Los economistas plateístas en el ring

27/03/2018

En el último mes hubo una ruidosa pelea entre analistas económicos etiquetados como neoliberales y sus pares menos ortodoxos. Lo que le dio volumen a esta pelea, que se viene librando desde mediados de 2015, es el hecho que el gobierno salió a la cancha a defender su política con los tapones de punta.

El ejemplo que resume esta discusión fue la seguidilla de notas publicadas en La Nación por José Luis Espert, economista liberal, y Rodrigo Pena, secretario de Hacienda de la Nación. El 23 de febrero de este año Espert escribió una nota con el provocador título “Macri en el país de las maravillas”. Como se imaginará el lector, Espert mirá el vaso de la realidad económica argentina como medio vacío, resaltando las reformas que Cambiemos no quiere/puede/sabe hacer

Más que cambiar, parecería que Cambiemos se siente cómodo con los desequilibrios heredados del kirchnerismo (a veces profundizándolos) mientras se pueda. Y si la tasa de interés internacional sube mucho y dificulta el proyecto, Dios proveerá y/o ya se sabrá a quién echarle la culpa de eventuales complicaciones de la economía…

Para tener una idea del desafío por delante, el gasto público debería bajar mínimo 15% del PBI; el déficit fiscal, a 0, y la inflación, a nivel internacional. Ni hablar de la contrarreforma estructural que hay que hacer para desandar el camino de nuestra decadencia ya casi secular. Entre otras cosas, hay que reprivatizar todo lo que el kirchnerismo estatizó, eliminar la coparticipación federal de impuestos y que las provincias se paguen el gasto propio; sacarles a los sindicatos las obras sociales e ir a una red de hospitales públicos nacionales; quitar la obligatoriedad que existe (en los hechos) para la cuota sindical; renegociar ya los convenios colectivos de trabajo; ir a una apertura total del comercio sea firmando acuerdos de libre comercio con el grueso del mundo u optando por una apertura unilateral como la chilena de mediados de los años 80.

Una semana más tarde, Pena le contesta a Espert (y al resto de los economistas liberales que reclaman un mayor ritmo de ajuste fiscal) en otra nota con título irritante: “La economía plateísta”. En efecto, para el gobierno opinar desde el llano es lo mismo que opinar sobre fútbol. Poco importa que uno tenga un doctorado en Economía (o sea director técnico en la Premier League). De dicha nota me quedo con la respuesta sobre la reducción del gasto público:

Analicemos la primera propuesta de bajar en 15 puntos del PBI el gasto público (el gasto primario nacional equivale a 23 puntos del PBI y el consolidado de Nación, Provincias y Municipios al 42).

El “Plan Espert” empezaría por suprimir los planes sociales. Eliminar la Asignación Universal por Hijo (4 millones de beneficiarios), las Asignaciones Familiares (6 millones de beneficiarios), las Pensiones por Invalidez (1 millón de beneficiarios) y el resto de los programas sociales de los ministerios de Trabajo y Desarrollo Social (300.000 beneficiarios) generaría un ahorro para el Estado de 2,4 puntos del PBI. Es decir, quitándole el beneficio social a más de 11 millones de personas, aún estaríamos muy lejos de los 15 que sugiere.

Seguramente, el “Plan Espert” continuaría por reducir a su mínima expresión el gasto político. El presupuesto de la totalidad de los cargos políticos del Poder Ejecutivo representa el 0,01% del PBI, una mínima parte de los 15 puntos en cuestión. Eliminar todo el gasto del Congreso Nacional generaría 0,2 puntos del PBI. Si agregáramos una reducción a la mitad del empleo público nacional (que goza mayormente de estabilidad laboral), prescindiendo de 400.000 trabajadores, significaría un ahorro adicional de 1,6 puntos del PBI. Seguimos lejísimos de los 15 puntos. Si cortáramos también la mitad de la obra pública (básicamente rutas, vivienda, agua potable y cloacas), tendríamos un ahorro adicional de 0,8% del PBI.

