta disyuntiva el peronismo tradicional se inclinaría más por la primer variable, el poder real, mientras que Cristina estaría más interesada en lo segundo, la mística. Pero en gran medida no tienen porqué ser excluyentes. Hay un rango de políticas y acciones en el cual se puede acordar un ajuste que Alberto Fernández y su gobierno defienda y Cristina y el kirchnerismo denuncie como una extorsión que no se puede evitar (indicando su deseo de volver a conquistar la independencia perdida). Lo importante será que todos los legisladores del oficialismo voten las medidas económicas que el presidente y sus colaboradores propongan. Porque la opción de la «gran Chacho» está fuera de ese rango mencionado: Cristina can’t have her cake and eat it too.

Por esto creo que no habrá ruptura total del gobierno, sino la consolidación de dos vertientes que convivirán hasta las elecciones de 2023 y que recién desde el llano se distanciaran para ver qué prédica retiene más los votos en 2025. Cristina ya está jugada, pero el futuro de sus sucesores, Máximo y en menor medida Axel, depende de evitar un divorcio traumático.

En cuanto a JxC se especula que dada la ausencia de un liderazgo definido hay un peligro que las fuerzas centrífugas dividan la coalición en dos. Supongo que este razonamiento se basa en el espejo del oficialismo: unidos en la adversidad, bolsa de gatos en el poder. Pero le falta una reflexión importante a esta predicción: La enormidad de la tarea por delante (bajo el supuesto razonable que el gobierno no desarme en su totalidad la bomba, política que tampoco estaría dentro del rango arriba mencionado) es tal que se requiere un esfuerzo hercúleo, imposible de lograr con una mitad de JxC (y una mitad del peronismo). Se requiere TODO JxC, y algo más.

Que para gobernar a partir del 2023 JxC necesite estar unido no es garantía que las fuerzas centrífugas mencionadas no terminen dominando. Es necesario que las distintas facciones de la coalición articulen un programa superador de sus diferencias. Es lamentable que no hayan empleado siquiera una fracción de estos dos años para ello (ver nota del año pasado). El único que realizó una autocrítica (parcial) fue Mauricio Macri y se vió recompensado con cierto reconocimiento.

Puede Macri reducir su imagen negativa en un año como para pensar realistamente en ser el candidato de JxC? Lo dudo, pero sin duda seguirá trabajando en ello. En mi opinión lo mejor que puede hacer Macri, manteniendo la iniciativa como hizo el último año, es excluirse de la candidatura presidencial preservando una cuota importante de poder.

Supongamos que Macri proponga lo siguiente. Que la candidatura presidencial se dirima en internas entre un candidato del PRO (a surgir entre una interna previa entre, digamos Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich) y un candidato de la UCR (que surgiría de otra interna entre los varios radicales con aspiraciones). Según el resultado de la interna se dividirían los ministerios y otros cargos de peso institucional en un gobierno de coalición: Si el margen de victoria es menor a 10% el ganador pone los primeros tres ministerios, Macri los segundos tres (pactando la preservación para sí mismo del cargo de canciller), y el perdedor los siguientes tres. Se completan los cargos de a uno siguiendo la misma regla (ganador uno, Macri uno, perdedor uno). Si el margen de victoria es mayor a 10% se procede igual pero la elección inicial es por cuatro cargos, no tres.

De esta forma todos saldrían ganando. Macri conservaría una cuota importante de poder. El PRO seguiría siendo el socio mayoritario de la coalición, incluso si pierde la interna. Y el radicalismo sería, de mínima, parte importante de la misma (siendo que gran parte de su reclamo a Macri fue que su papel entre 2015-19 haya sido solamente legislativo).

Por supuesto que para lograr que esta alquimia funcione, las partes tienen que coordinar un programa de gobierno que les satisfaga sin importar quien esté en la Casa Rosada, ni cual sea la composición final del gobierno (obviamente esto determinará cómo y en qué grado se implementará dicho programa, el cual a su vez, como todo contrato incompleto, dejará algún margen para la discrecionalidad). A esta tarea se deben abocar desde hoy, sin perder tiempo. Porque para ganar las elecciones, y el poder, en 2023 importa no solamente ser «no peronismo», sino también devolver a los votantes una, aunque sea módica, esperanza que el país se pueda poner de pie.


Seguro de desempleo

21/10/2021

En Argentina se ha vuelto a discutir una reforma laboral. En particular hay un ante-proyecto (o globo de ensayo) que busca reemplazar la indemnización por despido por un seguro de desempleo.

Desde una perspectiva técnica los dos mecanismos funcionan igual, un trabajador que es despedido cobra una indemnización. Pero los incentivos de los empleadores son diferentes. En el caso actual la indemnización debe ser pagada al momento del despido mientras que con el nuevo esquema se paga durante la vida laboral del empleado con la contribución a un «fondo».

Me dirán que en la ausencia de fricciones los sistemas siguen siendo equivalentes pues nada impide a una empresa depositar el equivalente al incremento de la indemnización futura cada vez que el paso del tiempo implica un aumento en el derecho del empleado. Pero no vivimos en un mundo ideal, menos en Argentina.

Con el régimen de seguro de desempleo las empresas tendrían menos trabas para despedir a sus trabajadores y esto lo advierten los sindicatos, principales críticos del proyecto. Los autores del proyecto lo saben, pero valoran la flexibilidad que el régimen le daría a las empresas para ajustarse a shocks. Y suponen, creo correctamente, que las empresas no usarían el mayor poder para amedrentar a sus empleados: En un mercado competitivo las empresas explotadoras verían como sus trabajadores migran a otras.

Si es cierto que el cambio en el balance de poder podría reducir el promedio de los salarios. Pero estimo que el efecto sería cuantitativamente pequeño (extrapolando por cambios pasados en los régimenes laborales durante 30 años). Y si las empresas vieran que esta mayor flexibilidad les aumenta su valor (porque antes shocks negativos reducen sus pérdidas) incrementarán la inversión y por ende aumentará la productividad laboral y con ella los salarios.

Cómo habría que pensar este régimen de seguro de desempleo para que aumente la probabilidad de ser aceptado por los sindicatos y sea persistente en el tiempo?

Por un lado el «fondo» al cual se pagan las contribuciones no debiera ser un fondo privado. Lamentablemente en la Argentina caja que se crea es caja que se termina expropiando. Con el recuerdo de las AFJP fresco en la memoria es razonable pensar que el día que el Estado tenga una necesidad de financiamiento importante manoteé los fondos y asuma el pago de las indemnizaciones.

