Autopsia del gobierno de Macri

07/12/2016

En pocos días se cumplirá el primer aniversario del gobierno de Mauricio Macri. Quizás un poco prematuro para una “autopsia”, pero estoy convencido que a menos que ocurra un shock importante lo que veremos será lo siguiente: a) sintonía fina dentro de un modelo equivocado cuyas distorsiones no son percibidas debido a la anestesia de los ingresos extraordinarios por el blanqueo, b) el oficialismo saca entre 30 y 35% en las elecciones de medio término lo que no importa como sea “relatado” será una derrota, c) el peronismo vuelve al poder en Diciembre de 2019.

En este escenario base Macri logra ser el primer presidente no peronista (y no militar) en cumplir su mandato desde Marcelo T. de Alvear. No es un logro menor, pero la comparación debiera ser con el potencial que tenía el gobierno de Cambiemos en Diciembre de 2015 y el gap es muy grande. Los shocks que pueden revertir este pronóstico son, por la positiva, un cambio de orientación de la política económica, social e institucional que refuerce el poder del Ejecutivo (basta de buenos modales con los gobernadores “feudales”), acote las prestaciones sociales a la realidad presupuestaria (en vez de expandir y aumentar beneficios, racionalizarlos y reducirlos), y otorgue incentivos para apostar por el futuro del país (sendero creíble de ajuste fiscal, mantenimiento a rajatabla de las metas inflacionarias, mayor apertura con un tipo de cambio más competitivo).

Por la negativa, el shock obvio es que de persistir el estancamiento el gobierno pierda el control de la calle (o mejor dicho que se lo saque el peronismo del conurbano) y Macri siga los pasos de Alfonsín y De la Rúa renunciando anticipadamente en medio de un incendio.

Voy a repasar un año de impresiones para que el lector entienda cómo llegué a estas conclusiones.

En Diciembre de 2015 era optimista. Creía que el nuevo gobierno, aunque políticamente débil, tenía mucho margen para reducir distorsiones y tomar decisiones que no debían pasar por el Congreso pero que le darían a los inversores una clara señal para traer fondos al país. Respecto de la inflación veía que la misma podía ser domada con el trabajo conjunto de distintas áreas de gobierno: política monetaria relativamente contractiva, sendero creíble de ajuste fiscal (financiando el déficit con deuda), y recorte gradual pero sostenido de los subsidios a la energía y el transporte.

Para atraer la inversión el gobierno tenía que mantener un tipo de cambio depreciado lo que reducía los costos de importar capital y permitía competir. Para lograrlo hubiera habido que bajar los aranceles a la importación de manera de crear demanda genuina de divisas, e impedir el traslado del tipo de cambio a precios. Pero aunque el muerto de los futuros de dólar impedía tomar estas medidas en lo inmediato, no hubo nunca señales que indicaran que esto era lo que buscaba el gobierno. De hecho se hizo todo lo contrario. Se apreció el dólar para usarlo, una vez más, como ancla de la inflación.

Nota al margen: la decisión de bajar los aranceles de computadoras a cero es exactamente el tipo de medidas que yo esperaba se tomaran al asumir el gobierno, no a partir de 2017. Es una medida excelente porque reduce los costos de un insumo importante en la producción y genera demanda genuina de divisas para depreciar el peso. ¿Y los ensambladores de Tierra del Fuego?, se preguntarán algunos. Mi respuesta: que se mueran.

Al promediar el año percibí que el gobierno no tenía brújula. O como titulé una nota: no hay plan. En el primer semestre vimos unas atrocidades que le mostraban luces rojas (no amarillas) a los potenciales inversores. Distintos gobiernos de Cambiemos combatían a innovadores como Monsanto y Uber al mismo tiempo que trataban de seducir a inversores. Mi reencontrado pesimismo lo reflejé en una serie de notas criticando el no ajuste, ni siquiera gradual, que no hacía el gobierno (e.g. ver acá).

Las cosas empeoraron cuando vino el fallo de la Corte que dejó sin efectos las subas del gas. En este caso la señal de alarma fue que el gobierno decidiera no solamente empezar de cero (lo cual era lo correcto, ya que respetaba la independencia del poder Judicial), sino que tomara la decisión de hacer más gradual el recorte de los subsidios. En efecto, no sólo se retrasó la fecha de comienzo del único “ajuste” del gobierno, sino que se decidió, sin imposición alguna excepto sus propios fantasmas, hacer subir las tarifas por la escalera en lugar de usar el ascensor. Al poco escribí una nota sobre como esto impactaba, negativamente, sobre la lucha contra la inflación.

