Bases para el desarrollo argentino

21/08/2019

Puede resultar un poco extraño hablar de desarrollo cuando el país atraviesa su enésima crisis. Pero es que justamente una crisis nos presenta la necesidad de elegir que (nuevo?) camino seguir. Y dado que el ministro Hernán Lacunza está convocando a los equipos económicos de la oposición para discutir ideas, aprovecho para meter bocado. 

Parece una eternidad pero fue hace menos de dos meses, cuando las encuestas estaban casi empatadas, que se anunció el acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur. Tomó casi veinte años, y todavía falta ratificarlo. Sin embargo no caben dudas que este es uno de esos caminos que se nos abren como salida a nuestras recurrentes crisis.

En efecto, en la medida que debamos prepararnos para competir con la UE estaremos forzados a reducir (en lo posible eliminar) la maraña de distorsiones que elevan los costos de producción locales. Ya se venía trabajando en este sentido, pero a un ritmo muy lento. Máxime teniendo en cuenta que Brasil está por sumar la reforma previsional a la laboral aprobada el año pasado. 

Antes de seguir quisiera aclarar que ratificar el acuerdo comercial implicaría costos y habría empresas, e incluso sectores, que quedarían marginados. Por ejemplo, tomemos el sector automotriz. En principio la apertura significaría un desafío tanto para Argentina como para Brasil. Pero en los hechos nuestro país sufriría más en la medida que nos hemos especializado en autos medianos mientras que Brasil lo hizo en autos chicos. Y cuanto más chico un auto menos conviene fabricarlo en Europa y enviarlo al Mercosur. 

Si uno mira la letra chica del acuerdo es indudable que la UE saca más beneficios que el Mercosur, ya que los aranceles que serán reducidos son mayores en el cono sur. Además el acuerdo refleja el poder de negociación de las partes y habría que ser muy necio para suponer que sacamos una ventaja en este sentido. Lo que si se consiguió es que la apertura comience antes en la UE, y tener extensos plazos para reducir nuestros aranceles. 

Las ventajas para nuestros países se darían en el desarrollo posterior, no con la firma del tratado. En la medida que los factores de producción se orienten a los nuevos sectores beneficiados con el acuerdo se conseguirá un incremento en la productividad promedio y en los ingresos per cápita. Y en esta dimensión el potencial para el Mercosur es muy superior al de la UE pues ellos solamente harán ajustes marginales, en proporción al peso que los nuevos flujos de comercio tengan sobre su producto. 

Y aquí es donde se nos presenta una de las bifurcaciones más importantes a la hora de elegir que políticas seguir. Por un lado es natural proponer que la Argentina se especialice en productos agropecuarios y agroindustriales (habría que extender la marca “Argentina” de la carne a todo lo se pueda vender en un supermercado). Por el otro están quienes dicen que el campo no genera valor agregado y que por eso hay que mantener todas las defensas que sea posible sobre la industria nacional. 

No quiero entrar en la discusión vetusta sobre campo o industria. Creo que al mencionar agroindustria en el párrafo anterior queda claro que pueden ir de la mano. Pero hay varios supuestos que definen esta “grieta” y hay que ver en qué medida siguen siendo válidos. 

Un argumento que escuché varias veces, y de economistas muy respetables, es que aun y reconociendo que el campo genera valor agregado (basta ver el uso intensivo en nuevas tecnologías para reconocer que es EL sector más desarrollado del país, al tope en terminos de competitividad en el mundo), no alcanza para tener un nivel de ingresos per capita aceptable. Y citan a Chile como ejemplo donde si fue posible hacerlo, siendo la minería, la piscicultura, y la industria vitivinícola los pilares. 

Pero este argumento quedó desactualizado con el descubrimiento de Vaca Muerta. Este yacimiento tiene un enorme potencial, pero desarrollarlo requiere cuantiosas inversiones. Y para que lluevan las inversiones es necesario tener seguridad jurídica y un marco macroeconómico estable. La semana pasada vimos que estamos lejos de ambas cosas.

Los críticos de una estrategia de desarrollo basada en el campo también asumen que la frontera agropecuaria está estancada desde que los ingleses dejaron de invertir en expandir la red ferroviaria. De hecho se ha argumentado que lo primero causó lo segundo cuando a mi entender fue al revés (el shock de la primera guerra mundial reduce inversiones británicas en todo el mundo). Basta ver la expansión de la frontera hoy en día (ver esta nota reciente en El País) para sacarnos la duda que cuando el campo tiene infraestructura para desarrollarse lo hace. Y la rehabilitación del Belgrano Cargas es un paso en esa dirección. 

Si el país se desarrollara siguiendo una política exportadora basada en el agro y los frutos de Vaca Muerta (pensemos en la expansión de la industria petroquímica, lo que obviamente requiere resolver problemas de hold up), a lo que podemos sumar la minería alcanzaríamos un nivel de ingresos que permitiría la existencia de una industria local que nos provea de bienes que no sería viable importar.

Esto ocurre en todos los países del mundo, no solamente en los que están en los confines del mundo y por ello gozan de una elevada protección natural. Pero para que esto pueda suceder el consumidor argentino debe estar dispuesto a pagar un plus por comprar algo “Made in Argentina”. Y en este sentido estamos lejos de los europeos (por ejemplo, en Dinamarca la fruta desabrida local se vende más cara que alternativas del sur del continente con más sabor). De la boca para afuera defendemos la industria local, pero a la hora de hacer las compras, si el producto chino es un poco más barato, palo y a la bolsa. 