Por ello es preferible hacer al sistema directamente estatal: las contribuciones se pagan a un fondo público y este paga las indemnizaciones cuando se producen los despidos. Por supuesto que tiene que estar bien regulado para asegurarse que el fondo sea capaz de enfrentar estas obligaciones, y con incentivos para que el gobierno de turno no busque impedir despidos para hacerse de estos fondos (sobre esto ver comentario más adelante).

En el futuro si el país gana credibilidad se podrá pensar en «privatizar» el esquema para darle más profundidad al mercado de capitales doméstico. Pero hoy estamos a años luz de tener una macro ordenada y resiliente (también ver comentario más adelante).

Con respecto a la posición de los sindicatos, imagino que agregarle al sistema un componente que encarezca los despidos cuando hay fuertes shocks agregados podría ser la llave que los acerque a aceptar el cambio.

Nuestros sindicalistas, con todos sus defectos, (creo) son conscientes que a nivel micro es valioso que las empresas pueda ajustarse cuando enfrentan shocks. Entienden que la contracara es aumentar el empleo en el boom. Pero son muy aversos al riesgo agregado de pérdida de trabajo. De ahí la doble indemnización y prohibición de despidos que tuvimos estos dos últimos años, y también luego de la crisis de 2001.

Si el nuevo régimen estableciese, de manera automática, que las empresas deberían pagar una indemnización supletoria según las condiciones agregadas se crearía esta fricción para sostener el empleo en crisis. Por ejemplo, si en el mes que se producen los despidos el empleo a nivel agregado (a nivel nacional o puede ser regional, pero a mayor nivel que el provincial para provincias pequeñas) no cae no habría indemnización suplementaria. Si cae hasta X% la indemnización extra sería de un 20%, si cae 2X%, de un 40%, etc., con un tope en 100%.

Esto moderaría los despidos en una crisis y si los legisladores quisieran podrían establecer condiciones objetivas para prohibir los despidos. Lo cual ayudaría con el punto anterior ya que, como mencioné arriba, si los fondos de despido son administrados por el Estado habría incentivos a impedir despidos para usar los fondos en una crisis.

No se qué tan claro le queda al lector llegado a este punto en la nota. Pero encuentro difícil escribir sobre política económica para Argentina en este contexto volátil. Ideas que pueden ser provechosas para un 90% de la población naufragan por restricciones políticas y de grupos de interés. Como dice Carlos Melconian en una nota hoy en La Nación, donde nos advierte que nos esperan dos años de inestabilidad macro con alta inflación:

Vienen tiempos de administrar, de elongar la inestabilidad cambiaria-inflacionaria. No son tiempos de reprimir ni congelar. Tampoco son tiempos de un reacomodamiento nominal de variables “a la carga, Barracas” sin plan de estabilización detrás: dicho en otras palabras, no es momento propicio para tentarse con un “San Remes”, es decir, un “vómito desintoxicante a la 2002″: sería hasta contraproducente dado la actual inestabilidad política, macroeconómica, la pobre situación de reservas del BCRA, el país descapitalizado y la fuerte inercia inflacionaria. Ni hay margen para un “plan bomba” a la 2015, porque esta vez le estallaría antes al propio Gobierno. Son tiempos de políticas económicas para aguantar, de elongación y transición “a la Jorge Wehbe 1973 y 1983″. De surfeo, tener los pies sobre la tierra, sin buscar la heroica ni la irresponsabilidad de esconder la inestabilidad debajo de la afombra. 


Delta, y qué?

08/07/2021

Los medios necesitan despertar el interés de sus clientes para poder vender publicidad. Es su negocio. Por eso la proliferación de noticias sensacionalistas y exageración de hechos (la «prensa amarillista»). Ultimamente podemos ver esto con respecto al tratamiento de las noticias referidas a la variante Delta del coronavirus.

Es sabido que el Covid-19, como casi todos los virus, tiende a mutar con el tiempo. Las mutaciones son el resultado de cambios aleatorios en el código genético al ser copiado. Es el mismo proceso que en una escala de tiempo de millones de años produjo la variedad de vida (y al ser humano) en la Tierra. Solamente que los virus se reproducen con una rapidez que estas mutaciones se ven en días, no eones.

La variante Delta de identificó el año pasado en la India y se caracteriza por una mucho mayor tasa de contagio (el R0, el número de personas que un infectado contagia en promedio al inicio de la epidemia, sería de 7 en lugar de 2,4 de la primera variante del virus identificada en Wuhan). También tendría una mayor tasa de mortalidad, con el riesgo mayor por edad (lo que pasa con los jóvenes es que es más probable que se contagien que con las anteriores variantes).

Justifica la variante Delta el ruido mediático alrededor de ella? Si, si estamos en un país con bajos niveles de vacunación completa (ya que una primera dosis no reduce tanto el riesgo de muerte para esta variante como lo hacía con las anteriores). La Argentina claramente esta dentro de este grupo pues a la fecha solamente tiene el 10% de su población inmunizada (según estadísticas del Financial Times).

De hecho, uno puede interpretar la restricción a los viajes internacionales como un manotazo de ahogado del gobierno argentino que ve que se le viene encima un desastre. Su estrategia de vacunación confiaba en las estadísticas de inmunización parcial frente a las viejas variantes, y no cuenta con las segundas dosis debido a la especifidad de la Sputnik que usa diferentes componentes en sus dos dosis. Como diría Carlos Melconian, es un plan sanitario picapiedras. Pero Argentina no es el objeto de esta nota.

Lo que cuesta entender es el temor que los medios reflejan en sociedades donde la vacunación está muy avanzada. Por ejemplo, en el Reino Unido se critica la decisión del gobierno de proseguir con la reapertura de las actividades económicas (ver esta nota de hoy en The Guardian). Si bien parte de la crítica es porque el gobierno es de derecha y The Guardian es de izquierda, no deja de llamar la atención.

El tema es que si uno mira las estadísticas (por ejemplo las del FT linkeadas previamente). La IFT (infection fatality rate) ha caído drasticamente en el Reino Unido. El ratio de fallecimientos a infectados en enero era de 1,87/89,3=0,021 (donde el pico de infectados es el 9 de enero y el decesos el 23 de enero, o sea 14 días más tarde). Si miramos el estadístico equivalente a la fecha da un ratio de 0,03/17=0,0018 (usando el 23 de junio para infectados y el 7 de julio para muertes, i.e. el mismo lag que en enero). O sea que la IFT cayó más del 90%! Por supuesto esto refleja que Gran Bretaña ha inmunizado a más de la mitad de la población a la fecha.