Estoy convencido que la única carta fuerte que puede presentar el gobierno de cara a las elecciones del año próximo es llegar con una inflación de alrededor del 1% mensual en los tres meses previos (cosa que quede como tendencia y no como el resultado de un mes excepcional). Tomando en consideración la política real, léase las limitaciones externas y autoimpuestas para gobernar, el año que viene se crecerá entre 2,5 y 3,5%. O sea poco como para basar la campaña en el crecimiento. Además Doña Rosa no se va a dar cuenta de esto, y sí va a percibir una cuasi-estabilidad de precios en el supermercado.

A pesar de la importancia de doblegar la inflación el gobierno, con Prat Gay a la cabeza (ayudado por columnistas de los principales medios, como Joaquín Morales Solá y Carlos Pagni, que operaron abiertamente por el ministro de Hacienda), atacó la independencia del BCRA y obligó a la institución comandada por Federico Sturzenegger a bajar las tasas de las Lebac poniendo la meta del 17% para el año próximo en peligro. Esto último se puede ver en los relevamientos de expectativas de inflación que han subido en el último mes, así como también en la medición de Inflación Verdadera que subió de 1,55% a 1,65% mensual durante Noviembre.

Es comprensible el fastidio de Prat Gay por no poder cumplir con sus propias metas de reducción del déficit fiscal debido a la modalidad para gobernar que tiene el resto de los integrantes del gabinete: gobernar es gastar. Y como no hay un ministro de Economía fuerte, ministro que quiere gastar lo hace sin importarle el impacto de sus medidas. Me imagino a Prat Gay queriendo matar a Carolina Stanley cuando se florea que con 30.000 millones de pesos aseguró un Diciembre en paz ¿Y dónde está la paz? En la Capital asediada por piquetes no.

Creo que el gobierno no va a cambiar el rumbo este año. En parte por los ingresos extraordinarios del blanqueo que le van a impedir ver lo insostenible de su política fiscal. También porque en ocho años de gobierno en la Ciudad, Macri mostró a) poca preocupación por el rojo de las cuentas fiscales municipales, y b) reticencia a hacer cambios de gabinete. Además hay que agregar que buena parte de los cuadros técnicos del gobierno son realmente progresistas y están convencidos que el Estado debe tener una presencia importante en la economía.

En definitiva, lo mejor que puede pasar es que, directa o indirectamente, el gobierno se acerque a un populismo eficiente y aunque pierda las elecciones le suba la vara para el gobierno peronista que lo suceda. Una vez más, un logro no menor. Pero que palidece al lado de lo que pudo ser.


Only four years

08/11/2016

En los actos de campaña para la reelección de un presidente en Estados Unidos los simpatizantes de éste cantan (o gritan) “four more years”. En tres años lo vamos a volver a ver, independientemente de quien gane hoy. Pero considerando la altísima imagen negativa que tienen ambos candidatos me parece que quien gane gobenará solamente cuatro años. De hecho no me sorprendería una primaria muy competitiva que ponga al presidente contra las cuerdas antes de la elección general.

Hace unos meses, con motivo de la visita de Barack Obama a la Argentina, escribí un post crítico sobre su gestión. Una de las medidas que usé para evaluarlo eran las creíbles aspiraciones presidenciales de Donald Trump y Bernie Sanders. El segundo quedó en el camino, pero el primero tiene cerca de un 25% de probabilidades de ganar hoy.

De ganar Trump el shock de incertidumbre sería muy fuerte (de hecho se sintió en los mercados hasta el fin de semana siguiendo la evolución de las encuestas). De ganar Hillary Clinton tendremos cuatro años de política mediocre con limitaciones explícitas, ya que no contará con mayoría en ambas cámaras, o implícitas por tener prensa hostil y enfrentar críticas del populismo nacionalista tanto de derecha como de izquierda. La única excepción sería si los republicanos pierden el control del Senado y Clinton acuerda una agenda moderada con ellos (si los republicanos controlan ambas cámaras seguirá la “guerra de desgaste”). Hay que prestar atención al candidato o candidata a cubrir la vacante en la Corte Suprema para ver si hay fumata.