Es decir, la suma de todas estas medidas -extremas, irrealizables y con un impacto negativo fenomenal en la pobreza y la actividad económica- apenas alcanzaría para bajar 5 de los 15 puntos del PBI que el autor propone.

Casi dos semanas más tarde Espert retruca en otra nota, con título que va al grano: “No hay conciencia sobre los costos de aplicar la receta del gradualismo”. Resalto unos pocos puntos:

El segundo punto que queda en claro es que el Gobierno no pondera adecuadamente la importancia de los desequilibrios económicos heredados. Por de pronto, no le preocupa un déficit consolidado de 7% del PBI mientras sea financiable, como si ese déficit no tuviera nada que ver con la persistente inflación y el atraso cambiario que permite el financiamiento externo. Tampoco parecen preocuparlo las consecuencias futuras sobre el déficit fiscal provocado por los intereses del creciente endeudamiento externo, particularmente cuando el atraso cambiario deba ser revertido…

El ministro de Hacienda trata de demostrar que un ajuste del gasto no podría exceder 5% del PBI, y aun así, a costa de un suicidio político. Ratifico que bajar el gasto público en 15% del PBI, eliminar el déficit y bajar la presión tributaria 7 puntos no solo puede hacerse, sino que debe hacerse si queremos revertir nuestra decadencia. La baja del gasto y la eliminación del déficit puede hacerse en dos etapas; un ajuste inicial (insoslayable) que restaure la competitividad privada y luego un crecimiento privado que permita absorber los ñoquis y planeros que cobran sin aportar nada a la sociedad. Si las restricciones políticas para hacerlo son hoy mucho más altas que en 2015, la pregunta es ¿cuando cree el Gobierno que las restricciones políticas serán superadas? Porque si la respuesta es “nunca”, estaremos condenados a problemas aun para sostener este modelo decadente que tenemos desde hace 70 años.

Los dos tipos de economistas miran los mismos hechos, pero mientras a los Espert les preocupa el ritmo al que crece la deuda pública con el riesgo de realizar un ajuste forzado si las condiciones de mercado cambiasen, el gobierno siente que está avanzando a la velocidad máxima sujeto a restricciones políticas para hacer un ajuste mayor (en un interesante editorial reciente en Perfil, Jorge Fontevecchia argumenta que el gradualismo sería parte de la ideología del gobierno, y no una herramienta de política, i.e. se podría ajustar más pero no se quiere).

En mi opinión, no hay que tomar las propuestas de Espert como un programa de gobierno, como hace Pena en su respuesta, sino como un “ideal” que hay que tratar de alcanzar (aquí hago notar que comparto los temores de los economistas liberales sobre la baja velocidad de ajuste fiscal, pero no adhiero a la idea de reducir el tamaño del sector público a niveles de hace 15-20 años). Y su enumeración no hace más que desnudar el tremendo nudo de distorsiones que estrangula la economía argentina.

Mi contribución a este debate, y de ahí el motivo para resaltar ciertos párrafos de estas tres notas, es preguntar lo siguiente. Si los beneficios del “Plan Espert” por eliminar todos los planes sociales, reducir a la mital el personal de la administración pública nacional, reducir a la mitad la obra pública y otros ajustes menores en cargos políticos y en el Congreso solo reducen el gasto en 5 puntos del producto, ¿en qué gasta la Nación el 17% restante del producto?

En el agregado (Nación y Provincias, pero el primero dominando) el país gasta alrededor de 12% del PBI en jubilaciones. El secretario Pena, en lugar de usar espejos de colores para distraer la atención, debiera de decirnos que el gobierno está muy al tanto del problema de sustentabilidad de nuestro sistema previsional (estábamos últimos en un ranking de sustentabilidad según esta nota publicada hace cuatro meses en Ámbito Financiero). Es cierto que la reforma en la fórmula para actualizar las jubilaciones sancionada a finales del año pasado muestra que en este punto hay fuertes restricciones políticas. Pero hay mucho margen para cambios que el gobierno puede explorar y no parece dispuesto a hacerlo.