Una vez que se defina una estrategia de desarrollo de largo plazo, que puede tener menos énfasis en la exportación que lo descripto en esta nota (dados los antecedentes de doce años de gobiernos kirchneristas, apostaría que va a ser así), falta ver como transitar desde el hoy devaluado al futuro más promisorio. 

Si la estrategia de desarrollo es creíble (lo cual requiere que sea adoptada, con matices, como política de estado por los principales actores políticos), sería posible tener una macro ordenada en el mediano plazo pues las condiciones para este equilibrio serían robustas. Pero esto nos deja el corto plazo en el aire. Para usar una expresión usual, necesitaríamos un ancla que fijara expectativas y nos permita converger a equilibrio virtuoso de (muy) baja inflación, cuentas fiscales en orden, y bajo nivel de endeudamiento (usando idealmente la deuda para hacer política anticíclica). 

Coincido con la oposición que el ajuste fiscal sería más fácil de hacer si la economía creciera. Esto es obvio, se sigue de una identidad contable. Pero dada la situación actual de la economía es posible usar un atajo para lograrlo (atajo que aclaremos Cambiemos no podía usar en su primer año de gobierno pues los desequilibrios macro eran enormes). Consiste en adoptar una convertibilidad con cláusula de escape, como describí en este post del año pasado sobre la robustez de la política monetaria, que duele leer ex post.

La otra opción sería instalar una convertibilidad con cláusula de escape, que funcione de la siguiente manera: a) fijar el tipo de cambio con una canasta que considere dólar, euro, real y quizás yuan. b) usar líneas de crédito contingente con los bancos centrales de las monedas de la canasta para financiar temporariamente las reservas necesarias para cubrir la base monetaria (esta es una de las condiciones de la cláusula de escape, ya que cuando hay que devolver la reservas hay que abandonar la convertibilidad, si no se generaron otros recursos), c) una cláusula de escape explícita que indique que cuando se hayan alcanzado ciertos objetivos el peso pasa a flotar (respecto a inflación, superavit primario, ratio deuda PBI, porcentaje de deuda pública en moneda extranjera, desarrollo de mercado de capital doméstico, etc.).

Este post está siendo demasiado largo como para explayarme más en detalles. Pero notemos que ya sabemos que una convertibilidad es super eficiente en coordinar expectativas a la baja en la inflación (basta ver la trayectoria del IPC en 1990-1992), y al proporcionar un marco macro estable atrae inversiones como moscas a la miel (basta ver la trayectoria del PBI en esos mismos años). Además al estar el peso atado a una canasta de monedas tendremos tiempo para acostumbrarnos a que la cotización del dólar varie sin que ello implique remarcaciones de precios (una de las peores costumbres argentinas es indexar todo al dólar al coordinar expectativas que todos los agentes económicos se comportan de la misma manera). 

Quizás prejuicios ideológicos, cuando no, impidan que la próxima administración o la actual, dado que la oposición hoy tiene gran influencia en la política económica del ministro Lacunza, adopten este esquema rígido asociado al “neoliberalismo”. No sería la primera vez que ello suceda. Pero también podría ser que el equipo económico de Alberto Fernández simpatice con la idea y coordine con el gobierno de Macri que sea este quien cargue con la responsabilidad de tomar esta medida (aunque su éxito depende de un cuidado diseño inicial). 

Más probable es que no, que se piense que solamente con cambiar nombres se lograría bajar la inflación (estabilización por ego). Igual, peor que se piense en manipular estadísticas. O creer que la emisión no genera inflación. La esperanza es lo último que se pierde. 

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La tercera es la vencida del gobierno de Macri

07/02/2019

Me costó ponerme a escribir este post, un balance del tercer año del gobierno de Mauricio Macri. Creo que si empiezo por la conclusión se entenderá el porqué: Si hubiera hoy un balotaje entre Macri y Cristina, votaría en blanco. Y nada me hace pensar que vaya a cambiar de opinión de aquí a las elecciones. 

Desde un principio realicé una crítica constructiva del gobierno de Cambiemos, y al hacer balances del primer y segundo años de gobierno, traté de no tomar posiciones extremas (e.g. no suponer que la reelección de Macri era alg seguro a fines de 2017). Hoy sigo creyendo que el gobierno tiene chances de ganar la reelección pero su gestión ha sido tan mala que no me invita a sumarle mi voto. 

Ya en febrero noté las primeras señales de ruido en los mercados, y al mes siguiente comenté la pelea entre el gobierno y los “plateístas“, con el ahora pre-candidato José Luis Espert a la cabeza. En abril vino el colapso y la muerte del hipergradualismo, y la crisis se aceleró en agosto (por la incapacidad del gobierno para realizar el primer ajuste acordado con el FMI). Se terminó en una política monetaria creíble pero no robusta que le permite al gobierno disfrutar de la paz de los cementerios. 

Pensando a futuro, por qué no votaría a Macri en un balotaje? Porque no me inspira confianza, y no creo que sea capaz de realizar las reformas que el país necesita. Peor aun, no ha sabido realizarlas en estos tres años en el poder. Alguien podrá defender al gobierno diciendo que estuvo en minoría en el Congreso. OK, pero va a tener mayorías si gana este año? No, o sea que si esta fue la excusa no hay que esperar cambios. 