Desde el comienzo de la pandemia he estado trabajando con un coautor en el estudio del diseño óptimo de las cuarentenas. En diciembre publicamos un documento de trabajo (CEPR 15541, ver resumen en VoxEU) en el que encontramos que bajo supuestos epidemiológicos y económicos usuales, y usando las tasas de infección y mortalidad iniciales, una cuarentena debería durar entre tres y seis meses y reducir la actividad en un 40%. Si ajustamos la tasa de mortalidad (y la tasa de infección) para tomar en cuenta la variantes Delta y los efectos de la vacunación, la reducción de la actividad óptima es de un magro 6%. Teniendo en cuenta que individualmente se toman más medidas precautorias está bien que el gobierno británico levante las restricciones. Es más, también debería incentivar a la gente a no ser tan cautelosa.

Tarde o temprano la gente se dará cuenta del mucho menor riesgo del coronavirus gracias a las vacunas, y la prensa amarillista deberá buscar otras historias para asustarlos.


Aprehender Aprender

21/06/2021

El gobierno nacional anunció que planea suspender las pruebas Aprender este año. Como reporta Infobae en esta nota:

El 72% de los alumnos termina la secundaria sin saber lo suficiente en matemática. Casi un 40% de los chicos tiene dificultades en lengua. Esos son los resultados de aprendizajes pre-pandemia, los de 2019. La suspensión de las clases presenciales durante casi todo 2020 y ahora durante parte de 2021, se da por descontado, generará un déficit profundo en los aprendizajes. Lo que no se sabrá este año es cuántos y qué contenidos son los que quedaron pendientes. El Gobierno decidió suspender las pruebas Aprender.

Se trata de pruebas censales que miden los aprendizajes de todos los alumnos en sexto grado de primaria y en el último año de la secundaria. Los chicos responden sobre lengua, matemática, ciencias sociales, naturales y, esporádicamente, sobre otras materias como educación sexual integral o educación cívica.

Nada que nos sorprenda del kirchnerismo. Medición que no gusta, termómetro que se rompe o mensajero que se mata. Tampoco sorprende que en octubre el ministro de Educación anunciara que este año las pruebas se iban a tomar para evaluar el impacto de la pandemia. Si algo caracteriza a este gobierno es desdecir hoy lo que se declaró enfáticamente ayer.

La no realización de las pruebas Aprender por segundo año consecutivo presenta dos problemas. Primero, como dice la nota de Infobae, no se podrá evaluar en qué áreas de aprendizaje el déficit es mayor. Tampoco se sabrá exactamente la naturaleza de dichos déficits. Uno puede en el agregado decir que el 40% tiene dificultades en lengua, pero las pruebas también sirven para ver si estas dificultados son en la lecto-escritura o comprensión de textos, por ejemplo.

En segundo lugar, el conocimiento que se adquiere en el colegio, en particular en la primaria, es acumulativo. Esto quiere decir que si los alumnos pierden terreno en 2020-21 por la pandemia, esto también se observará en las evaluaciones a realizar en 2022, 2023, etc. Es que acaso el gobierno evalúa también suspender estas pruebas? Es probable que hoy diga que no (y realmente lo piense). Pero la misma lógica que lo lleva a suspender las pruebas este año implica la persistente suspensión de las mismas (en términos académicos, la decisión es «inconsistente en el tiempo»).

Al margen debemos recordar que actores de peso, como los sindicatos docentes, se han mostrado historicamente en contra de las evaluaciones. Son muy conscientes que lo que en última instancia se está midiendo es su capacidad de enseñar, la que en promedio es muy baja.

Es interesante que en la última edición del Economist, que se publicó un par de días después del anuncio de la suspensión de las pruebas Aprender, dedica una nota editorial a la «tragedia latinoamericana de las aulas vacías». Copio algunos párrafos de una traducción publicada en El Mercurio:

La pérdida prolongada de aprendizaje empeorará los pésimos estándares educativos. Las pruebas internacionales PISA para jóvenes de 15 años en 2018 encontraron que en lectura, matemáticas y ciencias, los latinoamericanos estaban en promedio tres años por detrás de sus pares en el grupo de la OCDE de países principalmente ricos. Con las escuelas cerradas durante 13 meses, el Banco Mundial calcula que alrededor del 77% de los estudiantes estarían por debajo del rendimiento mínimo para su edad, frente al 55% en 2018. Esto tiene efectos a largo plazo. Incluso si solo se pierden diez meses de clases, el banco calcula que el estudiante promedio podría perder el equivalente a US$ 24.000 en ganancias a lo largo de su vida. Los más pobres, los de las zonas rurales y las niñas son los más afectados por el cierre de las escuelas, lo que agrava las ya amplias desigualdades en América Latina.

Muchos países latinoamericanos han realizado grandes esfuerzos para organizar el aprendizaje a distancia durante la pandemia… Esto no sustituye a la enseñanza presencial. “No todos los estudiantes aprenden al mismo ritmo”, dice Marco Fernández, especialista en educación del Tec de Monterrey, una universidad en México. “No pueden hacer preguntas ni recibir comentarios como lo harían en el aula”. Más allá de la pérdida de aprendizaje, los cierres de escuelas han traído costos emocionales y un gran aumento en el número de deserciones.

Las escuelas en muchos países de otras regiones reabrieron hace meses, con distanciamiento social, pruebas y limpieza a fondo. Aparte de la gravedad de la pandemia, hay varias razones por las que esto no ha sucedido en América Latina. Por lo general, los padres no se han mostrado interesados. En México, hasta que la mayoría de las personas se vacunen “pensamos que lamentablemente no existen las condiciones para un regreso masivo a la escuela”, argumenta Luis Solís, de la Unión Nacional de Padres, un grupo voluntario. Los sindicatos de docentes también se han mostrado reacios. En Argentina, cuando el alcalde de Buenos Aires intentó reabrir las escuelas en marzo, recibió la oposición tanto del sindicato como del gobierno nacional, su aliado. “No hay presión” sobre los gobiernos para que reabran, lamenta Fernández.

Los gobiernos podrían hacer mucho más para promover una reapertura segura mediante la información y la consulta. “A estas alturas, todos los países deberían haber hecho al menos un esfuerzo sustancial para abrir escuelas”, dice Emanuela Di Gropello, del Banco Mundial. “No estamos donde deberíamos estar”. Ponerse al día será un desafío formidable. Las escuelas necesitan evaluar rápidamente el nivel de cada alumno, organizar la enseñanza de recuperación y recuperar el tiempo perdido con clases los sábados y períodos más largos. 