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Los idus del gobierno de Macri

19/12/2017

Es hora de hacer un balance del segundo año del gobierno de Macri. Al hacer el análisis del año pasado, dije que Macri iba a terminar su mandato, algo que ningún presidente no peronista lograba desde 1928. En ese momento era escéptico sobre la posibilidad que lograra la reelección en 2019, ya que pensaba que en las elecciones de este año el gobierno iba a tener una cosecha más modesta de votos. Había estimado la performance electoral en base a la situación económica y me sorprendió en nivel de adhesión al gobierno por motivos políticos: el rechazo a Cristina Kirchner sigue siendo muy elevado.

Luego de ganar las elecciones legislativas la mayoría de los analistas políticos dió por descontada la reelección de Macri, en parte apoyándose en la rapidez con la que el gobierno había cerrado una serie de acuerdos con los gobernadores y la CGT. Pero al poco tiempo aparecieron nubes negras moyanistas que empantanaron la reforma laboral. Y en estos últimos días observamos que la oposición le hizo pagar un costo político importante al gobierno para aprobar la rebaja de las jubilaciones, piedra angular del pacto fiscal. Como dije en su momento, nos esperaban 60 días (hasta fin de año) a “observar con detalle”.

Hace pocas horas el Congreso finalmente aprobó el cambio en la fórmula de actualización de las jubilaciones. En estos días de marchas atrás, doble discursos, y traiciones, nos hemos anoticiado que el peronismo, aunque está acéfalo, sigue vivo y culeando. Al respecto vale la pena releer lo que Carlos Pagni escribió en La Nación la semana pasada en la víspera del primer intento de votación en el Congreso.

Todo el trámite legislativo desnuda la naturaleza del enfoque gradualista. Es una opción de política económica. Pero mucho antes que eso, es la imposición de un formato de poder. Si quiere atraer inversiones, Macri debe introducir más competitividad en la economía. Para eso debe bajar costos. En especial, dos: el costo fiscal y el costo laboral. El primero obliga a enfrentar a los gobernadores, ya que los principales impuestos se coparticipan. El segundo exige enfrentar a los gremialistas. Gobernadores y gremialistas son, en su enorme mayoría, peronistas. Y aquí está el inconveniente: los cambios que se pretenden no pueden realizarse sin la colaboración del peronismo, ya que Cambiemos está en minoría en ambas cámaras. Quiere decir que Macri debe aprobar sus reformas con el voto de las víctimas de esas reformas.

Esta ley de hierro está vigente desde hace varios días. La confianza en que el peronismo parlamentario se limitaría a protocolizar los pactos de gobernadores y sindicatos con la Casa Rosada resultó ilusoria. El PJ esperó que la discusión llegara al Parlamento, que es donde Macri más depende de él, para volver a discutir las leyes acordadas.

El gobierno probablemente pueda ser reelecto en dos años, pero no será fácil. Para ello no solamente deberá evitar errores no forzados, sino que tendrá que ser inteligente frente a un rival que evolucionará (leáse ya no valdrá presentarse solamente como anti-K). Para lograrlo al gobierno le convendría tratar de separar la paja del trigo, identificar a los gobernadores peronistas con los cuales se pueda dialogar y llegar a acuerdos (y que manejen a sus diputados). De nada sirve un acuerdo con 23 de 24 gobernadores si luego a la hora de votar todos se hacen los distraídos. Para ello Macri deberá usar el garrote y la zanahoria. Usar, no abusar.

Además creo que debería aislar (¿más de lo que está haciendo?) a los sindicalistas. Y hacerlo en forma gradualista, como hace todo. Primero les saca un cargo, luego unos fondos, después marcha uno preso, etc. Será importante ver como reacciona el sindicalismo. Y todo peronista que se muestre con ellos será automáticamente identificado como no confiable para el gobierno. Esto ayudará a separar la paja del trigo y hará que el peronismo “bueno” deje de ser un peronismo sindical, o lo sea solamente en forma residual.