Y excusa es la palabra clave de Cambiemos. El otro día en Twitter metí un comentario sobre la inflación esperada este año. Hice notar que la convertibilidad había logrado bajar la inflación a 84% anual en 1991 y a 17,5% el año siguiente (y con reactivación, o sea con presiones de demanda sobre precios!). Con esta base cualquier inflación este año por encima de 17% será una señal de otro fracaso. La “excusa” para decir que la inflación va a ser más alta es que el señoriaje así conseguido será crucial para cumplir con las metas fiscales este año. O sea que cumplir con las metas fiscales es más importante que cumplir con las metas de inflación, con lo cual podría estar de acuerdo. Ahora bien, a quienes defienden esta tesis, cómo debiera reaccionar el gobierno si el sindicalismo hace acuerdos salariales por el 17% este año? Porque si infla va a tener una recesión brutal y pierde las elecciones. O sea que lo del señoriaje es una excusa para encubrir incapacidad del gobierno para coordinar precios y salarios a pesar de tener un corset monetario importante. 

Se dice que la economía está parada porque hay incertidumbre política ya que Cristina puede ganar las eleciones. (Comentario al margen: gracias a quién puede volver al poder? Gracias a la ineptitud del gobierno). Obviamente poca gente quiere invertir si el kirchnerismo “vuelve por todo”. Pero imaginemos que el escenario más probable es la reelección de Macri. Qué incentivos le da esta perspectiva a un inversor en potencia? Espera que bajen los impuestos? Las regulaciones ineficientes? Se abra la economía? No, no y no. Macri debería hacer un shock para ganar algo de confianza empresarial. Debería cambiar todo el equipo económico (sin hablar de su jefe de gabinete), ya que el actual no supo hacer más que reformas cosméticas, que aunque yendo en la dirección correcta, no alcanzaron a mover el amperímetro (basta considerar la fallida reforma impositiva y laboral con los cambios en Brasil para determinar donde irán las inversiones en la región, una vez la gestión despeje dudas sobre Bolsonaro). 

A pesar de mi visión negativa sobre Cambiemos, espero que sobreviva y se refuerce, porque al país le viene bien tener alternancia en el poder. Le vendría mejor que los partidos que se alternen sean capaces en la gestión, pero dejaremos ese deseo para otra ocasión. 

EXPOST: Otro ejemplo de la poca confianza que inspira este gobierno son las idas y vueltas con los incentivos a la producción de gas no convencional en Vaca Muerta. Ahora resulta que la regulación correspondiente estuvo mal diseñada. Y aquí no se puede culpar la herencia recibida, pues fue hecha por Juan José Aranguren hace dos años. 


Centenario del Armisticio

11/11/2018

Hoy se cumplen 100 años del fin de la Primera Guerra Mundial. Todos los medios del mundo lo recuerdan, y marcan paralelismos entre la situación actual de incertidumbre política y económica con la inestabilidad del mundo de entreguerras. Copio a Marc Bassets en una nota hoy en El País,

“Las razones del fracaso de la paz en 1918 constituyen una llamada de atención para el mundo de 2018”, dice a EL PAÍS el politólogo Dominique Moïsi, consejero especial del Instituto Montaigne y autor, entre otros libros, de La geopolítica de las emociones. “En 1918”, añade, “vimos que el armisticio no traía la paz, por dos razones importantes. Los vencedores fueron demasiado rígidos en sus exigencias hacia Alemania, y porque la organización internacional que se construyó, la Sociedad De Naciones, fue demasiado débil. Es decir, una mezcla de nacionalismo demasiado fuerte e internacionalismo demasiado débil. Hoy reencontramos esta combinación”.

Palabras como pueblo, identidad o nación vuelven al primer plano. “Hay una crisis identitaria ligada a la mundialización”, explica Moïsi. “Cuanto más global, interdependiente, transparente es el mundo, más se han lanzado los ciudadanos a una búsqueda identitaria, poniendo de relieve el culto de la diferencia, aunque esta diferencia sea cada vez más marginal. Y ahí vemos el efecto de una mundialización, que para muchos ha sido desdichada”.

Nacionalismo es una palabra ambigua, de difícil definición, como populismo.

Katrin Bennhold del New York Times se pregunta en esta nota hoy si puede sobrevivir el orden liberal en Europa en la medida que se diluye la memoria de la guerra.

The anniversary comes amid a feeling of gloom and insecurity as the old demons of chauvinism and ethnic division are again spreading across the Continent. And as memory turns into history, one question looms large: Can we learn from history without having lived it ourselves?

In the aftermath of their cataclysmic wars, Europeans banded together in shared determination to subdue the forces of nationalism and ethnic hatred with a vision of a European Union. It is no coincidence that the bloc placed part of its institutional headquarters in Alsace’s capital, Strasbourg.

But today, its younger generations have no memory of industrialized slaughter. Instead, their consciousness has been shaped by a decade-long financial crisis, an influx of migrants from Africa and the Middle East, and a sense that the promise of a united Europe is not delivering. To some it feels that Europe’s bloody last century might as well be the Stone Age…

Historians guard against drawing direct parallels between the fragile aftermath of World War I and the present, pointing to a number of notable differences.

Before World War I, a Europe of empires had just become a Europe of nation states; there was no tried and tested tradition of liberal democracy. Economic hardship was on another level altogether; children were dying of malnutrition in Berlin.

Above all, there is not now the kind of militaristic culture that was utterly mainstream in Europe at the time. France and Germany, archenemies for centuries, are closely allied.

“What is being eroded today, is being eroded from a much higher level than anything we had ever achieved in Europe in the past,” said Timothy Garton Ash, professor of European history at the University of Oxford.