La semana pasada Jorge Asís criticó a Clinton por su labor cuando fue Secretaria de Estado (no por el tema importante, pero secundario, de los emails). Reproduzco algunas líneas para que el lector vea que la presidencia Clinton no va a dar el Pinet

Justamente al Departamento de Estado se le pasó por alto, en su estrategia, que en Medio Oriente se incubaba una violencia que no se basaba en el terror selectivo de los atentados. Encaraban por la violencia territorial. Con la territorialización de La Jihad se gestó la base del Estado sanguinario, pero con población y petróleo. Con sabiduría publicitaria aprendida en países desarrollados, y con un ejército en las sombras de todos los costados de Occidente.
Los sunnitas radicalizados, los fanáticos humillados de Irak y de Siria, estados de fronteras artificiales, reaccionaban a la absurda consecuencia de la invasión americano-británica en Irak. Con el poder de regalo para un chiita (que se reportaba a Irán), en unión con los sunnitas que reprimían en Siria Los Assad, durante 40 años.
Mientras declinaban abruptamente las primaveras árabes, la proverbial incapacidad de la dupla Obama-Clinton coincidía con la inmolación del territorio de Siria. Junto a la imposibilidad de derrocarlo a Bashar Al Assad. Apoyado, hasta la muerte del último de sus soldados, por Irán.

Asís trata de ver el lado positivo de un Trump presidente. Eso para mí es un oxímoron. Por eso me tapo la nariz y digo ¡go Hillary!

EXPOST: Y bueno, Trump es el presidente electo de los Estados Unidos. Una suerte de Berlusconi yankie que, al decir de un amigo hincha de River, llevó a su país a la B. Es hora de recalibrar nuestros instrumentos de medición. Y no me refiero a las encuestas, salvo para agradecer a Nate Silver su excelente trabajo que fue objeto de inmerecidas criticas partisanas en los últimos días (ver este post en predictwise). Vamos a tener que reevaluar la política económica y externa de EEUU ya que probablemente el equipo de trabajo de Trump sea atípico como él (no tanto ya que ni Berlusconi se rodeó de payasos para gobernar).

Aprovecho para copiar un par de párrafos de una nota en el Economist de hoy

WHEN Barack Obama proffered his election-day olive branch to a divided country on November 8th, it sounded rather trite: “No matter what happens, the sun will rise in the morning.” But in the dark of a night that, state by state, delivered a coruscating verdict on Mr Obama’s legacy and elected Donald Trump to the White House, those words started almost to feel optimistic…

It is one of the most dramatic electoral upsets America, or anywhere, has ever seen. America’s next president will be a man who led a racist campaign to discredit the incumbent, Mr Obama. While campaigning, he abused women, the disabled, Hispanics and foreigners. He advocated using torture, and nuclear bombs, said his opponent was corrupt and possibly a murderer, and swore that, if elected, he would lock her up. Almost half of American voters have now given Mr Trump an opportunity to follow through on that threat. Who knows; perhaps he will.

Supongo que al igual que en este post (y en el anterior linkeado más arriba) la presidencia de Obama va a ser, merecidamente, evaluada en parte por su legado: Trump.

Pero terminemos con un video de buena música para compensar con un poco de yang tanto yin


Evaluando a Obama

22/03/2016

Mañana llega al país en visita oficial Barack Obama. En Argentina se discute más sobre cuestiones de forma (la visita coincide con el cuadragésimo anivesario del último golpe de estado), que de fondo (si gracias a la visita el país puede reintegrarse más rápidamente al mundo).

Descarto que la visita del presidente de los EEUU va a ser beneficiosa para el país. En esta nota trataré de evaluar la presidencia de Obama.

El contexto en que Obama asume la presidencia en enero de 2009 era muy negativo. EEUU y la mayoría de los países desarrollados estaban sumergidos en la peor crisis económica desde la Gran Depresión. Antes que Obama asumiera el cargo, el salvataje de los bancos bajo el programa TARP logró estabilizar más la economía que los paquetes de estímulos fiscales de 2008 y 2009 (esto porque uno de los mecanismos de amplificación de la crisis fue la incertidumbre en el sistema financiero y el TARP la redujo significativamente). Obama merece crédito por administrar la recuperación económica, pero no llega a una calificación de excelencia debido al aumento en regulaciones que aumentaron los costos de hacer negocios (excluyo a Dodd-Frank ya que es bien sabido que la regulación del sistema financiero en todo el mundo sigue un ciclo de desregulación gradual en tiempos normales seguido de fuertes regulaciones luego de crisis).

El logro más importante para Obama fue la reforma del sistema de salud, conocida como Obamacare. Esta medida de política fue muy resistida por el partido republicano, al punto que ningún representante o senador de dicho partido votó en favor de la reforma. El conflicto produjo la paralización del gobierno que se extiende hasta nuestros días. Obama, y el partido demócrata, culpan a los republicanos por su intransigencia. Y estos culpan al primero por provocarla por imponer, con poca discusión, el Obamacare. Ambos tienen razón. A continuación reproduzco unos párrafos de una nota en el Washington Post de junio del año pasado:

Obama’s decision to tackle the overhaul of the nation’s healthcare system at the start of his first term was born of this belief. Sure, lots and lots of other presidents had failed. But, in his mind, he wasn’t like lots and lots of other presidents.  He was Barack Obama and he would figure it out.

