Deuda, ajuste, crecimiento e inflación

29/11/2019

Faltan 11 días para que asuma el nuevo gobierno y todavía no hay certezas sobre el rumbo económico. Luego de ganar las elecciones hace un mes era comprensible que se postergaran las definiciones para no “quemar” a los futuros ministros. Hoy en día esto ya no es creíble y en su lugar debemos suponer que pasa una de dos cosas, 1) el sol que quema (Cristina) es tan fuerte que nada sobrevive su exposición, o 2) no hay un plan económico consensuado. 

Si bien hay señales que Cristina marca bastante el juego político me inclino más por lo segundo. Y lo digo en función de las pocas cosas que se escucharon de más de una fuente (o de boca del propio Alberto Fernández). Entre estas están:

  1. Poner dinero en el bolsillo de la gente con fuertes aumentos de jubilaciones, planes y salarios financiados (cuando sean del sector público) con emisión.
  2. Pagar la deuda (sin quita de capital) cuando vuelva el crecimiento y para ello dejar de pagar intereses por, digamos, dos años. 
  3. No solicitar al FMI el pago del remanente del crédito otorgado el año pasado. 

El tema es que por si solos estos tres hechos no son consistentes. 

Hay consenso en renegociar la deuda tanto privada como con el FMI. Con el FMI esto implica someterse a su monitoreo y cuánto más quiera el futuro gobierno obtener, en extensión de plazos por ejemplo, más va a tener que comprometer reformas estructurales, y entre estas sobresale una rebaja fuerte de las jubilaciones (amplío abajo). Con el sector privado esto requiere hacer una oferta que sea aceptada por al menos el 75% de los tenedores de bonos. 

Para que los acreedores acepten una renegociación deben recibir algo a cambio de aceptar un recorte en el valor presente de sus activos (si no es recorte de capital, por extensión del plazo para recuperar el principal, reducción de intereses, etc.). Esto necesariamente tiene que implicar un aumento en la probabilidad de cobrar. Y esto último solamente se logra con un plan creíble que aumente el superávit del sector público en el futuro cercano y mediano (en el largo plazo todos estamos muertos). 

El problema es que el futuro gobierno sabe que aumentar el superávit fiscal implica hacer un ajuste, algo que le ha criticado al actual gobierno. Intentar hacer el ajuste aumentando impuestos se sabe que no va a reactivar la economía pues es lo que mató al gradualismo de Macri: si no bajan los impuestos en un sendero sostenible no viene la inversión. Y si no se reactiva la economía no se generan fondos para pagar la deuda (el futuro gobierno como el actual fantasean con que el crecimiento soluciona todo, y que el crecimiento vendrá como por arte de magia). 

Esto es algo que saben los inversores externos y no aceptarán ninguna renegociación en estos términos. Y el futuro gobierno esto lo sabe, por eso digo que la ausencia de definiciones indicaría falta de plan integral. 

Más aún, emitir a lo loco para incentivar la demanda doméstica como han sugerido varias figuras del futuro oficialismo va a terminar en una aceleración de la inflación (que ya es de por si muy alta) si estas políticas no van acompañadas de otras que compensen intertemporalmente el perfil del gasto público. Es decir, si no se puede bajar el gasto futuro al mismo tiempo que se incentiva el gasto en el corto plazo (porque solo con este cambio el aumento en la demanda en el corto plazo inducirá a los productores a aumentar la producción y no los precios).

Paréntesis: cuando escucho a ciertos economistas decir que la emisión no genera inflación poniendo como ejemplo el caso del plan emisión cero de Dujovne (ver mi análisis de hace un año aquí) se me eriza la piel y me lo imagino hasta a Keynes revolviéndose en su tumba. 

