Economía e instituciones políticas. Un sobrevuelo a una literatura esencial para entender la economía argentina.

05/11/2012

Por Enrique Kawamura

En este post homenaje por el aniversario del blog, quisiera reflexionar sobre el modo de analizar la evolución de variables macroeconómicas, o también aquellas de importancia estratégica para la economía, como lo puede ser el sector energético y recursos no renovables (e.g., petróleo). La visión más “tradicional”, aquella que se acuñó a partir de los aportes de gente como Lucas, Prescott y otros en macroeconomía (ciertamente con una visión desde EEUU) y, en el campo de los recursos no renovables, de autores como Lund (proveniente de Escandinavia) tendían a poner el énfasis en cuestiones como la eficiencia de la asignación de (equilibrio de) mercado, o, en su defecto, cuán ineficiente sería la asignación lograda en un mercado que enfrenta imperfecciones exógenas y cuánto podría ser ese costo de eficiencia. En el campo de los recursos no renovables, la discusión más tradicional era cuán distorsiva era una política tributaria respecto de las decisiones de extracción del recurso.

En el contexto de Latinoamérica, esta manera de construir modelos para su verificación empírica necesitaba una modificación sustancial dada no sólo la inestabilidad de las principales variables económicas de interés (producción y precios, sobre todo) sino especialmente las variables de política, las cuales difícilmente serían meras correcciones de ineficiencias de mercados, sino que reflejaban (y siguen reflejando) procesos decisorios (como le gusta decir a Juan Carlos de Pablo) de los hacedores de política mucho más complejos, pero con alto impacto en las variables de interés. En este sentido, la literatura denominada “Nueva Economía Institucional” (como parte de lo que se conoce como “economía política”) vino a contribuir con modos de construcción de modelos y trabajos empíricos que no solamente “enriquecen” los esquemas modelísticos tradicionales con modelaciones acerca de las causas de las decisiones de política. En verdad, no es del todo correcto hablar de una “literatura” de nueva economía instituciojnal. Más preciso es hablar de un “campo de conocimiento” que engloba varias literaturas (o sub-literaturas, dependiendo de qué statis se le dé) debido a la variedad de modelos, trabajos econométricos y otros trabajos.

No sería razonable intentar resumir en una entrada el alcance de este campo. Me interesa solamente destacar aquella literatura más cercanas a temas macroeconómicos y también un comentario acerca de estos temas en discusiones sobre recursos no renovables. Existe, en efecto, una literatura a esta altura bastante extendida de discusiones de “economía política” en temas de política fiscal y, en menor medida, monetaria. Comenzando por las propias contribuciones de nuestro querido Martín en trabajos que utiliza esquemas de votación probabilística a temas de política fiscal y de seguridad social,  construyendo así un concepto de “equilibrio político-económico” (el cual me recuerda también el concepto de “equilibrio social” concebido años atrás por Olivera), también encontramos varios otros papers que enfatizan distintos aspectos de esta relación.

En la reunión de la Latin American and Caribbean Economic Association y la Latin American Chapter de la Econometric Society (LACEA-LAMES), que se realizó en Lima entre el 1 y el 3 de noviembre últimos, podemos encontrar dos ejemplos recientes de esta literatura. Un primer paper es el de Levon Barseghyan y Marco Battaglini (2012), de Princeton, denominado “Growth and Fiscal Policy: A Positive Theory”. En este trabajo Barseghyan y Battaglini construye un modelo de equilibrio general dinámico con regiones y con una legislatura que debe votar la provisión de bienes públicos de cada región, junto con el monto de inversión pública en infraestructura que afecta la productividad total de los factores. El modelo introduce un tipo de votación en la legislatura tal que una propuesta de combinación de “gasto público” se aprueba si obtiene un cierto monto mínimo de votos. Este tipo de votación induce a un tipo de “coalición” entre legisladores, lo cual constituye, en el modelo, una distorsión. Esta distorsión consiste en una tasa de crecimiento de largo plazo por debajo del valor que se obtiene en la solución Pareto-eficiente. Sin embargo, en una versión calibrada de este modelo, el mismo predice tasas de crecimiento de largo plazo consistentes con la de EEUU de la Posguerra. Un segundo paper de la misma sesión es de Lawrence Ales, Pricila Maziero y Pierre Yared (2012).  Este modelo explicita directamente un hacedor de política no benevolente, rentístico, que enfrenta la amenaza de ser removido via elecciones, pero que posee una ventaja informativa. En oposición a otros modelos del mismo estilo pero sin información asimétrica, este modelo predice una probabilidad positiva de que el hacedor de política pueda ser removido en algún nodo, aunque tal remoción implica una distorsión en la producción, distorsión que permanece en el largo plazo. Este tipo de teorías puede permitirnos entender hasta qué punto la presencia de “ineficiencias” no se debe únicamente a “fricciones exógenas” en los mercados en modelos de equilibrio general, sino que su potencial causa puede ser mucho más profunda, a encontrarse en el tipo de instituciones que inducen una determinada manera de generar política fiscal.

