Diez años del blog. Una interna para JxC

04/10/2020

Hoy el blog cumple 10 años. Desde el 4 de octubre de 2010 a la fecha en el plano nacional falleció Néstor Kirchner, Cristina se radicalizó, Macri estuvo al frente de una presidencia fallida, y Cristina regresó al poder con Alberto Fernández.

En términos económicos fue una década perdida. Basta decir que el dólar pasó de cotizar a 3,95 a 77 (el oficial). Se puso un cepo, se sacó, se volvió a poner. Se salió de un default, se volvió a entrar, se reestructuró la deuda hace poco más de un mes sin ganar confianza. El argentino promedio es más pobre que hace diez años.

Hay un paralelismo entre la situación actual y la del año 2000. En ese entonces el país estaba con una situación fiscal insostenible, caída del producto con aumento del desempleo, fricciones en la coalición de gobierno. Me llama muchísimo la atención que el peronismo repita el error de poner ministros de una facción y segundas líneas de otra, como lo hizo la Alianza. Esto genera parálisis en la gestión, un lujo inapropiado en tiempos de pandemia. Finalmente en octubre de 2000, cuando la Alianza se quiebra con la renuncia de Chacho Álvarez, el riesgo país empieza a trepar y a pesar de golpes de timón, como el regreso de Domingo Cavallo al ministerio de Economía, el gobierno de entonces no pudo evitar una derrota electoral en 2001.

El gobierno actual va camino a repetir esta historia, no en forma lineal. Pero tendremos una derrota electoral el año que viene, la fractura de la coalición de gobierno, y la escalada del riesgo país.

La derrota será inevitable, lo que se podrá discutir es por cuanto. La fractura también, porque una o más de las facciones de gobierno verán que tienen más futuro saliendo antes que el desastre se agudice (lo que puede suceder antes o después de las elecciones). Y la escalada del riesgo país ya la estamos viendo, ya que el gobierno tiene cero confianza y ante cada problema coyuntural toma medidas que irritan a los mercados. No pueden controlar sus impulsos estatistas y autoritarios, son como el escorpión que mata la rana en la mitad del río.

Muchos se preguntan porqué Alberto Fernández se radicalizó y mimetizó con Cristina Kirchner. Creo que confiaba que podía construir una transversalidad como la que le permitió a Néstor doblegar a Eduardo Duhalde. Por un lado encontró la resistencia obvia de Cristina. Pero lo más importante es que no logró quebrar a la oposición y sumar aliados extra-PJ (salvo tres diputados). Por eso ahora adhiere, fervientemente, a la lógica de la guerra kirchnerista y busca someter a los “enemigos”.

La pandemia aceleró los tiempos y redujo la capacidad de maniobra de un gobierno que, como confesó ante el Financial Times, no tiene plan. Más allá del mencionado fallo de operar para erosionar a la oposición (vale aclarar que en mi opinión el atropello de Cristina desde el apogeo de la pandemia es porque se siente débil, porque sabe que en este contexto el gobierno va a perder las elecciones y una vez eso suceda todo el mundo le dará la espalda).

Así llegamos al punto central de esta nota aniversario: una sugerencia para ordenar a Juntos por el Cambio (ex-Cambiemos, en las próximas elecciones, cepo mediante, podría rebautizarse Cambio-Cambio con ritmo de arbolito). Ya que como buena coalición de gobierno, está formada por distintas facciones, a veces caricaturizadas como halcones o palomas. A mi me interesa más la distinción entre populistas y fiscalistas (o gradualismo vs. shock), pero hay otros clivajes. Y lo importante es que frente a la lógica de la guerra kirchnerista presenten una lógica del riesgo (Ulrich Beck dixit) que llame a cooperar, superando diferencias, para enfrentar la catástrofe de este gobierno.

Lo primero es que los funcionarios del anterior gobierno realicen una genuina autocrítica, de cara a la sociedad, no en un Zoom cerrado. Y de parte de todos los que cumplieron funciones de relevancia. Pienso en Alfonso Prat-Gay twiteando una foto de las manifestaciones contra el ajuste en las jubilaciones a fines de 2017 como reinvindicación de su gradualismo (en realidad ni siquiera eso ya que es su año como ministro aumentó el gasto). Pienso en Carolina Stanley y su facilidad para dar dinero público como planes sociales en lugar de rediseñarlos para hacerlos más eficientes. Pienso en Esteban Bullrich dando un 40% de aumento a los docentes a los pocos meses de asumir como ministro de Educación destrozando de un plumazo la quimera de la metas de inflación (que haya sido recompensado como candidato a senador por la PBA al año siguiente probablemente sea un ejemplo del “Principio de Peter”). Pienso en todos los que creían que con palabras dulces vendrían inversiones sin un plan consistente de ajuste fiscal y rebaja de impuestos; en aquellos que creían que no había un problema fiscal sino que los desequilibrios mágicamente se arreglarían con crecimiento.