La semana pasada Adam Hochschild escribió una nota en New Yorker en la cual condena la “locura” de seguir luchando durante seis horas entre la firma del armisticio y su entrada en vigor: al menos 2738 soldados murieron ese 11 de noviembre (8206 fueron heridos o desaparecidos). Además nos recuerda que en lugar de un acuerdo de paz, el armisticio fue una rendición demandada por los aliados, cuyos términos en gran medida sembraron las condiciones para la Segunda Guerra Mundial. Pero no necesariamente por las razones usualmente esgrimidas:

Traditionally, the Treaty of Versailles, signed in June of 1919, has been blamed for the war’s disastrous aftereffects. Schoolbooks tell us that Germany was humiliated: forced to give up territory, pay huge reparations, and admit guilt for starting the war. Hitler did indeed thunder a great deal about Versailles. But, two years after the treaty was signed, the amount of reparations was significantly but quietly reduced. The territory that Germany lost contained only about ten per cent of its people, many of whom were not ethnic Germans. Despite its flaws, the treaty was far less harsh than many imposed on other nations that had been defeated in war. The problem was something else: when the war came to an end, at the eleventh hour of the eleventh day of the eleventh month of 1918, few Germans considered themselves defeated. The resentment that led to a new cataclysm two decades later was really forged by the Armistice.

To begin with, the Armistice was not an armistice; the Allies, in effect, demanded—and received—a surrender. Yet German civilians had no idea their vaunted military was starting to crumble. Their ignorance was a fateful result of unrelenting propaganda. This was the first war in which both sides invested huge resources in whipping up patriotic fervor with posters, films, pamphlets, postcards, plays, children’s books, and more. The German military controlled press censorship, keeping all word of mass desertions, for instance, out of the papers. As the tide turned against Germany, in the second half of 1918, the country’s propaganda for home consumption fully parted ways with reality, remaining relentlessly triumphal to the last. The apparent German retreat? A mere temporary setback. Even a few weeks before the Armistice, the country’s newspapers were still running stories about an imminent final victory.

The illusion was aided by the fact that almost all the combat had been, to the very end, on foreign soil. The only major fighting inside Germany, in the war’s opening weeks, had ended in a spectacular rout of Tsar Nicholas II’s inept invading troops. What’s more, in the Peace of Brest-Litovsk, in early 1918, Russia had yielded to victorious German and Austro-Hungarian troops more than a million square miles of fertile land, largely in what today is Ukraine, Poland, Belarus, and the Baltic states. Who ever heard of a country surrendering under such conditions?…

Finally, as soon as the Armistice took effect, most German troops marched home in good order, regimental flags flying proudly. (What looting they did on the way was in occupied France and Belgium, not in Germany itself.) As they paraded through German cities, they were welcomed by crowds throwing flowers. Friedrich Ebert, the socialist chancellor who took office two days before the Armistice, greeted soldiers at Berlin’s Brandenburg Gate as having returned “unconquered from the field of battle.” As far as most Germans could see, this was true.

Small wonder that Germans were outraged to learn the Armistice terms, and to see British, French, and American occupation troops march into the Rhineland. If the Army was “unconquered,” who was responsible for these humiliations? Who had betrayed the 1.8 million German soldiers killed in the war? Powerful right-wingers had prepared the ground for the legend of the Dolchstoss, or stab in the back, even as the war was still raging. “We shall win the war when the home front stops attacking us from behind,” Colonel Max Bauer, an influential military strategist, declared in 1918. Others made spurious charges that Germany’s Jews were shirking military service and secured a special census of Jews in the armed forces. The Pan-German League called for a “ruthless struggle against Jews.” Aiding right-wing efforts was the fact that it was the new socialist chancellor, Ebert, who would now be blamed for the harsh terms of the Armistice. And so Hitler had an easy time claiming that the Army had been robbed of victory by the sinister machinations of socialists, pacifists, and Jews. 

Para terminar con este resumen de medios, hoy en La Nación Andrés Reggiani también ve el armisticio como el origen del nazismo. 

Uno de los factores más importantes fue la decisión del gobierno alemán de solicitar un cese del fuego cuando sus fuerzas todavía se encontraban en territorio extranjero. Ante la certeza de que la guerra no podía ganarse, y temiendo que una desbandada de las tropas abriese la puerta a la revolución -para ese momento (septiembre 1918) los bolcheviques se habían hecho con el poder en la vecina Rusia-, los jefes del alto mando Hindenburg y Ludendorff aconsejaron al emperador Guillermo II dejar a los partidos políticos la responsabilidad de negociar la paz. El motín de los marineros de Kiel, chispa que encendió la Revolución de Noviembre, precipitó la caída de la monarquía, pero ello no alteró el plan. Con el traspaso del poder a los social demócratas, las élites que habían buscado la guerra cuatro años antes se libraron de pagar el costo de la derrota y se aseguraron su supervivencia política para el incierto futuro democrático. Fueron esas mismas élites las que primero fabricaron el “mito de la puñalada por la espalda”-según el cual la derrota había sido causada por la traición de socialistas y judíos- y más tarde encumbraron a Hitler. 