Everything else in Obama’s presidency flowed from that decision.  While Obama did do what so many presidents before him had failed to do, the cost of getting healthcare done was enormous — both in terms of the downballot losses it inflicted on his party and the distrust it drove — not created but drove — with Republicans.

Healthcare proved to Republicans that Obama wasn’t really a uniter. And it proved to Obama that Republicans would never, ever work with him on honest terms. The rest is, well, history.

¿Pero qué es Obamacare? Es una ley que básicamente obliga a los norteamericanos a contratar un plan de salud. Antes de la sanción de dicha ley el grado de cobertura de salud era bajo debido a los altos costos de un seguro. En mi opinión el principio detrás de Obamacare es correcto: como la gente no estima bien las consecuencias de enfermedades serias no contrata un nivel óptimo de cobertura. Es interesante que cuando la Corte Suprema de los EEUU ratificó su constitucionalidad en junio de 2012 por 5 votos contra 4, el voto decisivo del juez John Roberts se basó en que la obligatoriedad del programa equivalía al pago de impuestos por un servicio de salud. Es de esperar que en un futuro donde los partidos políticos trabajen en forma más cooperativa esta ley se perfeccione, por ejemplo con medidas que reduzcan los costos, que están dentro de los más altos para países de la OECD.

El resto de la presidencia de Obama se reduce al tratado nuclear con Irán, y su política de apertura con Cuba (porque por las razones mencionadas anteriormente la ley Dodd-Frank hubiera sido aprobada hasta con Ted Cruz como presidente). Encuestas de opinión muestran que los niveles de aceptación de su presidencia están en la media histórica. Con el tiempo seremos capaces de hacer un mejor balance y ver si Obama logra su lugar en la Historia o no. En lo personal, al día de la fecha tengo una opinión negativa. Y me baso en la siguiente evidencia (el gráfico es del sitio fivethirtyeight): las creíbles aspiraciones presidenciales de Donald Trump y Bernard Sanders por los partidos republicano y demócratas respectivamente evidencian un profundo desprecio de los votantes por la política tradicional. Y Obama es el principal responsable.

delegatetargetsEXPOST: Jorge Asís escribió el siguiente comentario en su blog luego de la visita de Obama a la Argentina

Por haber recibido el fantástico apoyo de Barack Obama. El pato más rengo en el año del Pato Rengo.
Obama gobernó Estados Unidos durante más de siete años. Desperdició su liderazgo en el mundo que lo respeta menos. Y está al borde de ser entregado el gobierno hacia el retraso colectivamente cultural de Donald Trump.
Para Obama -pobre- ya no hay relanzamientos que valgan.


El ballottage del fin del mundo

20/11/2015

Dado que está de moda devaluar al Papa Francisco digamos que este domingo en Argentina tendremos el balotaje del fin del mundo. ¡El fin del mundo kirchnerista! Me sumo a una mayoría que odia visceralmente a Néstor y Cristina y que en estas elecciones casi hubiéramos elegido a un mono (o gorila) antes que un K, o mala copia como vendría a ser el caso de Daniel Scioli.

Es curioso ver como antes de la primera vuelta Scioli se desvivía por atraer el voto de las clases medias moderadas y luego lo único que hizo fue una campaña del miedo mal copiada (valga la paradoja) de la de Dilma Rousseff del año pasado. Es posible que Scioli en primera vuelta haya querido ganar tratando de diferenciarse lo más posible de Cristina para influenciar las expectativas que era “diferente” y tener más margen de maniobra una vez electo. También es posible que si Cristina y sus funcionarios no hubieran boicoteado la campaña esta estrategia hubiera alcanzado para ganar en primera vuelta. Y para el balotaje lo que importa es ganar, y si hacerlo à la K ceba aún más la bomba de tiempo a heredar, después se ve.

Si bien la mayoría de las encuestas dan a Macri ganador y solo se discute la diferencia hay que mantener la guarda alta y fiscalizar a cara de perro el domingo (lamentablemente un ejemplo de haz lo que digo pero no lo que hago: acá en Dinamarca no voto). No solo Scioli quiere ganar. Cristina quiere que pierda por la menor diferencia de votos posible para que Macri no pueda asumir empoderado, y así empomarlo desde el llano. De manera que ¡a votar!