En cuanto a política económica, luego del recambio ministerial con Nicolás Dujovne se empezó a diseñar un plan económico que, si bien modesto, va en la dirección correcta. Es de esperar que el año próximo el gobierno siga moviéndose en la misma dirección con un ajuste fiscal muy gradual y una reducción de la inflación en pocos puntos porcentuales (no creo que vaya a estar por debajo del 15%). Dada la lentitud del ajuste, y el uso de deuda para financiar el déficit, habrá que monitorear el déficit secundario para ver si el “plan” es consistente. Hoy no es seguro que lo sea. Y esto es muy importante pues si bien la política dominó sobre la economía este año, no creo que los votantes tengan tanta paciencia en 2019. El gradualismo tiene sus riesgos.

Un último comentario, al margen, es la imagen de un país descontrolado en el cual los violentos tienen las de ganar. ¿Cuántos de los detenidos ayer tendrán condena firme por su accionar? ¿Qué nos espera de un país donde un ex-candidato a diputado como Sebastián Romero (foto) nos regala su sonrisa sádica mientras usa un arma casera contra la policía, policía a la que la Justicia le dice cómo (no) tiene que actuar? Buena pregunta, difícil respuesta.

EXPOST: Viendo cómo votaron los diputados de las distintas provincias me parece que el gobierno tendría que reservar la zanahoria para los siguientes distritos donde no gobierna Cambiemos: Catamarca, Chaco, Córdoba, Entre Ríos, Misiones, Salta y Tucumán. Y aplicar el garrote con el resto de los gobernadores opositores (incluyendo Santa Fe).


La reforma jubilatoria y el test de Swagel

14/11/2017

La semana pasada estuve unos días en Buenos Aires para participar en la conferencia de Lacea y Lames. El último día pude charlar unos minutos con Sebastián Galiani, secretario de Política Económica. Hablamos de las trabas para implementar las reformas que quiere emprender el gobierno desde el triunfo en las elecciones de octubre. Como ejemplo me dijo que difícilmente se pueda cambiar la fórmula para actualizar las jubilaciones, si luego la Justicia falla en contra. 

Estuve buscando un poco de información sobre el tema y lo mejor que pude encontrar está en la nota de Carlos Pagni que comenté hace dos semanas (nota excelente se cita dos veces)

La fórmula elegida por el kirchnerismo en octubre de 2008 para ajustar [las jubilaciones] es el producto de una mente afiebrada. Combina aumentos de una parte de la recaudación de la Anses en iguales semestres de dos años consecutivos con ajustes salariales de semestres consecutivos. Además, establece un límite de 3% de la variación de recaudación total durante los dos años inmediatos anteriores. Con este método, entre 2009 y 2017, las jubilaciones crecieron 16,7% más que los salarios y 36% más que los recursos de la Anses.

En un proceso de reducción inflacionaria esa receta es insostenible. Aumenta las jubilaciones según mejoras salariales antiguas, de cuando había más inflación. No preserva el poder adquisitivo, sino que lo incrementa todo el tiempo. Por esta dinámica, en 2020, con ingresos estables, habría un déficit previsional de 2,3% del PBI.

El Gobierno se propone una nueva fórmula, basada en el aumento de precios y/o salarios, homologable con la OCDE…

Tiene razón Galiani cuando dice que aunque desde una óptica económica el cambio es pasar de una fórmula irracional a otra que es práctica común en países normales, la Justicia puede aceptar que la locura es un derecho adquirido y derrumbar cualquier intento de reforma. 

Antes de opinar desde el llano suelo tratar (no siempre) de aplicar lo que llamo el “test de Swagel”. Phillip Swagel trabajó unos años en el Tesoro norteamericano, en particular durante la crisis de 2008. Fruto de su experiencia escribió un artículo publicado en Brookings Papers on Economic Activity titulado “The Financial Crisis: An Inside View”. Quizás leerlo hoy en día no aporte mucho. Salvo por estos párrafos: 

The problem with this criticism is that Secretary Paulson never would have gotten legislative authority if he had proposed from the start to inject capital into banks. The secretary truly intended to buy assets—this was absolutely the plan; the TARP focused on asset purchases and was not a bait-and-switch maneuver to inject capital. But Secretary Paulson would have gotten zero votes from Republican members of the House of Representatives for a proposal that would have been portrayed as nationalizing the banking system. And Democratic House members would not have voted for the proposal without the bipartisan cover of votes from Republicans. This was simply a political reality—and a binding constraint on the Treasury. The calls from academics to inject capital were helpful, however, in lending support for the eventual switch to capital injections (even though at times the vitriolic criticism was frustrating in that it was so politically oblivious).