Es cierto que los docentes deben evaluar el «nivel de cada alumno». Pero tener información sobre el efecto promedio de la pandemia en las áreas donde hay mayores déficits facilita esta evaluación individual. Y ver que compartimos esta tragedia educativa con el resto de América Latina no consuela, sino todo lo contrario: Hasta hace poco el país era líder en la región en materia educativa. Otro capital más que nos comimos.


Vacunas, fiel reflejo de la Argentina

24/05/2021

La semana pasada el gobierno nacional sorprendió a varios con el anuncio del regreso a una cuarentena estricta. Si bien es cierto que en todo el mundo las restricciones ajustan a la evolución de la pandemia, no deja de llamar la atención el grado de improvisación en la toma de decisiones, cambiando el rumbo 180 grados en un par de días.

En esta nota enumero algunas de las características del proceso de vacunación en Argentina que muestran como el mismo, y las numerosas críticas que ha suscitado, refleja ideosincrasias de nuestro país.

Empecemos notando el triunfalismo. El 10 de diciembre el presidente Alberto Fernández anunció que para fin de febrero tendríamos diez millones de argentinos vacunados (o sea veinte millones de dosis para esa fecha debían haber llegado y ser aplicadas). Lo importante de la fecha es que si uno tomaba las promesas de provisión de vacunas de Rusia, y su capacidad de producción, no hacía falta ser un experto en logística (que en un gobierno de científicos nunca puede faltar) para entender que los números no cerraban. Y recordemos que a fin de abril recién se festejó, con spot épico, llegar a los diez millones de dosis recibidas. Argentina potencia.

En segundo lugar habría que poner la manía de poner la ideología por encima de la lógica. El carro delante del caballo. Las vacunas que más se han utilizado hasta la fecha en la Argentina son de Rusia y China. Se celebra cada vuelo de Aerolíneas Argentinas que las trae como si fuese el cruce de los Andes de San Martín (ver link sobre el spot oficial mencionado en el párrafo anterior). Y quienes se hayan inmunizado con la Sputnik, por ahora, aunque quisieran y pudiera, no pueden viajar a Europa. Hasta la victoria siempre.

El tercer ejemplo de argentinidad que se refleja en la vacunación es el de los negociados. Dado el número de participantes argentinos en los ensayos de la vacuna de Pfizer-BioNtech el país tenía una ventaja para conseguir dosis una vez esta estuviera en etapa de comercialización. Pero por motivos que solamente pueden comprenderse como el resultado del lobby de Hugo Sigman el gobierno le dió la espalda a la que fue la primera vacuna en acreditar efectividad contra el coronavirus. Nuestros vecinos agradecidos.

Fuente: Financial Times

Hugo Sigman tejió un acuerdo con AstraZeneca para producir conjuntamente con un laboratorio mexicano para el mercado latinoamericano la vacuna que estaba desarrollando este laboratorio junto a la universidad de Oxford. Y, al igual que los rusos y todos los competidores en proveer vacunas, prometió lo que no podía cumplir, y que el experto en logística podía preveer. No por nada la mayoría de los países desarrollados suscribieron órdenes de compra por varias veces su población, para cubrirse de los riesgos inherentes al desarrollo científico (compraron dosis a varios laboratorios) como también los inevitables cuellos de botella en la producción.

Es sabido que Sigman tiene lazos con el presidente Alberto Fernández y fue uno de los principales apoyos del entonces candidato en el «círculo rojo» argentino. Favores así no se dan gratis. El proteccionismo tonto lleva al encarecimiento y baja calidad de los productos nacionales. Los argentinos que pueden van a Miami a comprar las vacunas que el Estado nacional no les provee, y aprovechan para traer ropa y electrónicos que el cierre de la economía encarece. Fronteras cerradas, cerebros también.

El cuarto factor es la desidia por el otro. El ejemplo más claro se dió en la provincia de Buenos Aires donde en los municipios con intendente opositor la vacunación, en lugar de ser en hospitales públicos, se realiza en vacunatorios improvisados. Y los encargados de la vacunación son punteros de la Cámpora con capacitación también improvisada, o inexistente. Maniqueísmo al palo.

El quinto ejemplo es el de los vacunatorios VIP. En Argentina no solamente la Justicia no es ciega, sino que todos los otros poderes (los informales obviamente, pero también los formales) son parciales. En este caso la parcialidad se desnudó cuando Horacio Verbitski confesó haber sido vacunado en el Ministerio de Salud con el ministro Ginés González García como «puntero». Esto precipitó la revelación de casos similares en los cuales funcionarios públicos y jóvenes militantes habían sido vacunados sin corresponderles por edad o riesgo. Prendidos de la teta del Estado.

El sexto lugar está reservado al corporativismo, definido como

Tendencia de un grupo o sector profesional a defender a toda costa sus intereses y derechos de grupo, sin tener en cuenta ni la justicia ni las implicaciones o perjuicios que puedan causar a terceros.

Notorias fueron las presiones de los gremios docentes para lograr tener prioridad en ser vacunados (lo que no les impidió militar la no presencialidad de las clases). También se recuerda el éxito de los Moyano para vacunar a los camioneros sea por derecha o por izquierda, incluyendo robo de dosis o, para la famiglia, en el Sanatorio Antártida sin ser personal de salud inscripto. En la Argentina todos sabemos que hay que cambiar, pero que lo haga el otro.

En último lugar quiero hablar no de vacunas, sino de vacas. Los productores agropecuarios, en la misma semana, sufrieron otro giro de 180 grados en la política del gobierno nacional. La prohibición a la exportación de carne es una medida tan incomprensible que hasta funcionarios del Ministerio de Industria admiten que es un tiro en el pie. Su aplicación es una muestra más de la imposibilidad que tiene Cristina Kirchner de escapar a su naturaleza de escorpión. Sufre la rana Argentina sobre la cual Ella naufraga.

EXPOST: Desde que escribí esta nota el lunes dos cosas sucedieron. Primero, esa tarde me dieron un turno para vacunarme aquí en Madrid, hoy recibí la primera dosis de Pfizer. Dos meses más tarde que el Reino Unido o Chile, y dos meses antes que en Argentina (tomando las trayectorias pasadas y esperadas de vacunación en Financial Times), sin comparar calidad de vacunas.

Segundo, el tema vacunas volvió a resurgir con fuerza en los medios provocando la reacción del gobierno (al igual que cuando se destapó el escándalo de los vacunatorios VIP). Leo las desvergonzadas declaraciones del presidente Alberto Fernández en entrevistas (aparentemente repitió el argumento más de una vez). Tomo esta parte de una nota de Fernando Laborda en La Nación hoy:

Durante una entrevista que ofreció a los periodistas María O’Donnell y Ernesto Tenembaum en la cadena CNN en Español, al ser consultado sobre lo sucedido con Pfizer, el presidente de la Nación expresó: “La impresión que tengo es que Estados Unidos resolvió preservar para su población todas las vacunas y Pfizer dijo: yo no firmo más contratos porque no voy a poder cumplir. E incumplió”.