La semana que viene será la hora de analizar los desafíos de un gobierno no peronista y ver qué tan posible es que estemos cerca de una refundación de la República. No me subo a algunos caballos que dicen que Macri vendría a ser la continuación de Alfonsín en este sentido, pero necesitamos el gobierno decente y eficiente que nunca nunca vivimos.


Una verdadera revolución con globos y papel picado

27/10/2015

por Santiago Gallichio

La llegada de Cambiemos al balotaje presidencial de la Argentina es el inicio de una nueva etapa política en el país. Representa el triunfo de la generación de dirigentes nacidos a la actividad política tras la hecatombe social de 2002, dominada por el grito popular “que se vayan todos”. Quienes se volcaron a la política en esa circunstancia tan peculiar emprendieron una nueva forma de hacer política: sin ideologías omnicomprehensivas, con vinculación directa con el ciudadano, abocados a la gestión de las necesidades directas demandadas por “la gente” de manera explícita, muy lejos de intentar cubrir las “verdaderas demandas del pueblo”, más allá de lo que el propio pueblo demandara.

La “vieja política” quedó personificada en dirigentes lejanos, abusivos y enriquecidos. El militante ideal de esa forma antigua era, en el fondo, el militante comprometido hasta las últimas consecuencias, con su vida entregada a sus ideales, “la juventud maravillosa”. El contraste entre una épica como la de los Montoneros y el festejo del Pro tras el éxito de la primera vuelta electoral del 25 de octubre, con pantalla gigante y globos, y su nueva estrella, la gobernadora electa de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, casi como una animadora festiva, mirando a los ojos a través de la cámara de TV y “hablándote a vos”, no puede ser más profundo.

A quienes tienen hoy una edad que va entre los 45 y los 75 años, les resulta sumamente difícil comprender este cambio sin prejuzgarlo como un signo de profunda decadencia social y superficialidad: es el “no puedo votar a Macri” que tantos sienten. Para ellos, provengan de la ideología que sea, el compromiso militante era un ideal de conducta. Y ese tipo de ideal es un ícono propio de la izquierda. Por eso, la derecha, para esa generación, fue siempre, de alguna manera, una postura política vergonzante.

El 25 de octubre de 2015, esa etapa terminó definitivamente. Y la nueva generación de dirigentes “post crisis 2002” comenzó a gobernar la opinión pública y, muy pronto, el país. Su apariencia de ser predominantemente “de derecha” es simplemente un prejuicio de la generación anterior: nada más. No es un tema de principios ideológicos.

Macri y Massa son parte de esta nueva etapa. El resto de la dirigencia del Pro, por supuesto, también lo es. Scioli, en cambio, no lo es. Ciertamente proviene de la generación previa, a la que se siente obligado a representar. Pero como su personalidad tiene una apariencia más afín con la nueva generación, se siente incómodo y suele sobreactuar. Así, no logra seducir ni a unos ni a otros. Por eso está muy amenazado por la derrota en la segunda vuelta.

La década kirchnerista fue, ahora nos damos cuenta con toda claridad, una sobrerreacción a la crisis de 2002, no su superación. “Más Estado” significó, a la postre, una profundización mayor de la vieja política y el verdadero paraíso para la vieja dirigencia, esa que debería haber sucumbido en ese momento. Los barones del conurbano bonaerense, que fueron los grandes derrotados de este 25 de octubre, se asentaron como nunca antes durante la década K: todo lo contrario de lo que se podía esperar como salida de la crisis de representación política de comienzos de siglo. El nuevo período que se inicia ahora parece ser el que logrará superar definitivamente aquella crisis.

La parte más iluminada del radicalismo y, afortunadamente para ese partido, los que lograron gobernarlo en esta coyuntura se dio cuenta a tiempo y se pudo subir al tren de esta renovación, casi en el último minuto. El resto de la dirigencia filo-radical, simbolizada claramente en la desazón y el sinsentido político que mostró, a la hora del veredicto de las urnas, el frente Progresistas de Margarita Stolbizer, quedó totalmente desairada. Su diferenciación careció de todo sentido. Los radicales que se oponían al acuerdo con el Pro están hoy seguramente agradecidos a su líder, quien les impidió el bochorno y la insignificancia al que los socialistas y otros aliados se sometieron en esta elección. Este mérito de Ernesto Sanz, con la inestimable ayuda de Lilita Carrió, será reconocido cada día más por este sector político.