Y la única forma de reducir el gasto futuro que es posible hoy en día es a través de una reforma integral del sistema de jubilaciones que implique un ahorro de al menos dos puntos del producto. Esto implicaría no solo cambios en la fórmula de actualización de los haberes (ver nota de ayer de Carlos Pagni en La Nación), sino también en la tasa de reemplazo que determina la jubilación en función de los últimos salarios y cantidad de años de aportes

En definitiva, las piezas del rompecabezas todavía no encajan para formar la imagen de un plan económico integral y creíble. 


Esperando definiciones del nuevo gobierno K

19/11/2019

En tres semanas Alberto Fernández asumirá la presidencia de la Nación, consumando el regreso del kirchnerismo al poder. Más allá de exponer de forma cruda el rotundo fracaso de Mauricio Macri (no pudo, supo, quiso arreglar la economía y prevenir el regreso de Cristina al poder), no es hora de lamentarse sino analizar el país que viene.

Lo primero que habría que notar es que, como dijo ayer Carlos Pagni en Odisea Argentina, “Fernández es un Néstor sin soja”. Y esto es clave para entender como va a cuajar el próximo gobierno. Un poco por preferencia, pero especialmente por necesidad, la ortodoxia económica va a estar presente. El gobierno va a respetar las restricciones que enfrenta y no va a poder hacer populismo explícito como hizo Cristina. En cierta forma esto sería la contracara del gradualismo de Macri, quien respetaba las restricciones políticas para hacer el ajuste (aunque como dije en más de una ocasión en este blog, en mi opinión se pudo haber hecho más). 

El nuevo gobierno va a contar con la ayuda de las agrupaciones sociales, los sindicatos y demás grupos de poder que no tardaron ni cinco minutos en ponerle palos en la rueda a Macri pero que ahora anuncian un diciembre en paz, sin demandas de bonos de fin de año, y anticipando reclamos salariales mesurados. Es vergonzoso que esto parezca como algo natural para los votantes del PJ, cuando debiera al menos avergonzarlos un poco (y llevarlos a ser más exigentes con su nuevo gobierno).

Hablando de votantes voy a usar datos de una encuesta online, que pedí hacer en las primeras dos semanas de octubre, para ver en qué difieren los simpatizantes del actual y nuevo oficialismo.

En términos de ideología, los votantes de Alberto están más a la izquierda que los de Macri (0,1 puntos sobre 1), dicen ser más nacionalistas que liberales (0,2 puntos sobre 1), y están más de acuerdo que la Argentina debe ser capaz de tomar decisiones soberanas (0,3 puntos sobre uno).

Respecto a la relación del país con el resto del mundo, los votantes del PJ desprecian más la globalización (0,3 puntos sobre uno), y están más a favor del default, ya sea sobre deuda pública o con el FMI (0,2-0,25 puntos sobre 1). Aunque no hay diferencias en su apreciación sobre los beneficios del acuerdo comercial entre la UE y el Mercosur (esto se puede deber a que al ser un tema abstracto, los votantes no tienen opiniones formadas).

Finalmente respecto a sus expectativas sobre la economía del año próximo, los votantes de ambos partidos han expresado tener un nivel similar de temor que la crisis actual se agrave. Y todos los votantes mostraron un muy bajo nivel de confianza en otras personas.

En definitiva, las preferencias de los simpatizantes del nuevo oficialismo apuntan a que el país se volvería a cerrar al mundo, algo ya visible en declaración del nuevo presidente en temas de política exterior. Pero como ya dije, es de esperar que al menos en parte, primer cierta ortodoxia en materia económica. De hecho circulan versiones que las competencias de Economía se dividirían en dos ministerios (un progreso respecto de la absurda dispersión del gobierno de Macri), uno a cargo de Guillermo Nielsen y el otro comandado por Matías Kulfas. Ortodoxia y heterodoxia. Habrá que ver quién será el doctor Jeckyll y quién el señor Hyde… lo que dependerá del ojo del observador.