A similar calculus applies to suggestions that holders of bank debt should have been compelled to accept a debt-for-equity swap. As Luigi Zingales (2008, p. 4) notes, debt-for-equity swaps could “immediately make banks solid, by providing a large equity buffer.” All that would be required, according to Zingales, was a change in the bankruptcy code. A major change to the bankruptcy law had previously been enacted (for better or for worse, depending on one’s point of view) with the Bankruptcy Abuse Prevention and Consumer Protection Act of 2005, but this was the culmination of years of legislative debate. Thus, the idea of a further instantaneous change in the bankruptcy code was unrealistic. Indeed, efforts to make such changes in the middle of the crisis would have reopened the debate over the 2005 act, along with controversial provisions such as the mortgage cramdown. The simple truth is that it was not feasible to force a debt-for-equity swap or to rapidly enact the laws necessary to make this feasible. To academics who made this suggestion to me directly, my response was to gently suggest that they spend more time in Washington.

El test de Swagel es básicamente uno de factibilidad política, legal y regulatoria. Estudiar la eficiencia de alguna política económica usando un modelo es una cosa. Implementar estas ideas es algo enteramente diferente.

El tema previsional es uno que he tratado repetidas veces en el blog (ver acá, o acá donde propongo llevar a 40 los años de aportes para acceder a una jubilación plena). Habiendo pensado sobre la propuesta de cambiar la fórmula de actualización de las jubilaciones con el test de Swagel, tengo una sugerencia para hacerle al gobierno: que proponga el cambio como temporario hasta que la inflación baje al 5% anual (o por cinco años en caso que no logre cumplir con esta meta inflacionaria).

Si como dice Pagni el problema es que la actual fórmula es inviable en un proceso deflacionario, una ley que lo contemple en forma explícita y que tenga esta salvaguarda le daría a la Corte Suprema un argumento para declarar que no viola derechos individuales pues toma el interés de la sociedad en su conjunto. Por supuesto esto requiere que la consistencia de la macroeconomía sea vista como un “bien público”, y cierta plasticidad política de la Corte. 


Los costos laborales

31/01/2017

Con el ascenso de Nicolás Dujovne al ministerio de Hacienda la discusión de los costos laborales pasó a un primer plano. En una nota en La Nación de noviembre del año pasado, el actual ministro especulaba sobre los efectos de reducir los impuestos al trabajo a la mitad

El costo fiscal directo de bajar los impuestos al trabajo a la mitad es de 3,5% del PBI, pero casi un punto se recupera de inmediato por el aumento en la recaudación de Ganancias en las empresas y del IVA por el aumento en el consumo que provocaría la mejora en los salarios de bolsillo ante las menores cargas personales. Otra parte sustantiva se recuperaría por el blanqueo de parte de los tres millones de empleados en negro.

Es cierto que el país en inviable con un 35% de los trabajadores con empleo informal. En forma directa porque la presión para universalizar el sistema de seguridad social sumado al envejecimiento poblacional tienen las características de una bomba atómica de tiempo. Y en forma indirecta porque la informalidad en gran parte refleja la inviabilidad económico-financiera de casi todo emprendimiento en blanco. 

Pero también es cierto que el costo neto de 2,5% del PBI de la reforma que Dujovne analizó desde el llano (bueno, no tan llano, recordemos que formó parte de los técnicos de Cambiemos por lo menos desde el armado de la alianza electoral a comienzos del 2015) no se recupera tan fácilmente. Ello requiere credibilidad, que no abunda: si la medida es percibida como temporaria, las empresas no blanquearán a sus empleados informales y quedará un agujero negro en las cuentas fiscales. 