La segunda vuelta

Sin dudas, la gran disputa que enfrentan Macri y Scioli para el 22 de noviembre es cómo se harán de los votantes de Sergio Massa. Éste se ha puesto en oferta: redactó sus puntos básicos y promete hacer campaña por aquel de los dos que le prometa que mejor los podrá cumplir. Sin embargo, por detrás de esta artimaña, la realidad es que Sergio Massa, si Scioli resulta derrotado, se erigirá en la figura central del peronismo en la Argentina y será el futuro contrincante del presidente Macri en las elecciones de 2019. Si Scioli ganase, en cambio, su futuro quedará truncado y verá cómo sigue la sangría de dirigentes que se había iniciado tras las PASO de agosto.

Por lo tanto, a Massa le conviene sólo un resultado en noviembre: Macri presidente. No está en condiciones de poner condiciones. Macri no debería confiar en integrarlo a su gobierno, sino que debe seguir actuando como sabiamente lo hizo al excluirlo de su frente electoral Cambiemos. El riesgo de Macri es que Scioli logre seducir a ese electorado peronista o filo-peronista de Massa durante el mes de la segunda vuelta. Impedir esta seducción es lo único que Massa y Macri tienen como interés común: después, serán los grandes rivales de la nueva época. Y para fortalecerlo, cuentan con un rasgo en común: a diferencia de Scioli, son ambos parte de la “verdadera nueva política”, que no es la de los K y La Cámpora, ahora queda del todo claro, sino la de los dirigentes de “gestión”, que están cerca de la “gente” y no hablan más de “pueblo” ni de gestas heroicas. Allí está el espacio de trabajo político del mes electoral que resta. Necesita de grandes dirigentes políticos para no cometer errores que echen todo el trabajo por la borda. Pero la mesa está servida para Macri. Y también para Massa.


Salir del cepo sin salir

15/10/2015

Estamos a diez días de las elecciones presidenciales más abiertas desde 2003. Y con riesgo de tener el mismo resultado: más kirchnerismo a.k.a. peronismo a.k.a. populismo. Es interesante que la Argentina haya sido tan populista, en el sentido de nacionalista cerrada al mundo, en la década que el mundo fue tan generoso con el país. Es cierto que ser populista en época de vacas flacas es costoso, pues es el momento que necesitamos ser más eficientes y recibir capitales extranjeros. Pero llama la atención la dificultad para generar instituciones que limiten nuestra tendencia natural al corto plazo cuando tenemos términos de intercambio favorables.

Una de las políticas preferidas del populismo es la de atrasar el tipo de cambio en tiempos electorales para ilusionar al pueblo con riquezas inexistentes. Se vió el año pasado en Brasil, y la devaluación del real recuperando terreno en los últimos meses. También se vió en Argentina en 2011, y creo que el cepo inicialmente fue un mecanismo para manejar las expectativas y devaluar en forma controlada. Pero el control se descontroló ante la ausencia de voluntad política para hacer el necesario ajuste que evitara que la devaluación se licuase (como le pasó el año pasado a Kicillof). Hoy el control de cambios está por cumplir cuatro años, y Daniel Scioli espera que el dólar barato le genere buena onda.

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Creo que no está en discusión que el dólar oficial está atrasado. En una nota publicada en La Nación hace unas semanas, de la cual copié el gráfico precedente, Carlos Rodríguez de UCEMA distingue tres tipos de cambio reales del país, el del relato, TRC1 (oficial deflactado por precios del INDEC), el oficial TRC2 (deflactado por la inflación verdadera), y el paralelo TRC3 (blue deflactado como corresponde). El primero se usa para sostener que el país no tiene un problema de competitividad, el segundo muestra niveles cercanos al final de la convertibilidad, mientras que el tercero estaba en un nivel intermedio.

El mercado libre del blue es sabio. No cree que es tan alto como indica el TRC1 del relato ni tan bajo como lo mantiene el actual control de cambios en TRC2. El nivel TRC3 se ubica entre ambos valores. En julio pasado, el dólar relato (TRC1) era de 260; el dólar relevante para el comercio (TRC2), de 93 (debajo del índice 100 de la convertibilidad), y el dólar blue real, de 150. Algún ajuste será necesario.

Es un problema para el próximo gobierno que el tipo de cambio oficial esté tan apreciado? Para ello es importante determinar hasta qué punto la economía real se guía por él mismo para la toma de decisiones. Para ello encuentro muy interesante un post en Foco Económico de Andrés Neumeyer de UTDT. En un gráfico, que reproduzco debajo, muestra los tipos de cambio reales del país (oficial y paralelo, deflactados comme il faut) y los compara con los de otros países de la región. La lección es que mientras el oficial se aprecia, el paralelo ha seguido una trayectoria parecida al promedio de América Latina desde comienzos de 2013: depreciación moderada.