 


Lección para futuros gobiernos

15/10/2019

A principios de septiembre La Nación publicó una nota explosiva de Nicolás Cassese y Romina Colman sobre la performance electoral del gobierno de la Ciudad en la Villa 31 donde Horacio Rodríguez Larreta perdió por 47 puntos contra Matías Lammens. Pocos días después, Ricardo Roa en Clarín aportó una posible explicación, más allá de la crisis económica, en esta nota

Dentro del macrismo, hay quienes pegan el mal resultado electoral no sólo a la crisis económica que pegó fuerte por cierto, sino también a la gestión de Diego Fernández, un empresario gastronómico sin experiencia política y sin vocación política puesto en un lugar donde las obras mejoran la vida de la gente pero solas no ganan las elecciones…

No hubo denuncias de clientelismo ni de corrupción en la asignación de viviendas pero en las villas hacer política hace diferencia y a veces hace diferencias grandes en la cosecha de votos. Es lo menos parecido a gestionar una empresa.

Según Roa los votantes aprecian las obras y por eso Rodríguez Larreta está ganando en la Ciudad (aunque hay que ver si logra hacerlo en primera vuelta, como se quemó con leche con Lousteau hace cuatro años, previsiblemente llora al verlo a Lammens). Sin embargo volvamos a la nota de Cassese y Colman que comienza con esta anécdota impresionante:

José Algaraz atiende un kiosco en la entrada de su flamante casa de la villa 31. Es un hombre macizo que antes vivía debajo de la autopista Illia. No tenía título de propiedad ni agua. Hace un mes se mudó a una de las 1200 viviendas construidas por el gobierno de la ciudad. Paga $5000 por mes de un crédito blando a 30 años. Su barrio ahora es una postal de calles peatonales anchas y juegos para niños. Podría ser el campus de una universidad escandinava. Sin embargo, José está enojado.

“Yo quería baldosas, se queja mirando su piso gris de cemento alisado, un estilo industrial que está de moda entre los arquitectos de Palermo. “Parece un cementerio”, acota su mujer, señalando los ladrillos opacos de las paredes. Tienen una bandera con la iconografía peronista guardada y dicen que la desplegarán durante el asado con el que planean festejar la eventual derrota del oficialismo. 

Como a muchos otros, cuando leí esta nota me indigné sobremanera. Y pasé a expresar mi indignación en Twitter. Copié la primera frase del segundo párrafo y añadí que lo decía alguien a quien el gobierno de la Ciudad prácticamente le había regalado la casa. Y terminaba el tweet diciendo:

Lección muy importante: no gastar pólvora en chimangos

Por supuesto que enseguida me llovieron críticas de todo tipo. Que la vivienda social es una inversión bien importante en un país con un déficit habitacional tan alto. Que tal vez para esas personas son más importantes sus ingresos reales que su stock de capital. Hasta un como no votan como te gustaría no hay que invertir en ellos, que asco.

Efectivamente el último comentario da en el clavo. Quise, y quiero, decir que a futuro los gobiernos deben tomar nota dónde les reditua invertir (ojo invertir es una cosa, gastar es otra). Para un político tiene menos sentido gastar recursos en viviendas para ciudadanos que no lo van a votar, que en infraestructura que beneficia a segmentos de la población que son votantes independientes y por ende pueden cambiar su voto en “agradecimiento” por las obras.  

La realidad es que los recursos son escasos (salvo para algunos delirantes de la MMT y para ciertos kirchneristas) con lo cual los Rodríguez Larreta del futuro tendrían que replantearse el uso que harán del presupuesto de la Ciudad (o el distrito que les toque gobernar). Los que seguro salen perdiendo son los José Algaraz del país. Si ni regalándoles una casa se consigue su voto no debieran esperar nada en el futuro de ningún político. En efecto el mismo razonamiento del párrafo anterior indica que tiene poco sentido gastar recursos en inversiones que beneficien a los votantes duros. Cristina se alegraba de ver crecer la Villa 31. Pero, cuánto invirtió en la misma? 