Es por ello que se viene discutiendo una forma factible, tanto técnica como políticamente, de reducir los costos laborales desde que asumió el nuevo ministro. El domingo La Nación publicó una nota de Silvia Stang que resume los ejes sobre los que gira esta discusión. Una de las formas de evitar los problemas de equilibrio malo mencionado en el párrafo anterior es reducir los impuestos solamente para los nuevos empleos, o hacer rebajas temporarias.

En lo referido a la baja de costos, se proyecta disponer un monto salarial temporalmente exento de contribuciones para nuevos empleos, siempre que la empresa en cuestión incremente su número de trabajadores. Según aclara a LA NACION Héctor Daer, uno de los sindicalistas jefes de la CGT, la exención sería sobre la parte de la contribución empresaria que se destina a financiar diferentes pagos de la seguridad social, y no sobre lo que va a las obras sociales. Si, por caso, el monto exento se fijara en $ 10.000, no se pagaría nada (por el concepto afectado) por un salario de $ 9000, en tanto que por una remuneración de $ 12.000 se contribuiría sobre $ 2000.

En este párrafo vemos, implícitamente, que hay un juego tipo guerra de desgaste entre el gobierno y los sindicatos. Los sindicatos no quieren reducir los gastos destinados a obras sociales que los benefician directamente, y pretenden que el costo corra por cuenta del gobierno. El gobierno obviamente querría lo opuesto (aunque no lo diga públicamente, por razones obvias). Creo que es posible diseñar una reforma que logre distribuir la carga entre ambos. La idea parte de la apreciación de Luis Campos, coordinador del Observatorio de Derecho Social de la CTA, levantada en la nota de Stang:

“Se podría pensar que menos costos es más formalidad; yo soy escéptico”, opina Campos. Y explica: “La informalidad laboral es parte de una economía no registrada”. Por tanto, se entiende que no se va a declarar un número de empleados que no sea consistente con las cifras de la actividad en blanco. Campos cree que, como hay sectores con baja o nula informalidad, disponer una medida generalizada con la meta de reducir ese problema sería potenciar las ganancias de algunas empresas.

La clave es que el grado de formalidad es heterogéneo a través de sectores. Donde la informalidad es baja tiene menos urgencia bajar los impuestos (al menos mientras el gasto sea alto y no querramos endeudarnos para financiarlo). Mientras que en sectores con alta informalidad sería eficiente hacerlo. Los sindicatos probablemente tengan mejor información sobre la elasticidad del empleo en sus sectores, y una forma de extraer esa información es proponer una rebaja de impuestos proporcional a la rebaja en las contribuciones a las obras sociales (y aportes al sindicato) aceptadas por los sindicatos. 

El coeficiente de proporcionalidad debe ser elegido con cuidado para que quede claro que esta propuesta no busca desfinanciar a los sindicatos por un lado, y que no ofrezca un “almuerzo gratis” por el otro. Por ejemplo, por cada punto de reducción de los aportes al sindicato y a obras sociales el gobierno reduce las contribuciones al sistema de pensiones en cinco puntos. 

El principal beneficio de esta propuesta es que tiene credibilidad automáticamente, ya que la rebaja de impuestos se produce solamente en actividades donde la “competencia” de la informalidad empuja a los sindicatos a aceptar una reducción en la tasa de sus ingresos. Y lo hacen porque percibirían que lo que ganan en cantidad de aportantes más que compensa el costo. Hablando mal y pronto, con el efecto multiplicador de la rebaja de impuestos del gobierno pasan al lado “bueno” de sus curvas de Laffer. 