Luego de la autocrítica, la oposición nos tiene que presentar un programa integral de gobierno, para convencernos que los votemos no porque sean anti-K, sino porque saben como sacar al país adelante. Aquí es donde primero necesitamos una interna para JxC ya que no hay uniformidad de criterios. Todavía hay quienes piensan que se puede aumentar más el gasto, y hay quienes opinan que se puede ajustar fuerte y rápido como se hizo sin opción en 2018. Hay que consensuar una “tercera vía”. Por ejemplo, creo que si a los planeros se les da la opción de cobrar 50% más hoy y luego nada después de dos años, o cobrar la mitad por siempre esto separa la paja del trigo y ayuda a los primeros a conseguir empleo. Si las distintas partes de la oposición se sienten representadas en la confección del programa esto servirá para mantenerlas unidas. Y también para ampliar la base de sustentación (desde Ricardo López Murphy a Margarita Stolbizer, incluyendo ciertos gobernadores y dirigentes peronistas en el medio).

Finalmente me parece que es altamente probable que el gobierno intente eliminar las PASO del próximo año. La mejor forma de evitar esta jugada es que la oposición planifique una interna para confeccionar sus listas ante esta eventualidad. Y esto es algo que hay que empezar a pensar hoy ya que se requiere un mecanismo que sea aceptado por todas las partes. Presentar listas conjuntas en un distrito y separadas en otros, decidir cómo agregar preferencias de los votantes donde sea necesario (por sondeos o elecciones, en ambos casos cómo implementarlos, etc.).

Y pensar cómo realizar esta interna ayudará a acercar posiciones y negociar el “programa” mencionado arriba. Hacer que la posibilidad (concreta, real, dado el kirchnerismo) de la eliminación de las PASO termine jugando en contra del gobierno, fortaleciendo la oposición. Y con la oposición fortalecida, se fortalece la posición de quienes no comulguen con el gobierno y estén sufriendo su acoso (jueces, fiscales, prensa, y otros factores de contrapeso).

En definitiva, como la mayoría de los argentinos (porque ya somos más del 50%), quiero bajarle el pulgar a este gobierno que no sabe/quiere/puede resolver nuestros problemas; y que dedica sus energías a liberar a Cristina y sus (ex-)funcionarios de condenas por corrupción que serían inevitables con una Justicia totalmente independiente.

Está en manos de los dirigentes de JxC el darse cuenta que no somos sus votantes cautivos. Y que actuando en su interés, planificando una interna por si acaso, también lo harán por el de todos, al diseñar un programa que nos saque del pozo. Que nos muestren que hay una Economía (y un país) Posible.

EXPOST: En una nota en La Nación, titulada “¿Podrá la oposición capitalizar el desgaste del Gobierno?”, Sergio Berensztein realiza hoy un análisis similar,

El equilibrio de poder podría modificarse significativamente si la oposición evitara la fragmentación, consolidara su funcionamiento interno como una fuerza plural y diversa en términos ideológicos y programáticos, elaborara una autocrítica real y convincente en materia económica y canalizara el mencionado malestar social.

Añade que en caso que la oposición no se divida y triunfe el año próximo esto lo podría traer calma a los mercados, y bajar la fiebre del dólar, en la medida que “el Gobierno perdiera capacidad de daño en materia regulatoria y patrimonial”. Estoy de acuerdo.


La flecha del tiempo

09/06/2020

La flecha del tiempo es un concepto de la Física que nos dice la dirección que el mismo registra y que va sin interrupción desde el pasado hacia el futuro. Es decir, cuando nos vayamos a dormir hoy, martes, sabremos que mañana será miércoles. Excepto en Argentina, donde es posible que vuelva a ser martes, o incluso que sea lunes.

En la última entrada del blog dejé registro que el presidente Alberto Fernández había perdido toda mi confianza. Eso fue a fines de abril. A la fecha no ha tomado una sola medida que valga la pena rescatar. Pero el colmo se dió ayer con el anuncio de la intención de estatizar la aceitera Vicentín que se encuentra en concurso de acreedores.

Primero las cosas obvias. Según la legislación vigente solamente el juez que administra el concurso puede nombrar un interventor. Como en Argentina las leyes valen poco más que el peso (de paso, porqué tanto escándalo con poner a Ramón Carrillo en el nuevo billete de $5000 si en menos de veinte años lo vamos a tener que cambiar por una moneda?), el gobierno anuncia que un tal Gabriel Delgado va a ser el interventor como quien anuncia la extensión de la cuarentena por otros 80 días (de esto último me ocupo más abajo).