La historiografía revisionista ha sostenido que en los siete meses transcurridos entre el armisticio de 1918 y la firma del Tratado de Versalles los alemanes vivieron en un “mundo de ilusiones”, imaginando una paz “justa”, con términos más propios de un contrato entre iguales que una rendición. Las penurias a las que el bloqueo británico sometió la población civil, el hecho de que toda la guerra se había peleado en suelo extranjero y la bienvenida triunfal que las autoridades dieron a los soldados a su regreso del frente indujeron a los alemanes a suponer que recibirían un trato honorable. Esas ilusiones se esfumaron el día que los representantes del primer gobierno democrático alemán tomaron conocimiento de las condiciones de paz. A partir allí, la guerra se reanudó, pero por otros medios: retaceando el pago de las reparaciones, objetando el trazado de nuevas fronteras, ocultando el rearme, en síntesis, haciendo todo lo posible por no cumplir los términos del tratado de paz. Los hechos posteriores confirmarían la sabiduría del coronel Aureliano Buendía en Cien años de soledad, cuando dice: “No imaginaba que era más fácil empezar una guerra que terminarla”

Si me sumara al juego de encontrar paralelismos entre el mundo de entreguerras y la actualidad creo que lo que más me llama la atención es la sorpresa de los alemanes que pasaron de verse como los ganadores de la guerra a ser los perdedores humillados prácticamente en un instante. El mismo tipo de sorpresa sintieron los ciudadanos del Primer Mundo en poco tiempo con el comienzo de la Gran Recesión: sus vidas pasaron de la alegría, tranquilidad y riqueza (relativa) a la preocupación, angustia y estancamiento (relativo) en poco tiempo. Y al igual que los alemanes de hace 100 años nos empezamos a preguntar quiénes fueron los responsables. Y el dedo acusador se dirigió hacia las élites políticas. 

La comparación puede seguir entre los populismos de antaños y los neo-populismos de la actualidad (Trump, Brexit, Bolsonaro, los extremos que se tocan en Italia, Hungría, Polonia, etc.). Incluso podemos ver a los inmigrantes cumpliendo hoy el rol de chivos expiatorios como lo fueron en el pasado los judíos. Pero extrapolar más sería peligroso. El mundo ha cambiado bastante y difícilmente la historia se repita. Pero es muy probable que evolucionemos a un orden (o desorden, o cuasi-orden) nuevo. Y lo nuevo siempre asusta y angustia. Puede que en varios países la Gran Recesión haya terminado, pero sus repercusiones lejos están de haberse terminado. 


Nota en Nada es Gratis

12/09/2018

Este fin de semana escribí una nota sobre nuestro país a pedido del blog español Nada es Gratis. El título es “La última crisis argentina” y la copio a continuación ahora que la han publicado:

Este año Argentina y Turquía lideran lo que probablemente sea un dominó de sudden stops en mercados emergentes. La dinámica es similar en ambos casos, y parece calcada a la de pasadas crisis que se producen al consumir persistentemente por encima de los ingresos. Por ejemplo, la pérdida de confianza, fuga de capitales, y aumento en el riesgo de default, es similar a la que se vio en la periferia de la zona euro a comienzos de esta década.

Aunque estos episodios revelen una dinámica similar, diríamos de libro de texto, difieren en la secuencia de decisiones y shocks que les condujeron al desajuste inicial. Parafraseando a Mario Vargas Llosa, y pecando de falta de originalidad, podríamos preguntarnos cuándo se jodió el plan económico de Mauricio Macri. Recordemos que fue en los primeros días de mayo de este año cuando comenzó la corrida contra el peso alimentada por la pérdida de confianza. En el resto de esta nota trataré de hacer un análisis de las causas mediatas e inmediatas de la última crisis argentina.

En 2011 Cristina Fernández de Kirchner logra la reelección con el 54% de votos. En lugar de corregir los desequilibrios macroeconómicos—peso sobrevaluado y subsidios a la energía y transporte en la ciudad de Buenos Aires y sus suburbios—que permitieron su amplia victoria, el gobierno los acentúa. Lo hace con el objetivo de forzar una nueva candidatura de Fernández de Kirchner en 2015, a pesar que la constitución del país solamente contempla una reelección consecutiva.

Los sueños de “Cristina eterna” se terminan cuando la alianza circunstancial de Sergio Massa, ex jefe de gabinete de Fernández de Kirchner, con Macri se impone en la provincia de Buenos Aires en las elecciones de mitad de mandato en 2013. Fernández de Kirchner sigue gobernando sin corregir los desequilibrios arriba mencionados. Y termina su mandato transfiriendo recursos por aproximadamente 2,5 puntos porcentuales del producto a los gobiernos provinciales dejando al nuevo gobierno una verdadera bomba de tiempo.

Los cuadros técnicos de la alianza Cambiemos discutieron largamente las políticas que habrían de implementar en caso de ganar las elecciones de 2015. Había desacuerdo sobre el grado de gradualismo y shock que debía tener el necesario ajuste fiscal y tarifario. El ala política defendía un mayor gradualismo consciente del poco margen de maniobra que tendría un gobierno de minorías parlamentarias y casi sin experiencia de gobierno. Dentro del ala económica algunas voces alertaban sobre el riesgo de dilatar el ajuste.

Macri gana las elecciones prometiendo reducir, y eventualmente eliminar, las retenciones a las exportaciones agropecuarias, y el levantamiento del control de cambios. Su equipo confía que éstas, y otras medidas como un pronto acuerdo con los holdouts, conducirían a un crecimiento sostenido apuntalado por la inversión que permita, por un lado reducir la inflación, y por otro lado la eliminación gradual de las distorsiones. En los ojos del nuevo gobierno el país no tenía un problema fiscal sino uno de crecimiento.