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Adaptando un análisis de Schmitt-Grohé y Uribe, que suponen rigideces nominales para estimar el costo de una apreciación como la experimentada por Argentina en los últimos años de la convertibilidad, Neumeyer concluye que, dado que la Argentina no sufre hoy en día de un aumento significativo en el nivel de desempleo ni presiones deflacionarias, las decisiones reales toman al dólar paralelo como referencia y no al oficial.

La disparada de la serie para el tipo de cambio real para Argentina medido con el dólar oficial para el año 2015 en el gráfico sorprende. Un aumento tan grande en el precio relativo de los bienes no-transables puede racionalizarse por un fuerte aumento en la demanda o por un atraso cambiario importante. Las dos opciones son inconsistentes con el comportamiento del mercado de trabajo. El shock positivo a la demanda es inconsistente con la caída del empleo y el desajuste cambiario es inconsistente con el bajo nivel de desempleo y la moderada caída en el empleo.  Si Argentina necesitase una devaluación real superior al 50% veríamos fuertes presiones deflacionarias y altísimos niveles de desempleo como en los últimos años de la convertibilidad o como en los últimos cinco años en Grecia.

Una manera de reconciliar el comportamiento del tipo de cambio real y el del mercado de trabajo, a la luz de la teoría económica,  es que los precios internos de los bienes transables estén valuados al dólar “blue” y no al dólar oficial…. El tipo de cambio real valuado de esta manera se comporta de manera bastante similar al de los otros países de la región en el gráfico.

Esta evidencia [indica] que no hay atraso cambiario en Argentina.  La economía argentina pareciera operar al compás del dólar “blue” y no al del oficial.

Reconciliando lo que aprendemos de estos análisis tenemos que el dólar oficial está atrasado, pero que para la economía real esto es irrelevante ya que nadie toma este indicador en serio, tomándose el paralelo como referencia para la toma de decisiones. Podríamos tomar esta situación como un ejemplo de la máxima de Abraham Lincoln: “Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo.”

Ahora bien, de qué manera le puede servir esta observación al próximo gobierno. Se me ocurren dos conclusiones. En términos económicos no debiera haber grandes costos de abandonar el cepo rápidamente, pues los precios, en promedio, ya reflejan el dólar paralelo. Uno de los mayores temores ante una “megadevaluación” el el pass-through a precios. Pero en el caso de la Argentina hoy en día el pass-through ya está hecho con lo cual no habría salto en la inflación. O sea, que sincerar el tipo de cambio parece ser una situación de pura ganancia, siempre que haya un plan consistente y creíble de fondo (sino ya lo habría hecho el actual gobierno).

Falta incorporar en el análisis los factores políticos. Cristina y sus secuaces esperan que la devaluación la haga el próximo gobierno para usar el dedo acusador y decir que con ellos esto no pasaba. Y si bien es necesario hacer un ajuste (el déficit fiscal se estima en 7% del PBI) usando deuda pública se puede amortiguar el impacto y hacer un ajuste gradual. Pero para el argentino medio, un salto en el dólar oficial tendría cierto parecido a un ajuste violento, y dejaría al nuevo gobierno con menor márgen de maniobra para la toma de decisiones políticas.

Es por eso que mi segunda conclusión, en términos políticos, es que el nuevo gobierno mantenga el dólar oficial por un tiempo, hasta ganar confianza (un año?). Pero solamente pour la galerie, digamos que como un subsidio a los trabajadores formales (como funciona hoy el “dólar ahorro”). Para el resto de la operaciones (importaciones, exportaciones, financiero, tarjeta, turismo, etc.) un mercado libre. Por supuesto que habría que tener cuidado con aspectos legales, como dejar en claro que en contratos no es necesario usar el dólar “oficial”. Pero sería una forma elegante de salir del cepo con todos sus efectos positivos, sin hacerlo para ahorrarse los costos políticos.

Una aclaración final. Este análisis presupone que el próximo gobierno podrá implementar un plan de ajuste. Recientemente Joaquín Cottani, en una entrevista en La Nación, considera que el próximo gobierno no podrá bajar el gasto nominal viendose forzado a intentar un enfoque gradual, para lo cual deberá mantener por un tiempo el control de cambios. Será que cree que gana Scioli?

 


Con las manos en la Massa

12/08/2015

Las PASO del domingo dejaron interrogantes de cara a las elecciones de octubre. Un cambio de un par de puntos porcentuales modificaron las expectativas en forma radical. Para ello basta ver la tapa de los diarios del lunes y martes. Con resultados parciales, en la madrugada del lunes, el FpV aventajaba a Cambiemos por menos de siete puntos y estaba lejos del 40%. Con los resultados finales la ventaja llegó a ocho puntos y medio con un total de votos de 38,5%.