Control de capitales

05/09/2019

Imaginemos una economía en la cual la tasa de interés real es muy atractiva y hay una gran cantidad de carry trade. De repente hay una crisis y fuga de capitales. El banco central se esfuerza por mantener el tipo de cambio pero pierde reservas peligrosamente. Se firma un acuerdo con el FMI y como parte de las condiciones del acuerdo se establece un control de capitales. 

¿Hablamos de la Argentina? Parece. Casi, casi. Pero no. El FMI no nos impuso el control de capitales (¿por qué no?, volveremos a esta pregunta). Se trata de Islandia, que impuso los controles en 2008 antes del acuerdo con el Fondo, y por lo tanto no estaba realmente “condicionado” por esta parte del acuerdo. 

Islandia recién levantó las restricciones a las transacciones en moneda extranjera en 2017, y usó los controles de forma estratégica para mejorar su posición negociadora con los inversores extranjeros que habían quedado atrapados en la economía doméstica tanto por el carry trade como por inversiones de tres bancos que quebraron con la crisis del 2008, y que tenían acreedores extranjeros.

En Islandia los controles inicialmente buscaron evitar la fuga de capitales, especialmente de posiciones de carry trade, que desestabilizarían la moneda doméstica. Dado el enorme volumen de posiciones atrapadas en el país –llegaron a ser casi el 80% del PBI– eliminar los controles se volvió un dolor de cabeza: mantenerlos restringía la entrada de inversiones, pero quitarlos podía gatillar una corrida cambiaria. 

La solución que encontró el gobierno de Islandia fue la de gravar con un impuesto a los inversores extranjeros tenedores de activos domésticos. Esto por un lado reducía la masa de liquidez que se podía volcar a la corrida, y por el otro reforzaba las arcas del fisco y por ende reducía la probabilidad de una corrida. Con sus más y menos la estrategia fue un éxito (para más detalles ver este reciente documento de trabajo). 

¿Es relevante el caso de Islandia para la Argentina? Creo que sí. Por un lado nos muestra el grave error que fue levantar el cepo cuando no se había resuelto el desequilibrio macroeconómico que le había dado origen (aunque obviamente los motivos que llevaron a imponer controles eran diferentes, así como la forma de resolver estos desequilibrios debía ser idiosincrática). 

Pero también llaman a la reflexión de porqué no se impusieron controles cuando sufrimos la primer corrida el año pasado y se recurrió al FMI. O cuando tuvo lugar la segunda y Macri consideró relevar a Nicolás Dujovne. ¿Fue por una cuestión narcisista de no perder el logro de haber levantado el cepo? ¿Fue para permitir que amigos del poder desarmaran sus posiciones? Creo más lo primero que lo segundo (que se podía hacer, y algunos dicen se hizo, en pocos días), ya que un motivo similar demoró la imposición de retenciones a las exportaciones agropecuarias y provocó la segunda corrida (ver post). 

En definitiva, volver al control de cambios no es una tragedia. No resolver los desequilibrios macroeconómicos que nos obligaron a reintroducirlos si lo es. 


Bases para el desarrollo argentino

21/08/2019

Puede resultar un poco extraño hablar de desarrollo cuando el país atraviesa su enésima crisis. Pero es que justamente una crisis nos presenta la necesidad de elegir que (nuevo?) camino seguir. Y dado que el ministro Hernán Lacunza está convocando a los equipos económicos de la oposición para discutir ideas, aprovecho para meter bocado. 

Parece una eternidad pero fue hace menos de dos meses, cuando las encuestas estaban casi empatadas, que se anunció el acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur. Tomó casi veinte años, y todavía falta ratificarlo. Sin embargo no caben dudas que este es uno de esos caminos que se nos abren como salida a nuestras recurrentes crisis.