Aun y dándole al gobierno el beneficio de la duda respecto a su, un tanto naif, diagnóstico inicial, demostró poca capacidad para adecuar sus políticas a cambios en el contexto. Decidió mantener la baja en las retenciones a pesar de la mencionada transferencia de recursos a los gobiernos provinciales que hace Fernández de Kirchner al final de su gestión. A mediados de 2016 otorga un blanqueo de capitales, que le proporciona un aumento transitorio de recursos, asociado a un aumento permanente en las jubilaciones. Cualquier ilusión que con el blanqueo se materialice la demorada llegada de inversiones se pierde cuando, menos de dos meses más tarde, la Corte Suprema invalida los ajustes tarifarios obligando al gobierno a reducir la velocidad con la cual recortaba subsidios energéticos.

Quizás el ejemplo más doloroso de la incapacidad del gobierno de Macri para sortear obstáculos fue la respuesta que dio a los disturbios violentos que rodearon la sanción, en diciembre del año pasado, de un cambio en la fórmula de actualización de las jubilaciones que implicaba una pérdida en el poder adquisitivo de las mismas. El gobierno no vio en la movilización de los violentos la contracara de su triunfo electoral en las elecciones de mitad de mandato: derrotados en las urnas, la influencia de los kirchneristas se reducía a manifestaciones y protestas. Interpretó los hechos como el reflejo de su propia debilidad para adoptar políticas impopulares.

Así, el intento de entrar en una etapa de “reformismo permanente” quedó sepultado bajo la montaña de piedras que los violentos arrojaron en las puertas del Congreso Nacional. Para compensar los efectos negativos sobre el crecimiento que esto pudiera tener, ya sea por efectos directos o sobre las expectativas, la jefatura de gabinete ideó un asalto sobre la independencia del Banco Central. El 28 de diciembre anunció la flexibilización de la meta de inflación para este año al 15%. Y a los pocos días se recortaron las tasas de interés, dejando en claro que el cambio de la meta no era solamente un cambio en el objetivo de política monetaria, sino también una intromisión sobre como conducir la misma.

Lo notable es que semejante atropello tuvo lugar prácticamente una semana después que en Estados Unidos se sancionara la reforma tributaria impulsada por Donald Trump. Con un mínimo de conocimiento de macroeconomía se podía inferir que una política fiscal más laxa iba a forzar a la Reserva Federal a acelerar la velocidad con la cual estaba aumentando la tasa de interés de referencia. La divergencia en los niveles de riesgo país de la Argentina y el resto de los países latinoamericanos desde fines del año pasado indica que, para los mercados financieros, la decisión de la jefatura de gabinete marcó el momento en que el gobierno terminó por cavar su propia tumba.

Se me ocurren dos explicaciones para esta cadena de errores desde el comienzo del mandato de Macri. Por un lado un estilo de conducción muy disperso con 22 ministros sin poder (los cargos que tradicionalmente estaban en Economía llegaron a estar distribuidos en seis ministerios). Por otro lado, quienes detentaban el poder, el jefe de gabinete y sus dos vicejefes, no tenían la formación adecuada. En particular su experiencia en el mundo de los negocios no los preparó para anticipar los efectos de equilibrio general de las políticas implementadas, de las contempladas pero no llevadas a cabo, ni de los cambios en el contexto por shocks externos o acciones de actores institucionales o no institucionales domésticos.

Recientemente Macri expresó su deseo que esta sea la última crisis argentina. Lo será seguro, hasta la próxima.


Cambiemos… el equipo económico

30/08/2018

Hasta hace pocos días podía mantener mi afirmación del mes pasado que la macro estaba en orden, y también otra de principios de mayo donde decía que Macri podía mantener, por el momento, su estilo de conducción fragmentada para la economía. La corrida de esta semana, que puso al peso contra las cuerdas, también puso al borde del KO la idea de carecer de un superministro. Si en estos días no hay cambios profundos, y se insiste en que “hay que esperar”, como dicen en inglés “that speaks volumes” del gobierno , o that speaks bolumes, para ser más claros. 

La administración Macri ya no da la impresión, mala de por sí, de ir corriendo detrás de los acontecimientos, sino literalmente la de estar paralizada. Y lo peor, de estarlo por miedo. Miedo a no saber qué medidas tomar, cómo tomarlas, ni si realmente quisieran tomarlas. 

Voy a tomar dos ejemplos. Primero, la propuesta de suspender la rebaja de retenciones a las exportaciones de soja. Fue un globo de ensayo que fue y vino, y volvió a ir y venir hasta terminar en la introducción de retenciones al aceite y harinas de soja. Qué debería haber hecho el gobierno? Encontrar una solución salomónica entre hacer al campo partícipe del ajuste y reconocer los efectos negativos que tuvo la sequía este año en el sector. A nadie se le ocurrió acordar la suspensión de la baja de retenciones una vez que esta lleguen a cierto nivel, digamos 21%, en lugar de hacerlo cuando lleguen al 18%. Esto hubiera dado certezas al campo frente a la próxima cosecha, y recursos al gobierno para los futuros ejercicios fiscales. 

El segundo ejemplo está dado por las jubilaciones. En marzo, cuando hice una defensa de los “economistas plateístas“, noté que si el secretario Rodrigo Pena tenía razón en que un ajuste draconiano a lo Espert tendría poco impacto en el gasto era porque el grueso del gasto va a jubilaciones y pensiones. Copio el último párrafo de ese post.

En el agregado (Nación y Provincias, pero el primero dominando) el país gasta alrededor de 12% del PBI en jubilaciones. El secretario Pena, en lugar de usar espejos de colores para distraer la atención, debiera de decirnos que el gobierno está muy al tanto del problema de sustentabilidad de nuestro sistema previsional (estábamos últimos en un ranking de sustentabilidad según esta nota publicada hace cuatro meses en Ámbito Financiero). Es cierto que la reforma en la fórmula para actualizar las jubilaciones sancionada a finales del año pasado muestra que en este punto hay fuertes restricciones políticas. Pero hay mucho margen para cambios que el gobierno puede explorar y no parece dispuesto a hacerlo.