Una mejoría de Scioli en octubre sin que Macri pueda capitalizar la totalidad de los votos de Cambiemos deja al candidato del FpV como ganador en primera vuelta. Hoy por hoy la elección está más para que la pierda Scioli que para que la gane Macri (aclaración, cuando digo que Macri gane me refiero a que llegue al ballotage).

El “círculo rojo” al ver los resultados finales gatilló el renovado pedido para que Macri y Massa (que junto con De La Sota hizo una buena elección) acuerden, de alguna manera, para bajar a Scioli. Supongo que este círculo debe pensar que si Scioli sacó 38,5% de los votos en la semana que Aníbal Fernandez salió de su closet narco, y que un diluvio anegó gran parte del norte de la PBA, entonces es muy probable que haciendo la plancha pase los 40 puntos en octubre.

A fines del año pasado sugerí una alianza entre PRO, la UCR y Massa. Ya es tarde para eso. Una de las propuestas que se escuchó estos días fue que Macri baje sus candidatos en algunos municipios en favor de intendentes massistas a cambio de “pegarse” a la boleta de Cambiemos. Un ejemplo en la nota de ayer de Carlos Pagni en La Nación:

El macrismo iniciará una negociación con algunos intendentes “renovadores” a los que la performance de Massa no les alcanza para retener sus comunas. Por ejemplo, Joaquín de la Torre, en San Miguel. A él le convendría que Macri desistiera de postular un candidato, a cambio de repartir la boleta de Cambiemos. Otros, como Jesús Cariglino, de Malvinas Argentinas, tal vez se tienten a negociar con Scioli. La transacción más audaz es un misterio: ¿existe alguna chance de que Felipe Solá desista en homenaje a un triunfo de Vidal? Para Scioli podría ser letal. Con Aníbal en carrera, él necesita que la oposición se mantenga dividida. Y un interrogante más extraño: ¿podría ocurrir que la oposición ganara la provincia y perdiera la Nación? Vidal sería, en ese caso, un Carlos Ruckauf a la menos Uno.

Me permito observar que la propuesta es una transacción desigual: bajar a un candidato a intendente de Cambiemos por la promesa de repartir la boleta de Macri. Y una vez que el candidato amarillo se bajó, el massismo no tiene más incentivos a cumplir con su promesa. Al respecto comparto un hecho sospechoso de las PASO. Ya mencioné que entre las tres de la madrugada y la tarde del lunes hubo una baja de Macri y una suba de Scioli. Esto no sorprende porque se esperaba que el escrutinio se retrasara en distritos que favorecieran al FpV. Pero este cambio relativo en los porcentajes de Macri y Scioli vinieron acompañados, en la PBA, con un retroceso de Vidal y una suba de Solá.

Si, leyeron bien, el diferencial de votos retrasados de la PBA era un combo Scioli-Solá (una de las ventajas de vivir en Europa: se puede analizar los números de la madrugada mientras se desayuna tranquilo). Para mí esto es evidencia de “fraude” entre fiscales de Scioli y Massa. En nota ayer en La Nación se menciona como dato curioso que Scioli haya sacado 130.000 votos más que los candidatos a gobernador del FpV. Los números cuadran con mi lectura y explican un punto porcentual en el aumento del diferencial FpV-Cambiemos en el escrutinio final (Vidal también sacó más votos que Macri en la PBA, pero el dato que me llama la atención es el cambio entre la madrugada y la tarde del lunes, no la diferencia de niveles, de por sí interesante).

Vidal, que comparte fórmula con Daniel Salvador (UCR), fue quien recolectó más votos en la provincia. Su caudal electoral se explica, principalmente, porque no jugaba una interna y porque capitalizó el voto no peronista, incluido el radical. Pero también porque algunos bonaerenses optaron por ella, aunque no eligieron a Macri. Unas 263.000 la votaron, aunque en la categoría nacional no optaron por el jefe de gobierno porteño.

En el Frente Para la Victoria se observa el fenómeno inverso: hay personas que votaron a Daniel Scioli, pero que no optaron por ninguna de las dos fórmulas a gobernador que ofreció el kirchnerismo. Fernández le ganó la interna a Domínguez por dos puntos. Pero 132.884 votantes cortaron boleta en la categoría gobernador.

Volviendo a la sugerencia de negociar con los intendentes renovadores, le sugiero a Macri que se fije en qué municipios se produjo este doble milagro de una suba de Scioli y Solá (en detrimento de los candidatos de Cambiemos). Y que solamente negocie con los intendentes en cuyos distritos no haya habido este “fraude”.


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