La Felicida-a-a-a-ad

Por María Eugenia Garibotti

Hace unas semanas salió en el New York Times un artículo sobre una de las “power couples” de la academia económica: Betsey Stevenson y Justin Wolfers. No es que los recomiende como modelos a seguir1, pero quiero escribir sobre uno de sus papers: The Paradox of Declining Female Happiness (publicado en 2009 en American Economic Journal: Economic Policy).

Este artículo es parte del estudio de la “economía de la felicidad”. La idea es que la economía como disciplina estudia ingresos sólo porque nos interesa el bienestar de las personas. Todos tenemos la idea de que el dinero no necesariamente genera felicidad, pero ayuda, y así justificamos el foco en ingresos, producto bruto, y demás. De vez en cuando, sin embargo, nos encontramos con que enfocarnos en el dinero tiene poco sentido.

El problema con los estudios de felicidad, sin embargo, es que tenemos encuestas sumamente subjetivas, contestadas por grupos distintos a lo largo del tiempo. Esto hace que las comparaciones sean problemáticas. Sin embargo, hay investigadores que han documentado una correlación entre cuán feliz una persona reporta ser, y medidas más externas como ciertas actitudes (la frecuencia con que soríen, por ejemplo), y la percepción de gente cercana a la persona. Es decir que este artículo no es perfecto, pero sí es interesante.

El punto de partida es un fenómeno observable más o menos en todo el mundo. A pesar de que todavía existe una brecha salarial entre hombres y mujeres, en los últimos 35 años ha venido disminuyendo, a medida que el nivel educativo promedio de las mujeres, así como su participación en el mercado laboral, ha aumentado. Un modelo económico tradicional sugeriría que esto ha aumentado el poder de negociación de las mujeres dentro de su pareja, y debería haber mejorado su bienestar. Sin embargo, los autores documentan que el nivel de felicidad reportado por las mujeres ha caído marcadamente en Estados Unidos y otros paises industrializados, y que la tradicional desigualdad en felicidad que favorecía a las mujeres se ha erosionado.

Las medidas de felicidad para Estados Unidos vienen del “General Social Survey”, una encuesta anual representativa a nivel nacional, que pregunta, entre otras cosas, si en general la persona se siente “muy feliz”, “algo feliz”, o “no demasiado feliz”. En los setenta, las mujeres respondían “muy feliz” más frecuentemente que los hombres (unos cinco puntos porcentuales más), y “no demasiado feliz” menos frecuentemente que los hombres (uno o dos puntos porcentuales). Aunque modestas, estas diferencias eran estadísticamente significativas, pero en el 2005 ya no se observan, más porque las mujeres se acercaron a los hombres, que viceversa. Los autores documentan una tendencia similar en preguntas como la satisfacción con su vida.

Es conceptualmente difícil tratar de desagregar estos cambios por grupo. Tomemos por ejemplo el nivel de ingresos: si bien un ingreso más alto puede aumentar la felicidad, las acciones necesarias para aumentar ese ingreso también van a afectarla. Lo mismo vale para ser madre soltera, o estar casada o divorciada. Lo interesante es que Stevenson y Wolfers encuentran que este efecto se observa en la mayor parte de los grupos que analizan.

En primer lugar, sin embargo, hay una excepción importante: lo que sea que está afectando a las mujeres no fue suficiente para anular los efectos de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos. Es decir, las mujeres afroamericanas vieron aumentar su nivel subjetivo de felicidad2.

Cuando estudian sólo a mujeres blancas, sin embargo, ven que el efecto de reducción relativa en la felicidad se observa a todo nivel: casadas, solteras y divorciadas; con y sin hijos; con y sin trabajo.  Esto limita las posibilidades de explicar los cambios observados. Es por eso que los autores analizan otro conjunto de preguntas, referido a la satisfacción con distintos ámbitos de la vida personal y profesional. Encuentran que las mujeres que trabajan en el hogar están menos satisfechas con su trabajo, mientras que los hombres que eligen ser “amos de casa” están más satisfechos. A su vez, las mujeres casadas están menos satisfechas con su vida, tanto a nivel financiero como emocional (aunque los hombres también están menos satisfechos emocionalmente, con lo cual no ha habido cambios en la diferencia). El único aspecto en el que las mujeres están más satisfechas con respecto a los hombres, es en términos de su salud.

El artículo es super interesante, y tiene más datos que los que puedo resumir en un post. Como tal vez quede claro, me interesa entender cómo los roles que juegan hombres y mujeres nos afectan en lo económico y en lo personal. Tal vez sea cierto que la “liberación femenina” sólo nos liberó para estar tan estresadas como los hombres. Sé que elegiría el estrés antes que la falta de opciones, pero tal vez no sea lo que nos haga más felices a todas.

1: ¿Cómo pueden negarle a su pobre niña tanto azúcar como carne?

2: Hay tres categorías raciales en la encuesta: blanca, negra, y otras, con lo cual sólo se puede estudiar a blancos y negros.

2 respuestas a La Felicida-a-a-a-ad

  1. mgeiras dice:

    Euge,
    Me parece razonable que en la medida que caen las desigualdades entre hombres y mujeres desaparezcan los sesgos en características que sean ortogonales al género. Y la felicidad es una de ellas (salvo en cuestiones de género como puede ser una mayor felicidad de la mujer en ser madre que del hombre en ser padre). Con lo cual veo más la paradoja en el mayor nivel de felicidad de las mujeres hace cincuenta años, que en la igualación de la misma en la actualidad.

  2. J.J. Bustos dice:

    Estos estudios estudios son muy interesantes, pero son más interesantes por lo que marcan como problema que por lo que ofrecen como solución. Los cambios en los roles de género han implicado también un cambio en las áreas de desempeño de la mujer (privado/ público) con la consiguiente reinvención de los roles públicos de la mujer. Es probable que la/s máscara/s (Goffman) públicas de la mujer sean hoy diferentes a lo que eran años atrás. Concretamente, es probable que generaciones atrás una mujer estuviese sesgada a contestar a un extraño (encuestador) que era feliz (en términos llanos, porque era lo “políticamente” correcto) mientras que hoy puede estar sesgada a mostrarse seria y preocupada (no “tontamente optimista”) frente a un desconocido. Como se dice en las radios, muy bueno el blog.

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