No parece una presunción acertada la de Alberto Fernández, si se tiene en cuenta que Uruguay pudo adquirir una parte de las más de 13 millones de vacunas que Pfizer iba a proveerle originalmente a la Argentina y que este laboratorio ha cerrado con la Unión Europea un contrato para la entrega de 1800 millones de dosis.

Efectivamente no parece una deducción razonable. De hecho indica que falta un supuesto para explicar por qué el país no tiene todavía ninguna dosis de esta vacuna. Peor las declaraciones de la diputada Cecilia Moreau que ayer dijo «que Perú y Brasil «tuvieron que entregar sus recursos naturales” para comprar vacunas de Pfizer». Por si no quedó claro: di-pu-ta-da.


Inflation, inflation? inflation! 2

30/04/2021

Hace casi dos meses escribí un post sobre el temor que el paquete de ayudas fiscales, que la administración Biden terminó aprobando en el Congreso norteamericano, desatara un proceso inflacionario en ese país.

El gobierno de Biden continua impulsando paquetes de cifras siderales, uno para infraestructura (definida en forma difusa), y otro para ayudas a familias, niños, y estudiantes. Para ambos se espera una intensa discusión en el Congreso pero descuento que de una forma u otra ambos se transformarán en ley.

Respecto a los mismos solamente comento que me llama la atención que no se recurra a un impuesto al carbono para financiar parte de las inversiones en infraestructura verde. La excusa que este impuesto es regresivo es ridícula, si vemos que al mismo tiempo se toman medidas de redistribución como el mencionado paquete de ayudas a familias. Si se va a ir a lo grande, por favor, que se tenga en cuenta criterios de eficiencia.

Lo que quería comentar en esta nota es un aspecto del primer paquete de ayudas que fue dejado de lado para facilitar su sanción, pero que es de esperar que los Demócratas intenten aprobar mientras tengan mayorías parlamentarias. Me refiero al aumento del salario mínimo federal de 7,25 a 15 dólares por hora.

Si bien el plan original era realizar esta suba por etapas, como se puede apreciar es un aumento considerable. Y por ende es de esperar que tenga efectos en el empleo y en la inflación. Antes de analizar los mismos vale la pena mencionar que la mayoría de los estados en los EEUU tienen un salario mínimo por encima del federal (ver acá). Sin embargo, solamente ocho, incluyendo Washington DC, tienen un salario mínimo por encima de los 12 dólares.

Hay una gran discusión sobre el efecto de un aumento en el salario mínimo en el empleo. El consenso es que los efectos son negativos pero pequeños. Más interesante, desde el punto de vista de esta nota, es que se ha encontrado evidencia que los aumentos del salario mínimo se pasan a precios (ver este paper sobre restaurantes), es decir que un aumento del salario mínimo presionaría sobre la inflación en un contexto en el la política fiscal es muy expansiva.

Un trabajo académico reciente nos advierte que el aumento del salario mínimo puede tener un efecto mayor sobre precios que el esperado (en base a los estudios empíricos como el citado arriba). En el se estudian los efectos de la subcontratación (outsourcing) usando datos de Francia. Como es de esperar el aumento en la subcontratación reduce el salario de los trabajadores y aumenta el producto. La subcontratación se realiza al salario mínimo con lo cual un aumento significativo del mismo reduciría las ventajas de subcontratar. Al reducir esto la eficiencia de las firmas más productivas, que son las que más subcontratan, habría un traspaso de los mayores costos a precios.

Dado que la subcontratación es más relevante hoy que en el pasado (cuando se hicieron la mayoría de los estudios empíricos sobre el efecto de los salarios mínimos sobre precios) es de esperar que un fuerte aumento del salario mínimo tenga mayores efectos. Y que si la Reserva Federal observa un aumento en la inflación sin tener en cuenta estos factores temporales, la política monetaria se vuelva más contractiva, y lo haga más rápido, que lo deseado. Aunque si la Reserva Federal está en camino a errar por lo laxa, esto puede compensar en parte este sesgo.


El blog (cuasi) en The Guardian

11/03/2021

Hace un año la pandemia cerró las economías de todo el mundo. Exactamente hace un año dí mi última clase presencial en Copenhague y desde entonces no he podido volver a mi oficina (vivo en Madrid). El 19 de marzo, en la segunda entrada dedicada al coronavirus escribí lo siguiente:

Empecemos notando como la génesis de este nuevo virus podría tener determinantes económicos. Se especula que el contagio entre humanos se originó en un cerdo salvaje que fue vendido en un mercado en Wuhan, y que habría sido infectado por un murciélago. Hace pocos meses la cría de cerdos en China, uno de sus principales alimentos, había sido afectada por un virus que no representaba un problema para los humanos. Esto redujo significativamente la producción y condujo a un aumento en el precio de cerca del 70%.

Quizás algunos lectores recuerden que esto se veía como una oportunidad para otros productores, entre ellos los argentinos (probablemente no, porque con la crisis autóctona, y las elecciones de octubre, las neuronas no daban para tanto). Los que seguro vieron una oportunidad fueron quienes podían cazar y comercializar cerdos salvajes ante autoridades y regulaciones que, probablemente, se volvieron más laxas dada la escasez. Así llegó el virus a un mercado en Wuhan.

Hoy leí una nota en The Guardian que hace más o menos el mismo razonamiento, basado en un estudio académico:

An outbreak of a deadly pig disease may have set the stage for Covid-19 to take hold in humans, a new analysis has suggested. African swine fever (ASF), which first swept through China in 2018, disrupted pork supplies increasing the potential for human-virus contact as people sought out alternative meats.

Pork is the main meat source in the Chinese diet, and the country produces half of the world’s pigs, which generate roughly 55m tonnes of pork annually, forming an industry worth more than $128bn (£98bn). The ASF outbreak had spread across most of China by the fourth quarter of 2019. The disease is untreatable and incurable. Once it takes hold, the only solution is to kill infected animals.

The dramatic drop in pork supply, after restrictions on movement of pigs and culling led to price rises, escalated demand for alternative sources of meat to be transported nationwide. These sources included wild animals, thus greatly increasing opportunities for human-coronavirus contact, a team of researchers from China and the UK have suggested in a yet to be peer-reviewed analysis.