Qué anuncia el gobierno al respecto estos días de estrecho margen de error? Que quisiera desviar más fondos del IVA para pagar jubilaciones. No entienden nada! Hay que aumentar los recursos genuinos del sistema o reducir beneficios, o ambos. Repito por tercera o cuarta vez esta idea: aumentar a 40 años de aportes el requisito para acceder a la jubilación plena (flexibilizando los años de aportes necesarios para acceder a una prestación parcial). 

Argentina no está condenada al éxito ni al fracaso. Simplemente reflejará la calidad de sus instituciones y políticas públicas. Hoy ambas son un desastre. 


La macro está en orden. La micro es una mierda

30/07/2018

Estuve en Buenos Aires tres semanas. Y un día en Montevideo. Me encontré con un clima caldeado a pesar de las olas de frío y el cielo inusualmente gris. Casi todas las personas con las que hablé tenían el ánimo por el piso y esperaban lo peor, mientras que en mi opinión la crisis de confianza estaba mayormente superada. Pero esta disparidad no me llamó mucho la atención pues los argentinos tendemos a ser muy ciclotímicos. Muchos analistas que hasta hace poco veían mayormente las cosas buenas del gobierno, ahora solamente ven las malas. La realidad es que no estábamos tan bien antes, ni estamos tan mal ahora. El vaso sigue lleno hasta la mitad.

Desde noviembre del año pasado el peso se devaluó un 60% mientras que el acumulado de inflación desde fines de 2017 es 16% (aunque la inflación mayorista en el mismo período ha sido de poco más de 30%). Todo indica que se creará un colchón de aumento del tipo de cambio real que ayudará a cerrar el déficit de balanza comercial. Si a esto le sumamos el ajuste fiscal que está en camino este año el país está bien encaminado en la macro y con la ayuda del paraguas del FMI debiéramos llegar al final del gobierno de Macri sin mayores zozobras.

No tiene hoy mucho sentido lamentarse y preguntar porqué en el gobierno esperaron a que los mercados les bajaran el pulgar para anunciar que se podía cerrar 2018 con un déficit primario de 2,7% en lugar de 3,2% (la respuesta es obvia, estaban “peleando” para ver quién se quedaba con esa torta). Aunque sería interesante entender porqué en lugar de realizar un ajuste fiscal más agresivo que podría haber generado efectos macroeconómicos negativos vía aumento de la incertidumbre (e.g. si el gobierno va a echar un 10% de los empleados públicos, una gran parte de estos tiene miedo de ser afectados y reducen sus consumos), se eligió un camino que tenía alta probabilidad de terminar, como sucedió, en un aumento de la inestabilidad que afecta a todos. Incertidumbre o inestabilidad. Esa es la cuestión, y en Argentina siempre terminamos con lo segundo.

Y esto me da pie para el segundo elemento del título de esta nota. El país está plagado de distorsiones micro que nadie parece poder corregir. En lugar de enumerarlas me concentraré en dos ejemplos. Hace diez años, cuando Macri era jefe de gobierno en la Ciudad, se anunció que en las veredas se iban a reemplazar las baldosas por cemento y hormigón. Se hizo parcialmente en unos barrios, pero por varios motivos no se extendió esta solución práctica y económica a toda la ciudad. Presión de los vecinos? De los fabricantes de baldosas? En todo caso aprovechando que ha llovido mucho estos días, el lector habrá observado que no solo hay una enorme cantidad de baldosas rotas, sino también flojas.

El otro ejemplo es la persistencia, e institucionalización, del cartoneo. Seguir permitiendo que se revuelvan los contenedores de basura hace que el centro de Buenos Aires, donde estuve parando este viaje, se vea sucio y feo. Y junto con los cartoneros se mezclan rateros (además de las ratas que atrae la basura desperdigada por el suelo) que el gobierno no puede/quiere/sabe como impedir que roben y agredan al resto de la población. En tres semanas vi un par de ladrones subir por una puerta de un colectivo para sacarle el celular a una mujer y bajarse por la otra. Y una mujer con un fuerte golpe en la cabeza por defender su cartera. Si eliminamos los cartoneros será más fácil identificar a los rateros. Se me acusará de insensible pero, ya van 16 años de la (gran) crisis que multiplicó esta lacra del cartoneo! Es que vamos a esperar que alcancemos el nivel de vida del primer mundo para actuar? Nunca va a suceder (ni lo uno ni lo otro).

Recientemente una distorsión cedió. Por el peso de las expensas el gobierno de la Ciudad aceptó que la fumigaciones no se hagan en forma mensual (de paso, en Madrid se hacen una vez por año). Espero que pronto lo mismo suceda con las inspecciones de ascensores (en Copenhague se hacen cada tres años, claro que no hay ascensores viejos), y otras regulaciones ridículas que afectan la administración de consorcios. El costo país está formado no solamente por los excesivos impuestos que paga el sector formal, sino también por la maraña de regulaciones y distorsiones que actúan como la piedra del Sísifo emprendedor nacional. Por ello, por más que la macro esté (temporalmente) en orden, no hay que esperar que la recuperación del “segundo semestre” vaya a dar, cuando llegue, para festejar mucho más que lo que hicimos en Rusia el mes pasado.