Termino con un saludo a mi padre, fan número uno del blog, que hoy cumple 75 años 🙂


La Anses y el 15% de la Coparticipación

30/11/2015

La semana pasada la Corte Suprema declaró inconstitucional la retención del 15% sobre los impuestos coparticipados que se realiza para financiar a la Anses, en el caso de las provincias de Córdoba, San Luis, y Santa Fe. La Corte interpreta que entre el año 1992 y 2005 dicha retención ocurrió con acuerdo de las provincias, pero desde 2006 se habría efectuado en forma unilateral por parte de la Nación. El fallo también resultará en la devolución a las provincias de los recursos descontados entre 2006 y la actualidad. Para más información ver nota de Adrián Ventura en La Nación, en particular estos párrafos

Aquella deducción había sido originalmente pactada en un acuerdo de 1992, entre el entonces presidente Carlos Menem y los gobiernos provinciales. El acuerdo fue ratificado por la ley nacional 24.130 y prorrogado mediante diversos pactos. El problema surgió porque el 1° de enero de 2006 vencieron aquellos pactos: las tres provincias se negaron a volver a firmarlo, pero el entonces presidente Néstor Kirchner lo extendió unilateralmente, mediante la ley 26.078, a la que luego no adhirieron las provincias. Ayer, la Corte declaró inválido el artículo 76 de esa ley, que disponía la prórroga.

El tribunal consideró que la ausencia de manifestación de acuerdo o adhesión a ese régimen por parte de las provincias invalida esa norma dictada por el Congreso. Además, sostuvo que esa deducción no podía ser considerada una asignación específica de recursos coparticipables, porque no había sido dictada de acuerdo con los recaudos exigidos por el artículo 75, inciso 3° de la Constitución Nacional.

Como la reforma previsional en los noventa implicó el pase de un sistema de reparto a uno de capitalización, fue necesario financiar la transición: por un tiempo el Estado debía seguir pagando jubilaciones del viejo sistema sin recibir la totalidad de las contribuciones de los trabajadores enrolados en el nuevo sistema (el 11% del salario iba a una AFJP). La solución negociada con las Provincias, que transfirieron cajas locales a la Nación, fue esta deducción del 15%. En 2006, ante la realidad que la mayor parte de la transición mencionada ya había tenido lugar, algunas provincias se negaron a renovar los acuerdos.

En 2007, el gobierno de Néstor Kirchner permitió que trabajadores asociados a una AFJP pasaran al sistema de reparto. Para ello aumentó significativamente el beneficio por año de aporte. La Prestación Adicional por Permanencia, PAP, pasó a calcularse como el 1,5% del salario por cada año aportado, en lugar del 0,85% hasta entonces vigente. A pesar de esta mejora, solamente un 10% de los trabajadores eligieron el sistema de reparto (en parte por fallas en el diseño de la implementación de la reforma).

En 2008, ya con Cristina Kirchner como presidente, se estatiza el sistema de capitalización para financiar al Estado en los primeros meses de la Gran Recesión (y para disciplinar a empresas privadas a través de las tenencias accionarios que pasaban de las AFJP a la Anses). Se mantuvo el cálculo de la PAP como el 1,5% a pesar que actuarialmente hacía al sistema deficitario en el largo plazo. Para darnos una idea, con dos aportantes activos por jubilado para pagar un 45% del salario (el 1,5% por 30 años) el aporte debe ser 22,5%. Y como la PAP es solamente una parte de la jubilación, los aportes salariales deberían ser aún más altos, incentivando la evasión.

Si hoy la Anses es superavitaria se debe a la retención del 15%, y al remanente de los stocks de las AFJP que en lugar de acumularse como estaba planeado se usan para pagos corrientes (y también para inversiones de dudoso valor económico, que debieran ser auditadas por el próximo gobierno). Ya era difícil de preveer la sustentabilidad del sistema con un uso más racional de los stocks, con la pérdida del 15% de coparticipación entrará en crisis.

Propongo una reforma del sistema para enfrentar el doble desafío de negociar una salida política al fallo de la Corte y mejorar la sustentabilidad de largo plazo de la Anses. La misma consiste en aumentar la cantidad de años de aportes para acceder a la jubilación plena de 30 a 40 años. Para un resumen de mis viejas ideas al respecto de dicha reforma (que incluyen una flexibilización para que trabajadores con sólo 20 años puedan cobrar una pensión) ver este post de 2010. Dicho aumento debiera ser en forma escalonada, por ejemplo en veinte años (quienes se jubilan hoy deben tener 30 años de aportes para obtener la jubilación plena, quienes lo hacen en diez años, necesitarían 35 años de aportes, etc.).