Aprovecho para recordar que hace exactamente diez años Japón sufrió un tsunami que produjo el accidente de la planta nuclear de Fukushima. Afortunadamente ese «evento» no terminó en una fusión nuclear à la Chernobyl. Esperemos que en un año no tengamos que lamententar daños colaterales de recalentamiento del paquete de estímulos fiscales que ha sido aprobado por el Congreso de EEUU, casi en coincidencia con este aniversario. Para mantener la analogía, esperemos no tener una hecatombe de la inflación núcleo norteamericana.


Inflation, inflation? inflation!

05/03/2021

El título de este post juega con una de la primeras entradas de este blog, un clásico de hace diez años. La inflación es un problema secular en Argentina. Desde la Gran Recesión también ha sido objeto de discusión y estudio en el mundo desarrollado. Primero por el debate sobre si las políticas monetarias y fiscales que se tomaron para paliar los problemas económicos derivados de la crisis financiera global iban a desatar un pico inflacionario o no. Luego que se verificó que no fue el caso la incógnita pasó a ser por qué la inflación permanecía tan baja e insensible a cambios en la tasa de desempleo.

Hoy con el regreso de los estímulos monetarios y los mega paquetes fiscales el debate sobre si esta vez habrá consecuencias inflacionarias o no está de nuevo en boga. Supongo que el lector estará familiarizado con la esencia de esta discusión pero basta con decir que Lawrence Summers y Olivier Blanchard han advertido que el paquete de estímulo propuesto por la administración de Joseph Biden, que tiene media sanción en la Cámara de Representantes, es excesivo. Y es que no estamos hablando de dos economistas «neoclásicos» sino más bien todo lo contrario.

Blanchard escribió una nota defendiendo su posición. Dice:

In January 2020, the unemployment rate was 3.5 percent, the lowest since 1953; it can reasonably be taken as being close to the natural rate. Put another way, output was probably very close to potential. The Congressional Budget Office (CBO) has estimated the potential real growth for the past few years at around 1.7 percent. Given that actual real GDP in 2020 Q4 was 2.5 percent below its level a year earlier, this CBO estimate implies an output gap in 2020 Q4 of 1.7% + 2.5% = 4.2%, or, in nominal terms, about $900 billion.

Given the supply restrictions due directly or indirectly to COVID-19, $900 billion is undoubtedly an overestimate of the gap that could be filled by an increase in demand. The pandemic has severely lowered potential output and will continue to do so for at least a good part of this year. Suppose, conservatively, that potential output will still be down by 1 percent in 2021 relative to where it would have been absent COVID-19. Then the output gap that could be filled in 2021 by an increase in demand is only $680 billion.

Y continua diciendo que los estímulos fiscales de $2,8 trillones (nosotros diríamos miles de billones) de dólares, lo que incluye los $900 billons ya aprobados y los 1,9 trillones que el Congreso está discutiendo, cerraría esta brecha de producto sin recalentar la economía si el multiplicador fuese 0.3. Si el multiplicador fuese unitario la economía se recalentaría tanto que las expectativas inflacionarias podrían dispararse y si esto sucede el problema es que volver a reducirlas es costoso (pensemos en la desinflación de Volcker de 1979-1983). Blanchard y Summers toman este riesgo como lo suficientemente alto para ser más cautos en la política fiscal. Proponen estimular, pero menos y viendo como la economía, y la pandemia, evolucionan ajustar para arriba o para abajo.

En el bando contrario sobresale la posición de Paul Krugman que sostiene que hay que estimular lo más posible. Que si se produce un aumento en los precios será más un cambio de nivel que una aceleración en la inflación (lo cual presume que las expectativas no se disparan). Hace unos días Krugman discutió con Summers sobre los estímulos y pueden ver aquí el video.

Estoy suscripto a una newsletter de Krugman y copio unos párrafos del 16 de febrero (no encuentro un link online, pero ha tratado estos temas en varias de sus columnas en el New York Times):

Many economists are still working with that framework. And when they compare the proposed spending in President Biden’s American Rescue Plan with conventional estimates of the output gap, what they see is overkill: much more spending than the economic situation seems to require.

But that’s the wrong diagnosis. True, G.D.P. is lower than we would have expected given trend economic growth, but we aren’t experiencing a conventional output gap. Instead, we’re facing something more like a natural disaster: The economy is depressed because the coronavirus is temporarily keeping us from doing many of the things we would normally be doing.

In this situation, the purpose of government spending isn’t to provide stimulus, it is to provide disaster relief, money that helps those hurt hard by the pandemic make it through until widespread vaccination makes it possible to resume our usual lives.

And this has one perverse implication that even very good economists are, I can report from personal interactions, having a hard time grasping. Namely, it’s OK if a lot of pandemic spending is pretty poor stimulus. In fact, it might even be a good thing.

Here’s the story: I’ve argued that relief spending can be usefully grouped into three categories. There’s direct spending to fight the pandemic — shots in arms and related. There’s income support for hard-hit groups, notably enhanced unemployment benefits. And finally there’s more diffuse support, mainly those $1400 checks and aid to state and local governments.

The problem with the more diffuse support is that it isn’t well targeted. Some people badly need those checks, because for whatever reason they aren’t getting enough support from other measures, but many don’t. Some state and local governments are in desperate straits because of the pandemic, but others have seen revenue hold up pretty well. So a lot of the outlays will go to players who don’t especially need the money.

This could be a problem if we were worried about debt, but with interest rates so low, we aren’t. It could also, however, be a problem if people and governments getting money they don’t badly need spent a lot of it, creating inflationary pressure.

The good news, then, is that a lot of those diffuse outlays won’t be spent! Financially secure households will probably save their $1400, or if they spend it much of it will probably go to imported goods, which doesn’t create inflation here at home. State and local governments that are in decent financial shape will probably add much of their aid to their rainy day funds rather than boost spending, which again reduces inflation pressure.

In the jargon of economics, a large part of the relief package is likely to have low multiplier effects. This is normally a bad thing, but right now it’s actually a good thing: it means that we can aid those in need without worrying too much about the side effects.

Notemos varias cosas en la argumentación de Krugman. Primero, se basa en «argumentos de fe», como que una parte importante de las transferencias no se va a gastar, que se va a gastar en bienes importados y por ende no genera inflación (?!?), que los gobiernos subnacionales van a ahorrar las transferencias que reciban en lugar de gastarlas (y los 38 estados que tienen elecciones de gobernador este año o el próximo?). Segundo, reconoce que los multiplicadores (deberían) ser bajos.