En efecto, en la medida que debamos prepararnos para competir con la UE estaremos forzados a reducir (en lo posible eliminar) la maraña de distorsiones que elevan los costos de producción locales. Ya se venía trabajando en este sentido, pero a un ritmo muy lento. Máxime teniendo en cuenta que Brasil está por sumar la reforma previsional a la laboral aprobada el año pasado. 

Antes de seguir quisiera aclarar que ratificar el acuerdo comercial implicaría costos y habría empresas, e incluso sectores, que quedarían marginados. Por ejemplo, tomemos el sector automotriz. En principio la apertura significaría un desafío tanto para Argentina como para Brasil. Pero en los hechos nuestro país sufriría más en la medida que nos hemos especializado en autos medianos mientras que Brasil lo hizo en autos chicos. Y cuanto más chico un auto menos conviene fabricarlo en Europa y enviarlo al Mercosur. 

Si uno mira la letra chica del acuerdo es indudable que la UE saca más beneficios que el Mercosur, ya que los aranceles que serán reducidos son mayores en el cono sur. Además el acuerdo refleja el poder de negociación de las partes y habría que ser muy necio para suponer que sacamos una ventaja en este sentido. Lo que si se consiguió es que la apertura comience antes en la UE, y tener extensos plazos para reducir nuestros aranceles. 

Las ventajas para nuestros países se darían en el desarrollo posterior, no con la firma del tratado. En la medida que los factores de producción se orienten a los nuevos sectores beneficiados con el acuerdo se conseguirá un incremento en la productividad promedio y en los ingresos per cápita. Y en esta dimensión el potencial para el Mercosur es muy superior al de la UE pues ellos solamente harán ajustes marginales, en proporción al peso que los nuevos flujos de comercio tengan sobre su producto. 

Y aquí es donde se nos presenta una de las bifurcaciones más importantes a la hora de elegir que políticas seguir. Por un lado es natural proponer que la Argentina se especialice en productos agropecuarios y agroindustriales (habría que extender la marca “Argentina” de la carne a todo lo se pueda vender en un supermercado). Por el otro están quienes dicen que el campo no genera valor agregado y que por eso hay que mantener todas las defensas que sea posible sobre la industria nacional. 

No quiero entrar en la discusión vetusta sobre campo o industria. Creo que al mencionar agroindustria en el párrafo anterior queda claro que pueden ir de la mano. Pero hay varios supuestos que definen esta “grieta” y hay que ver en qué medida siguen siendo válidos. 

Un argumento que escuché varias veces, y de economistas muy respetables, es que aun y reconociendo que el campo genera valor agregado (basta ver el uso intensivo en nuevas tecnologías para reconocer que es EL sector más desarrollado del país, al tope en terminos de competitividad en el mundo), no alcanza para tener un nivel de ingresos per capita aceptable. Y citan a Chile como ejemplo donde si fue posible hacerlo, siendo la minería, la piscicultura, y la industria vitivinícola los pilares. 

Pero este argumento quedó desactualizado con el descubrimiento de Vaca Muerta. Este yacimiento tiene un enorme potencial, pero desarrollarlo requiere cuantiosas inversiones. Y para que lluevan las inversiones es necesario tener seguridad jurídica y un marco macroeconómico estable. La semana pasada vimos que estamos lejos de ambas cosas.

Los críticos de una estrategia de desarrollo basada en el campo también asumen que la frontera agropecuaria está estancada desde que los ingleses dejaron de invertir en expandir la red ferroviaria. De hecho se ha argumentado que lo primero causó lo segundo cuando a mi entender fue al revés (el shock de la primera guerra mundial reduce inversiones británicas en todo el mundo). Basta ver la expansión de la frontera hoy en día (ver esta nota reciente en El País) para sacarnos la duda que cuando el campo tiene infraestructura para desarrollarse lo hace. Y la rehabilitación del Belgrano Cargas es un paso en esa dirección. 