EXPOST: Para ver que tan mal está la micro en el país, en el diario de hoy van estas dos perlitas. 1) Jorge Lanata denunció que hay 3000 ñoquis en el Astillero Río Santiago, y muchas cabezas pensantes salieron en defensa de esta “empresa”. 2) El fiscal Jorge Di Lello pidió que se suspendan las operaciones del aeropuerto El Palomar, cuando debería limitarse a determinar las condiciones de seguridad operativa de Flybondi (mezcla manzanas y peras). Argentina potencia. 

 


La muerte del hipergradualismo

10/05/2018

La semana pasada con mi familia tomamos un crucero por el Mediterráneo, prácticamente sin acceso a internet. Al volver, y ver los diarios argentinos, me dió la impresión que habíamos viajado en el tiempo: FMI, crisis, que se vayan todos.

En los diarios que leo, La Nación y Clarín fundamentalmente, casi todas las crónicas le echan la culpa (o casi toda la culpa) de la crisis al cambio de clima en los mercados financieros. Es una estupidez. La última sorpresa en el mundo fue a fines de enero cuando la bolsa norteamericana ajustó a la baja y desde entonces opera con mayor volatilidad por el temor a una guerra comercial por las medidas proteccionistas de Trump. La última suba de tasas de la Fed tuvo las reacciones esperadas en mercados emergentes. Sólo hubo pánico en Argentina. ¿Por qué? 

Porque el gobierno se equivocó fiero al atacar la independencia del Banco Central cuando le obligó a bajar las tasas en enero. A fin de año el cambio de meta inflacionaria había puesto a los mercados en alerta. En un post esos días yo escribí que la independencia del Banco no se vería afectada si podía usar los instrumentos, la tasa en particular, como quisiera para alcanzar esa meta. Pero Sturzenegger se vió obligado a bajar la tasa de interés, y tuvimos un deterioro de expectativas, como reporté a principios de febrero. El gobierno no sólo perdió cuatro meses (con inflación en alza y crecimiento en baja), sino mucho más en términos de credibilidad.

Antes de este viaje estuve con mucho trabajo y pensaba escribir una nota que fuese mi propia respuesta al anterior post. En este conjeturaba que el gobierno podía acelerar el ajuste pero elegía no hacerlo. Pero viendo el innecesario fuego amigo (de Carrió y los radicales libres) respecto al tema tarifas se me ocurrió que, asumiendo que Macri con mayoría en el Congreso no diferiría mucho de Menem, Kirchner o Cristina (no en vano lo apodan “el calabrés”), sus aliados preferían tenerlo con las cuentas fiscales en rojo como un freno a la recuperación económica que lo volvería peligrosamente poderoso.

Ahora no importa tanto el motivo del hipergradualismo que tuvimos, si fue una libre elección, o si respondía a restricciones políticas internas o externas (peronismo, control de la calle, etc.). Lo importante ahora es que el gobierno ha firmado la sentencia de muerte del mismo. En efecto, un acuerdo con el FMI necesariamente tendrá condicionamientos. No importa que el gobierno lo niegue. Como dice Carlos Pagni en su nota hoy en La Nación

Macri necesita desde anteayer encontrar una diagonal entre gradualismo y acuerdo con el Fondo. La Argentina no puede aspirar a una Línea de Crédito Flexible, como las que se otorgaron a México o a Colombia. Para este tipo de préstamo, que carece de condicionalidades, se requiere una posición externa sólida y baja inflación.

Los expertos presumían ayer que el país tendría derecho a una Línea de Precaución y Liquidez, ideadas para países con problemas de balanza de pagos, que aplican políticas correctas pero están expuestos a vulnerabilidades. Para este tipo de auxilio las condicionalidades son ex post. Pero las novedades que llegaban anoche desde Washington no eran tan alentadoras. El Fondo sólo estaría dispuesto a conceder un acuerdo Stand-by clásico. Es decir, un préstamo que obliga a un programa de ajustes y reformas estructurales. La negociación puede llevar hasta seis meses. El gradualismo requerirá de una defensa más enfática.

Hay una cuestión principal: ¿el Fondo entregará dinero a quienes aprovechan el dólar barato para atesorar o hacer compras en el exterior? En otras palabras:¿ no pondrá como requisito la corrección del atraso cambiario? Sería la segunda paradoja de esta crisis: se pide asistencia al Fondo para evitar una devaluación; pero la condición que pondrá el Fondo para esa asistencia podría ser una devaluación.

En mi opinión, una parte del gobierno, la más ortodoxa, va a aprovechar el acuerdo con el Fondo para hacer los ajustes y reformas necesarias. De hecho, no me sorprendería que el acuerdo se hubiera pedido no cuando se hizo público sino unos días antes. El anuncio de la reducción de la meta de déficit de este año de 3,2% a 2,7% cortando gastos en obra pública podría haber sido la señal que el Fondo le exigió a un país poco apegado a ajustar los gastos a sus capacidades.

La otra parte del gobierno, la más heterodoxa, lo menos que puede hacer es pedirle disculpas a los economistas plateístas.

Hoy por hoy no veo que Macri se vea forzado a cambiar su estilo y nombrar a un super ministro de Economía que coordine mejor las acciones. Pero si el anuncio/acuerdo con el FMI no le permite recuperar gran parte de la credibilidad que dilapidó el ataque a la independencia del Banco Central habrá que dar un golpe de timón.

EXPOST: Basta ver las últimas dos ediciones del Economist (acá y acá) para darse cuenta que no se cayó el mundo. Sólo lo hizo la Argentina.