Quienes siguen las columnas de Krugman saben que acuñó el término «confindence fairy» para criticar hace una década las propuestas de austeridad fiscal de economistas (mayormente republicanos) que defendían reducir el gasto para reafirmar la confianza de los mercados y que no se disparen las expectativas inflacionarias y con ello la tasa de interés de la deuda pública. Pero su explicación de porque los estímulos fiscales deben ser tan grandes se basa en un cuento de hadas igual de dogmático que el de los economistas que defendían la austeridad hace una década. Y dejo para otra ocasión el cuento de hadas que la tasa de interés no se vería afectada por un cambio tan drástico en el régimen de política (al respecto refiero a un cálculo de Ricardo Reis que los EEUU ya antes de la pandemia se habían consumido todo el señoriaje de «g-r»).

Finalmente lo que me llama la atención es que el ejército de economistas que en otros momentos apoyaban una política fiscal más expansiva, y lo hacían usando evidencia que los multiplicadores son grandes (ver el gráfico con estimaciones en la nota de Blanchard citada arriba), ahora ignoran los riesgos inflacionarios de los paquetes de estímulo discutidos estos días porque dicen que los multiplicadores son pequeños.

Pero no me sorprende. La pandemia ha puesto al mundo patas arriba. Porqué no tendría que haber trastocado también las creencias de los economistas? Después de todo, a pesar de los supuestos detrás de nuestros modelos, somos humanos.


La raíz de la grieta

06/01/2021

por Santiago Gallichio

No hace falta hablar más de la grieta, de su existencia, ni de su potencia: nos domina a los argentinos. Pero sí es útil buscar el meollo de su origen, para ver si podemos encontrar la llave que la deje detrás. Mi hipótesis es que el centro de la grieta es la mirada que tenemos respecto de nuestros conciudadanos sumergidos en la exclusión social. Esa parte de la sociedad que se fue hundiendo, principalmente a partir de la crisis iniciada en 2002, con la tremenda devaluación del peso, y que no dejó de hundirse y crecer en número hasta el presente. Y aumentó grandemente con la devaluación iniciada en 2018 y multiplicada en 2020. Con casi 20 años de profundización, hoy hay un tercio de nuestra sociedad que está sumergida en la absoluta exclusión socioeconómica y política. No hace falta decir que el peso argentino se destruyó en exactamente 150 pedazos en el mismo intervalo de tiempo.

Pero la grieta, que es un fenómeno político, no alcanza a los excluidos, ni los interpela: ellos no saben de grietas simbólicas o ideológicas. La grieta es la interpretación que hacemos los no excluidos de los excluidos y de su suerte. Opino, esquemáticamente, que quienes están del lado cambiemita de la grieta consideran que los excluidos son el producto de una economía totalmente estatizada, de una política clientelar iniciada por el peronismo en 1945, el que se beneficia de su existencia y obtiene de ellos su apoyo político, comprando votos. Y que la solución real para los excluidos es la instalación de una verdadera economía de mercado, que incentive el crecimiento económico y los incluya mediante el trabajo. Quienes están del lado kirchnerista de la grieta, en cambio, consideran que los excluidos son el producto de las políticas económicas neoliberales, iniciadas por Martínez de hoz en 1976, continuadas por Menem desde 1991 y retomadas por Macri en 2016, con el FMI como permanente aliado. Y que la solución para los excluidos es una ayuda estatal completa y amplia, en todos los niveles, que les dé una vida digna antes de pedirles ninguna obligación o aporte, lo que considerarían abiertamente injusto e inmoral.

Respecto de las dos terceras partes restantes de la ciudadanía, los “incluidos”, hay menos disidencias, en cambio. Obviamente, como en todo bipartidismo, hay un partido más afín a los trabajadores sindicalizados y otro más afín a las clases más altas y profesionales, con todos los matices propios de una sociedad compleja como las actuales. Ese bipartidismo, que era la típica confrontación política de los ’80 y ’90, con la divisoria peronismo-radicalismo, hoy sigue en pie, pero solo es aplicable a 2/3 de la sociedad y, por lo tanto, no es el discurso político central: lo central es qué hacemos con lo acuciante, que es el tercio de la ciudadanía que está excluida del sistema. Y lo sigue estando por más subsidios paliativos que les dé el Estado. Allí es donde surgen las discusiones políticas encarnizadas y se fue generando “la grieta”.

Hay una ilusión que vale la pena disipar de antemano, porque es la que más confunde en esta discusión. Es la que supone que el kirchnerismo y el peronismo son los representantes de los excluidos, por lo que un gobierno en manos de ese espacio político es la solución natural a este problema. Esta mirada es un error común, que surge de la última experiencia política de representación exitosa de las clases postergadas a manos del peronismo en 1945. Esa experiencia no es extrapolable al presente, aun cuando fue el gobierno de Duhalde en 2002 el que buscó ocuparse de los excluidos y al igual que el de los Kirchner. Ambos buscaron ocuparse, pero no lo hicieron. Crearon paliativos, que el propio Macri mantuvo y acrecentó, pero que, en ninguno de esos casos, sirvieron como solución política. Es interesante escuchar a quienes están más en contacto con estos sectores, como Emilio Pérsico o Juan Grabois: “Creo que es un sistema tóxico y que la política está intoxicada. Creo que la mente va por donde los pies caminan y la clase política está lejos de la gente, no siente como propio el sufrimiento de los demás. Lo puede entender conceptualmente, puede tener una aspiración de justicia social, pero no siente como propio ese dolor y no lo conoce, lo tiene muy lejos.” Obviamente, estos actores también caen en esta confusión y mantienen más esperanza con un gobierno peronista, pero más por no perder la esperanza que por sentir una confianza auténtica.

Hay temas derivados de este tema central que fueron generando construcciones ideológicas a cada lado de la grieta. El más importante es el de la defensa de la república vs. la propuesta cristinista de modificación del sistema: diríamos, hacia una “profundización democrática”. La discusión es interesante en sí misma y reconoce relación con la época, en varios teóricos europeos de corte populista y neocomunista. Podríamos decir que recala en la distinción crucial de James Madison (El Federalista, 10) entre democracia y república: la república como freno al exceso democrático.

Pero más allá de esta interesante discusión, que no es tema de este artículo, quiero señalar su posición estratégica como discusión política: está enraizada en el tema central de la grieta, pues la propuesta cristinista de cambio de sistema hacia una democracia no republicana presupone la certeza de que la república liberal y la economía de mercado son los responsables de la generación del tercio de ciudadanos excluidos. Se trata de una propuesta de solución radical solo justificable en un problema radical: la exclusión de un tercio de la sociedad. No habría necesidad de tal propuesta en una situación no crucial como ésta. No habría grieta, que no es sino una coyuntura radical de la opinión pública, si no hubiera una realidad social crucial como lo es la exclusión masiva.