Si el país se desarrollara siguiendo una política exportadora basada en el agro y los frutos de Vaca Muerta (pensemos en la expansión de la industria petroquímica, lo que obviamente requiere resolver problemas de hold up), a lo que podemos sumar la minería alcanzaríamos un nivel de ingresos que permitiría la existencia de una industria local que nos provea de bienes que no sería viable importar.

Esto ocurre en todos los países del mundo, no solamente en los que están en los confines del mundo y por ello gozan de una elevada protección natural. Pero para que esto pueda suceder el consumidor argentino debe estar dispuesto a pagar un plus por comprar algo “Made in Argentina”. Y en este sentido estamos lejos de los europeos (por ejemplo, en Dinamarca la fruta desabrida local se vende más cara que alternativas del sur del continente con más sabor). De la boca para afuera defendemos la industria local, pero a la hora de hacer las compras, si el producto chino es un poco más barato, palo y a la bolsa. 

Una vez que se defina una estrategia de desarrollo de largo plazo, que puede tener menos énfasis en la exportación que lo descripto en esta nota (dados los antecedentes de doce años de gobiernos kirchneristas, apostaría que va a ser así), falta ver como transitar desde el hoy devaluado al futuro más promisorio. 

Si la estrategia de desarrollo es creíble (lo cual requiere que sea adoptada, con matices, como política de estado por los principales actores políticos), sería posible tener una macro ordenada en el mediano plazo pues las condiciones para este equilibrio serían robustas. Pero esto nos deja el corto plazo en el aire. Para usar una expresión usual, necesitaríamos un ancla que fijara expectativas y nos permita converger a equilibrio virtuoso de (muy) baja inflación, cuentas fiscales en orden, y bajo nivel de endeudamiento (usando idealmente la deuda para hacer política anticíclica). 

Coincido con la oposición que el ajuste fiscal sería más fácil de hacer si la economía creciera. Esto es obvio, se sigue de una identidad contable. Pero dada la situación actual de la economía es posible usar un atajo para lograrlo (atajo que aclaremos Cambiemos no podía usar en su primer año de gobierno pues los desequilibrios macro eran enormes). Consiste en adoptar una convertibilidad con cláusula de escape, como describí en este post del año pasado sobre la robustez de la política monetaria, que duele leer ex post.

La otra opción sería instalar una convertibilidad con cláusula de escape, que funcione de la siguiente manera: a) fijar el tipo de cambio con una canasta que considere dólar, euro, real y quizás yuan. b) usar líneas de crédito contingente con los bancos centrales de las monedas de la canasta para financiar temporariamente las reservas necesarias para cubrir la base monetaria (esta es una de las condiciones de la cláusula de escape, ya que cuando hay que devolver la reservas hay que abandonar la convertibilidad, si no se generaron otros recursos), c) una cláusula de escape explícita que indique que cuando se hayan alcanzado ciertos objetivos el peso pasa a flotar (respecto a inflación, superavit primario, ratio deuda PBI, porcentaje de deuda pública en moneda extranjera, desarrollo de mercado de capital doméstico, etc.).

Este post está siendo demasiado largo como para explayarme más en detalles. Pero notemos que ya sabemos que una convertibilidad es super eficiente en coordinar expectativas a la baja en la inflación (basta ver la trayectoria del IPC en 1990-1992), y al proporcionar un marco macro estable atrae inversiones como moscas a la miel (basta ver la trayectoria del PBI en esos mismos años). Además al estar el peso atado a una canasta de monedas tendremos tiempo para acostumbrarnos a que la cotización del dólar varie sin que ello implique remarcaciones de precios (una de las peores costumbres argentinas es indexar todo al dólar al coordinar expectativas que todos los agentes económicos se comportan de la misma manera). 