De la misma forma que en los noventa se negoció con las Provincias la retención del 15% para financiar la transición a un sistema de capitalización, el gobierno de Macri podría requerir el apoyo de las Provincias para financiar la transición de un sistema de reparto no sustentable (habría que poner blanco sobre negro respecto a las inconsistencias de la reforma populista de los Kirchner en 2007-8) a uno sustentable. Quizás sea politicamente factible una retención del 10% de la masa de fondos coparticipables hoy en día que se reduzca anualmente medio punto porcentual. Los gobernadores verían incrementar el flujo de fondos por el 5% que recibirían hoy en día, y una mejora paulatina que les permitiría mejorar sus cuentas fiscales en el largo plazo.

Por supuesto que es mejor recibir 15% que 5%, pero la mayoría de los gobernadores (al menos los relevantes) son conscientes que la reforma de los Kirchner no se sostiene en el tiempo. Y mejor atacar los problemas mientras se pueden corregir con ajustes marginales. De paso se podrían introducir otras reformas en el sistema de seguridad social. Pero eso es material para otro post, cuando el tema esté en la agenda.

EXPOST: Cristina firmó un DNU para devolverle ya el 15% a las Provincias. Se nota que ahora que está por dejar el poder empieza a cumplir con la ley (h de p).

 


El no evento del pago de la deuda

03/08/2012

Dado que el gobierno no tiene ninguna buena noticia para informar ha decidido hacer del pago hoy, viernes 3 de agosto de 2012, de la última cuota de los Boden 2012 un acontecimiento histórico cuando no lo es. Como aclaró Martín Kanenguiser en nota en La Nación el pasado miércoles la deuda pública sigue teniendo un peso importante.

Aunque el Gobierno festejará este viernes el pago del Boden 2012 como si fuera el final del ciclo de endeudamiento, cada habitante de la Argentina todavía debe US$ 4460 y el país tiene pasivos sin regularizar por US$ 20.000 millones.

Para anticipar este evento, el ministro de Economía, Hernán Lorenzino, adaptó la idea del tablero electrónico colocado en la zona neoyorquina de la Sexta Avenida y la 44 que, desde 1989, registra el incesante crecimiento de la deuda pública norteamericana en términos nominales. Pero el contador argentino ubicado en la entrada del edificio y en el sitio de Internet del Ministerio de Economía va en sentido inverso, marcando los días, horas, minutos y segundos que faltan para el pago de la última cuota de este bono, entregado a los ahorristas afectados por el corralito y el corralón. Sin embargo, por aquella crisis también resta pagarles a los ahorristas US$ 243 millones por el Boden 2013, en abril del año próximo.

Irónicamente, el gobierno dice que se desendeuda y al mismo tiempo dice que no puede realizar obras públicas pues no tiene acceso al mercado de capitales (para lo cual, por supuesto, culpa a la “crisis” mundial). Según nota ayer de Jorge Oviedo en La Nación:

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Una propuesta para Scioli (y otros)

12/07/2012

Cristina nos regaló ayer otro más de sus discursos épicos por cadena nacional. Esta vez la nota de color fue confesar (implícitamente) que la AFIP habría investigado a un operador inmobiliario por compartir su opinión crítica en una entrevista publicada en Clarín:

La Presidenta cruzó un límite en su escalada verbal contra los medios. En cadena nacional, y sin ponerse colorada, reveló que decidió investigar los antecedentes financieros y patrimoniales de un empresario inmobiliario. ¿Cuál fue su pecado? Dar su testimonio para Clarín en un artículo sobre la desaceleración de la economía que se publicó el domingo pasado.

 “El día domingo un diario hablaba de tres historias de la desaceleración de la economía. Una conocida inmobiliaria decía que ya no entraba nadie a raíz de las medidas del Banco Central con respecto al dólar. Y yo quise averiguar por esta pobre gente y llamé a Ricardo Etchegaray a la AFIP y este señor no presentaba declaraciones juradas desde el año 2007”, dijo Cristina Kirchner en alusión a Jorge Toselli.

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