El último punto se refiere más bien a un tema más específico, pero que me involucra algo más de cerca. Como he puesto en una entrada anterior, estuve trabajando en un artículo sobre petróleo, gas y minería en Argentina, cuya versión actual tuve oportunidad de presentar en una de las sesiones de la LACEA-LAMES. En la misma semn presentaron otros dos trabajos del mismo proyecto financiado por el BID, uno sobre minería en Perú, el otro sobre minería en Chile. Los otros dos trabajos de algún modo obedecen a la visión más tradicional, acerca del impacto de una dada política tributaria sobre la eficiencia de extracción. El trabajo en el que todavía me encuentro trabajando intenta construir un modelo que endogeneiza las decisiones gubernamentales de impuestos y regulaciones, adaptando la literatura de economía política en temas macroeconómicos. Lo que me pareció más interesante fue el comentario que Guillermo Perry (ex Banco Mundial, actualmente en la Universidad de los Andes, Colombia) realizó a los tres trabajos. De algún modo la crítica estuvo más bien dirigida a la ausencia de discusiones de “riesgo político” en los trabajos de Perú y Chile, aunque enfatizando que el caso de Argentina es “muy especial” (lo pueden ver en el video siguiendo el link de la sesión). Lo que Perry trató de enfatizar, en mi modo de entender su comentario, es que aún en países como Chile y Perú el supuesto de “compromiso perfecto” no parece ser tan razonable, ya que con baja (pero no nula) frecuencia se registran cambios en regímenes fiscales. Por lo tanto, Perry enfatizó la necesidad de introducir consideraciones de riesgo político en el análisis de impuestos de recursos no renovables, pensando justamente en el comportamiento rentístico (al menos potencialmente hablando) que distintos gobiernos pueden tener. Creo que esto es un botón de muestra acerca de hasta qué punto se hace necesario introducir consideraciones políticas para comprender aquellas variables de política que la literatura tradicional tendía a tomar como exógenas.

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Pensemos el futuro para construirlo

28/09/2012

La semana pasada hice un breve análisis “institucional” del cacerolazo del jueves 13 de septiembre. En el mismo decía que la oposición tendría que alcanzar acuerdos y hacerlos públicos de forma tal de minimizar la probabilidad que expost quien resulte electo como próximo presidente desconozca lo pactado y gobierne sin límites como lo está haciendo Cristina.

Hace unos días vengo pensando que después del neoliberalismo de los noventa y del neopopulismo de los Kirchner (populismo de la soja como el de Perón fue del trigo), sería bueno que surja un neoinstitucionalismo entendido como la definición de reglas de juego políticas y económicas que tomando en consideración nuestra idiosincrasia nos den un marco estable para aprovechar el viento de cola y desarrollarnos (cosa que no estamos haciendo).