Quizás prejuicios ideológicos, cuando no, impidan que la próxima administración o la actual, dado que la oposición hoy tiene gran influencia en la política económica del ministro Lacunza, adopten este esquema rígido asociado al “neoliberalismo”. No sería la primera vez que ello suceda. Pero también podría ser que el equipo económico de Alberto Fernández simpatice con la idea y coordine con el gobierno de Macri que sea este quien cargue con la responsabilidad de tomar esta medida (aunque su éxito depende de un cuidado diseño inicial). 

Más probable es que no, que se piense que solamente con cambiar nombres se lograría bajar la inflación (estabilización por ego). Igual, peor que se piense en manipular estadísticas. O creer que la emisión no genera inflación. La esperanza es lo último que se pierde. 


Make (the Copa) America Great Again

16/07/2019

Pasó la Copa América de Brasil y nos encaminamos a otro torneo el año que viene en Argentina y Colombia. Y en el futuro se jugará en los años pares en que no haya un Mundial. Es decir, se jugará en paralelo (o casi) con la Eurocopa. De más está decir que entre ambos torneos las disparidades son tanto o más grandes que la relación entre equipos europeos y sudamericanos en semifinales de los últimos mundiales (ni que decir de los campeones).

Como economistas podríamos preguntarnos cómo se podría jerarquizar la Copa América. Una condición necesaria sería tener mejores arbitrajes y con un uso no sesgado del VAR (para lo cual ayudaría un protocolo para trasparentar las comunicaciones entre referees). Más allá del nacionalismo para analizar los arbitrajes de Argentina en los partidos contra Brasil y Chile, de mínima se puede afirmar que el referee paraguayo Mario Díaz de Vivar fue designado porque lo pidió la federación de fútbol de Paraguay, y no por sus méritos ya que hasta la Copa había arbitrado solamente tres encuentros entre selecciones en cinco años. 

Lo siguiente sería ampliar el torneo y tener más selecciones invitadas, haciéndolo en forma institucional y no al voleo (hoy invito a México, mañana a Japón). Al respecto una opción sería fusionar la Copa América con la Copa de Oro de la Concacaf. El problema es que la Concacaf tiene tantas selecciones que primero se juega una clasificación y el torneo (desde su última versión) tiene 16 equipos. Una fusión implicaría jugar una eliminatoria en la cual Argentina tendría quizás que jugar con Nicaragua, Haití, o Jamaica… Pero si jugamos con estos países en los últimos años? Quizás alguien ya está pensando en esto. 

Mucho mejor sería pensar un torneo de 16 equipos al cual se invite al campeón y subcampeón de las últimas Copa de Oro, Copa Asiática, y Copa de Africa. Esto sumaría, tomando los últimos resultados (la final de la Copa de Africa es este viernes), a México, Estados Unidos, Qatar, Japón, Senegal y Argelia. Los grupos se podrían sortear con Argentina, Brasil, Uruguay y el siguiente equipo sudamericano mejor clasificado (por posición en eliminatorias o historial en la última Copa América) como cabezas de serie, los siguientes cuatro sudamericanos en el bombo 2, los campeones invitados y el noveno equipo sudamericano en el bombo 3. Y en el sorteo habría que prevenir que equipos de la misma confederación invitada se enfrente en un grupo, así como también que haya un grupo solamente con equipos de la Conmebol. 

Así se podría dar un grupo competitivo para Argentina con Colombia, Qatar y México. Muy similar al que tuvimos en esta edición, con la salvedad que solamente los primeros dos equipos clasificarían para cuartos de final. Además esto le permitiría a los países sudamericanos tener al menos un partido representativo de la fase de grupos en el Mundial (en el ejemplo, Argentina tiene dos, con Qatar y México). Contrastemos esto con lo que fue el grupo C en la última Copa de Oro: Jamaica, Curazao, El Salvador y Honduras. 

Fusionar la Copa América con la Copa de Oro sería un pésimo negocio para los sudamericanos, que perderían competitividad (y harían que los norte y centroamericanos la ganen). Pero quizás suceda si es un buen negocio para los dirigentes de la Conmebol (sobre corrupción en fútbol internacional recuerdo a los lectores este post de 2010 sobre la designación de Rusia y Qatar como sedes). 