La situación que se generó en 2002 y se fue agravando en estas dos décadas por incapacidad de encontrar soluciones adecuadas nos enfrentó a una realidad social acuciante e insoportable: la exclusión masiva de millones de compatriotas. Nuestra consciente o inconsciente incapacidad de resolverla nos volvió agresivos con nuestros rivales políticos al punto que hoy creemos que no tenemos ya nada más en común y debemos pasar a las soluciones radicales. Pero ni siquiera el kirchnerismo, que se considera a sí mismo como el que mejor los representa, puede autoengañarse, con 13 años de gobierno en los que la exclusión no dejó de crecer. Radicalizar su mirada en lugar de corregirla no haría más que agravar el problema de los excluidos.

“Hoy tenés dos sociedades, con dos lenguajes distintos, dos culturas distintas, dos circuitos económicos distintos, que tienen algunos puntos de interacción, que somos los movimientos sociales, generalmente los que tratamos de traducir esos dos mundos. Pero hay una muralla invisible que los separa y algunos vamos y venimos.” No hay mejor descripción de la situación que ésta de Juan Grabois. Y esta muralla invisible NO es la grieta: la grieta es la división que tenemos los que estamos de este lado de la muralla al interpretar esa muralla. Mientras nos enfrentamos en torno de esta grieta, la muralla sigue intacta.


La ilusión monetaria y el dólar

28/12/2020

Hoy es el día de los inocentes, así que les voy a hacer una broma. No se preocupen, no será nada como lo del gobierno, que anuncia la participación del país en los ensayos de fase 3 de la vacuna rusa Sputnik V como si empezara una campaña de vacunación (que la inocencia les valga a los primeros 300.000 cobayas!).

Simplemente voy a hablar de la ilusión monetaria y una aplicación autóctona. Como ilusión monetaria se entiende la propensión que tenemos a considerar nuestro ingreso, y riqueza (cuando la hay), en términos nominales en lugar de hacerlo en términos reales.

Por ejemplo, consideremos un 10% de aumento salarial en un contexto en el que la inflación es del 10%. En términos reales el salario no cambia (aunque para ser precisos se deprecia al 10% anual, luego tiene un salto en un mes y luego sigue depreciándose).

Cuando la inflación es baja, los trabajadores tienden a considerar ese incremento salarial como un aumento en su capacidad de compra y el consumo, y la demanda agregada aumentan. En este contexto la ilusión monetaria genera efectos reales y es una de las razones detrás de la relación positiva entre inflación y producto (curva de Phillips).

Cuando la inflación es muy alta, y persistente, el mecanismo deja de funcionar. Lo hace de a poco, ya que por un tiempo, con niveles mayores de aumentos nominales (e inflación) es posible, para un gobierno poco sofisticado y carente de herramientas de política, mantener la «ilusión» de estimular la economía.

Los argentinos estamos acostumbrados a convivir con inflación alta y persistente. El paréntesis de la convertibilidad (y los años 2004 y 2005) no alcanzó para borrar ese sexto sentido que tenemos que nos dice que debemos comprar dólares con los pesos que nos queden a fin de mes (cuando queda algo, por supuesto).

Los que tenemos capacidad de ahorro, vemos en nuestra pila de billetes verdes (los que tienen mucho juntan a Franklin, los que tienen poco se contentan con Washington o Lincoln) una tabla de salvación que nos permite mantenernos a flote en la permanente tormenta macroeconómica argentina.

Pero no es así.

En Estados Unidos también hay inflación y el poder adquisitivo de nuestros ahorros se desintegra con el paso del tiempo (salvo que seamos sofisticados e invirtamos en activos financieros…no argentinos). Nuestra tabla de salvación es en realidad un témpano y se va derritiendo. Quizás no nos permita llegar a la tierra prometida (sea para vivir decentemente cuando nos jubilemos, un capital que pasar a nuestros hijos, etc.).

El índice de precios al consumidor en EEUU era de 55 en 1990, 72,6 en 2000 y casi 110 este año. Es decir que en un horizonte de 30 años, el poder adquisitivo del dólar se redujo un 50%: Los Franklin se transformaron en Grant.

Recuerdo la primera vez que tomé conciencia de la inflación en norteamerica. Tendría 14 años y estábamos yendo con mi familia en auto de Miami a Orlando. Al llegar a un puesto de peaje mi padre nos dice, como ejemplo de la estabilidad de precios en EEUU en contraste con la Argentina, que desde que toma esa ruta (serían ocho o nueve años) el peaje costaba lo mismo, 10 centavos. Como la ley de Murphy no conoce fronteras, al llegar nos llevamos la sorpresa que el peaje ahora costaba 25 centavos. Lección, no es que EEUU no tenga inflación, pero algunos precios son rígidos, máxime cuando se trata de tirar una moneda en una autopista.

Entre mediados de 1995 y fines de 1999 viví en Boston y pude ver en primera fila lo que era la inflación, y los cambios genuinos en precios relativos (enfatizo lo de genuino porque en Argentina se abusa del cambio de precios relativos como excusa para justificar la inflación). En particular el aumento de los alquileres al mismo tiempo que caía el precio de las computadoras.

Desde 2013 vivo en Europa y puedo decir que, tanto en Dinamarca como en España, también hay inflación y un euro hoy no vale lo mismo que hace 20 años.

No creo que el argentino medio sea tan consciente de la erosión del poder adquisitivo de esa pila de dólares que tanto le costó conseguir. No digo esto porque no tiene/tuvo la oportunidad de vivir en el extranjero y experimentar la inflación de lo que consideramos monedas duras. Tampoco porque crea que es necesario tener un doctorado en economía para apreciar este fenómeno. Hace unos años el New York Times informó que el 50% de los norteamericanos fallaban un test de «educación financiera». Para aprobar había que contestar al menos cuatro de cinco preguntas. Le hice este test a mi mujer, psicóloga que odia las matemáticas, y contestó correctamente las cinco (ese sexto sentido que mencioné antes es infalible).

Lo que creo que pasa es que la mayoría de los precios a los que están expuestos los argentinos que ahorran en dólares son los de productos que tienden a caer con el paso del tiempo. Vuelvo a evocar las computadoras. O los viajes en avión (un pasaje a Brasil o Chile). No están al tanto del fuerte aumento de propiedades en Miami o Nueva York. O de los servicios en dichas ciudades.

Por eso, a quienes creemos que el dólar nos salva, que la inocencia nos valga!

Feliz año.