Cuando digo que hay que tomar en consideración nuestra idiosincrasia lo que quiero decir es que los argentinos no somos compatibles ni con un capitalismo al estilo norteamericano ni con un autoritarismo intervencionista chavista (obviamente estoy hablando del argentino promedio, que además sabemos que es bastante veleta). Por ejemplo, quizás podríamos tomar una medida de política mal pensada y ejecutada como fue la expropiación de YPF y sacar lecciones para el futuro. El gobierno tuvo una actitud hostil hacia la compañía para deprimir el precio de la acción y a pesar de ello en lugar de hacer una oferta por la totalidad de las acciones de la misma le robó a Repsol un 51% del capital. Ahora YPF está luchando para sobrevivir dado que el resto de las compañías petroleras la considera un paria y por ello no puede conseguir socios para explotar los yacimientos de gas y petróleo no convencionales.

Sin embargo a pesar de esto, la expropiación de YPF tuvo un importante apoyo de la población. Quizás en el futuro debamos reconsiderar la estatización (bien hecha, pagando un precio justo) de algunas empresas privatizadas siguiendo un modelo que nos garantice una administración eficiente y no que pase lo que pasó con Aerolíneas Argentinas o AySA, por nombrar dos ejemplos muy conocidos de administración no capacitada y engrosamiento del personal por motivos políticos. Un modelo a considerar sería retener para el Estado el 51% de aquellas compañías de servicios públicos que por su naturaleza operen en mercados monopólicos dejando una fracción importante de capital, 25-30% en manos de un operador privado que se ocupe de la administración y flotando en la bolsa de NY otra fracción importante del capital (como sucede con YPF), garantizándose de esta manera un mínimo de monitoreo externo y teniendo en la cotización de mercado de la empresa un indicador confiable del accionar de su administración.

En el futuro seguiré describiendo lo que entiendo pueden ser políticas de consenso (idealmente políticas de Estado) que tomen lo mejor de los noventa y lo mejor de la última década y que sirvan para lograr ese sueño de ser un país desarrollado. También invito a colegas (y lectores) que compartan este deseo a que contribuyan a darle cuerpo a lo que llamé neoinstitucionalismo con alguna nota que publicaré el el blog. Y si algún otro integrante de la BEA quiere escribir un post en esta dirección le agradeceré me lo haga saber así publico el link a su nota.

Para cerrar y motivarlos a que participen les recuerdo las presentaciones de nuestra presidenta anteayer y ayer en las universidades de Georgetown y Harvard. Fueron señales muy claras de un fin de ciclo. En palabras de Carlos Pagni en una nota ayer en La Nación:

Los profesores de Georgetown, entre los que ayer estaba Joseph Page, célebre biógrafo de Perón, habrán vuelto a las aulas reconfortados. Cristina Kirchner se prestó a un estudio de campo que corroboró las lecciones sobre un modo habitual de hacer política en América latina que ellos suelen impartir. Más allá de las variaciones sobre la peripecia nacional, ella exhibió una forma mentís consustancial al populismo.

Sus explicaciones se sostuvieron en una creencia principal: los infortunios deben ser imputados a la acción de una fuerza exógena, presente o pasada. La inestabilidad latinoamericana se debe al sistemático complot de los Estados Unidos. Ese país es una potencia porque tuvo la suerte de que la Guerra de Secesión la ganara el norte industrializado. En cambio, la Argentina está condenada porque su guerra civil la perdió Rosas, quien, al parecer, era un agente de la modernización capitalista. La culpa de que no haya conferencias de prensa no la tiene una presidenta a la que no le gustan las preguntas, sino los periodistas a los que no les gustan las respuestas. Y las raíces del nazismo no hay que buscarlas en una compleja perversión nacionalista que contaminó la cultura alemana desde fines del siglo XIX, sino en las asfixiantes condiciones impuestas a Berlín en el Tratado de Versalles.

Ayer la Presidenta enfrentó una audiencia inquisitiva. Es posible que la de hoy, en Harvard, sea aún más filosa. Vaya saber cuál será el genio maligno al que hay que responsabilizar por esas desgracias. Argüir que se debe a que los periodistas argentinos han conseguido embaucar a los universitarios norteamericanos sería demasiado presumido.


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