Más vale tarde que nunca

02/07/2019

El acuerdo comercial entre la UE y el Mercosur es, sin dudas, la novedad más interesante de los últimos días. Considero que representa una oportunidad para que el país pueda desarrollarse al proveer instituciones que limiten el afán proteccionista de nuestra dirigencia. Pero voy a esperar para hacer un análisis más profundo a tener detalles de la letra chica (el diablo está en los detalles, siempre). 

El título de la nota no se debe a los veinte años que llevó la concreción de este acuerdo comercial. La espera en cuestión fue más modesta, de tres años y medio. Y no es para celebrar un cambio en Cambiemos (valga la redundancia). Para ello habrá que esperar un poco más. El tema es que a fines de 2015 escribí un post en el que expresaba mi hartazgo con la pobre lectura que los medios hacían del trabajo de Frey y Osborne de 2013 sobre las tareas laborales que eran susceptibles de ser robotizadas en el mediano plazo (veinte años, que para el acuerdo UE-Mercosur se sintió una eternidad, pero para la amenaza de robotización parece un suspiro). 

Resulta que finalmente en su última edición The Economist tiene una nota sobre un nuevo libro de Carl Frey y descubre, o sorpresa, que el 47% de los trabajos en EEUU no están en peligro de ser automatizados. 

It is one of the most widely quoted statistics of recent years. No report or conference presentation on the future of work is complete without it. Think-tanks, consultancies, government agencies and news outlets have pointed to it as evidence of an imminent jobs apocalypse. The finding—that 47% of American jobs are at high risk of automation by the mid-2030s—comes from a paper published in 2013 by two Oxford academics, Carl Benedikt Frey and Michael Osborne. It has since been cited in more than 4,000 other academic articles. Meet Mr Frey, a Swedish economic historian, in person, however, and he seems no prophet of doom. Indeed, Mr 47% turns out not to be gloomy at all. “Lots of people actually think I believe that half of all jobs are going to be automated in a decade or two,” he says, leaving half the population unemployed. That is, Mr Frey stresses, “definitely not what the paper says”.

So what does it say? Its authors modelled the characteristics of 702 occupations and classified them according to their “susceptibility to computerisation”. This classification was, ironically, itself automated—using a machine-learning system built by Mr Osborne, which was trained using 70 hand-labelled examples. After crunching the numbers, the model concluded that occupations accounting for 47% of current American jobs (including those in office administration, sales and various service industries) fell into the “high risk” category. But, the paper goes on, this simply means that, compared with other professions, they are the most vulnerable to automation. “We make no attempt to estimate how many jobs will actually be automated,” the authors write. That, they underscore, will depend on many other things, such as cost, regulatory concerns, political pressure and social resistance.

The paper was intended for an academic audience, says Mr Frey, and got “more attention than we would ever have expected”. Chinese whispers and exaggerated headlines meant the carefully caveated, theoretical and highly unlikely upper bound of 47% came to be seen by some as a firm prediction—sometimes even a target. In April one striking dockworker in Los Angeles carried a placard that read “47% of American jobs are planned to be automated by 2034”. Needless to say, they are not.

En resumen, como decía hace tres años y medio, el 47% es fruta. Ahora estaría bueno que varios de los comentaristas mediáticos de Frey y Osborne reconozcan que estaban influenciados por una mala lectura de su trabajo (habría que hacer un trabajo forense para descubrir quién o quiénes hicieron esa primera mala lectura). Igual reconforta que una creencia que había prendido tanto empiece a ser corregida. Volviendo al acuerdo UE-Mercosur quizás lo mismo pase en nuestro país con los preconceptos sobre la apertura comercial. Esperemos. Para lograr algún día una Economía Posible.