Segundo la idiotez. El presidente dijo que es una medida que sirve para lograr la “soberanía alimentaria” y que es necesario crear una “empresa testigo”. Si hay algo en que la Argentina es campeón del mundo es en productividad agropecuaria. Si con las trabas que pone el gobierno (retenciones, desdoblamiento cambiario, superposición de impuestos, etc.) el campo argentino le puede vender al resto del mundo es porque es el único sector de primer nivel que tenemos. Qué mal que está el país que su presidente no sabe lo obvio!

Tercero la desidia. Detrás de esta idea naturalmente están los kirchneristas que quieren que seamos Venezuela ya. Que todavía les duele que el campo les haya torcido el brazo en el 2008, y que si en algo son buenos es en montar el Ministerio de la Venganza. Cuando desde el oficialismo se habla del regreso de una Junta de Granos parece que mañana será lunes. Ojalá la oposición pueda trabar este proyecto en el Congreso. Ojalá.

Cuarto las consecuencias. Las empresas argentinas que cotizan en Nueva York están cayendo hoy hasta un 10% (ver nota en La Nación online). Y era de esperar. Recordemos que el país está tratando de renegociar su deuda pública, pidiendo un período de gracia para no pagar ni intereses ni capital por unos años. Y al mismo tiempo decide una expropriación sin sentido económico en el medio de la crisis del coronavirus. Qué tipo de política económica imaginan los acreedores e inversores que habrá en el país en la pospandemia? Una racional de crecimiento económico basada en el sector privado que genere empleo (y así reduzca subsidios y por ende el déficit fiscal), producción y exportaciones (y así genere los dólares para pagar la deuda)? O una populista de estatizar todo y que el 90% de los argentinos sigan dependiendo del Estado? Que alguien le avise a Martín Guzmán que todavía está a tiempo de renunciar y resguardar su reputación.

Dejemos a Vicentín de lado y vayamos a un ejemplo de que mañana es hoy: la cuarentena. Comenzó el 20 de marzo, y ya sabemos que va a durar, en el area metropolitana, al menos tres meses. El problema es que no se tomaron las medidas en este tiempo para poder levantar la cuarentena en forma eficiente, es decir con un aumento en la actividad económica sin aumentar la circulación del virus. No se entiende como no se montó una estructura para testear masivamente, aislar a los infectados, y seguir a sus contactos. Es la estrategia, que con matices, se sigue en todo el mundo.

Para esta estrategia se necesitan tres elementos: tests, personal, e inteligencia. Tests se pueden comprar. Y en el país nos pavoneamos con el desarrollo de uno por parte de investigadores del Conicet (aquí nota de hace dos semanas en la BBC sobre el mismo). O sea que primer elemento está, o debiera estar.

Personal? Creo que sobran empleados públicos y planeros que se podrían dedicar a esto. Por qué no lo están haciendo? Imagino que con respecto a los primeros los sindicatos quieren proteger su salud (como vimos hicieron los bancarios amontonando a jubilados a principios de abril en la puerta de las pocas sucursales abiertas). Los segundos quizás no puedan, no sepan, no quieran trabajar. Ok, segundo elemento quizás más difícil.

El verdadero problema es el tercero. Que falta inteligencia se pudo apreciar cuando hace unas semanas en la Ciudad de Buenos Aires se comenzó a realizar más testeos y permitir la apertura de ciertos negocios, es decir adoptar las políticas del primer mundo para salir de la cuarentena. Los intendentes peronistas del conurbanos estallaron porque ellos no podían tomar las mismas medidas. Por un lado no habían tomado recaudos para comenzar los testeos, y por otro lado si testeaban no sabían que hacer con los infectados. Qué pasó? Que siguiendo una tradición muy argentina se decidió nivelar hacia abajo y Horacio Rodríguez Larreta tuvo que dar marcha atrás con ciertas medidas y frenar la reapertura en la Ciudad.

En conclusión estimado lector, cuando mañana se despierte preste atención si le ha tocado hacerlo en lunes, martes, o… miércoles! Argentina potencia.


De-crecimiento

18/02/2020

El gobierno sigue mostrando de a poco sus cartas en la renegociación de la deuda que espera conseguir. Y hasta ahora lo visto es lamentable. La anterior entrada en el blog criticaba el falso recorte de las jubilaciones. Con el reciente anuncio que las jubilaciones mínimas se incrementarán en marzo más que lo que hubiera implicado seguir la fórmula de actualización descartada, el gobierno en lugar de reducir el gasto lo aumenta, financiando el “recorte” a las jubilaciones por encima de la mínima con deuda forzosa (juicios que por jurisprudencia va a perder).

Hoy quisiera hablar sobre la máxima del gobierno que dice que antes de pagar el país tiene que crecer. Una idea razonable y que supongo aceptan hasta los acreedores más hostiles. El problema es que el gobierno no tiene un plan para impulsar el crecimiento sostenido. Hasta ahora lo que se ve son medidas para cerrar la economía que puede ser que logren una leve reactivación en el corto plazo pero limitan el crecimiento a más largo plazo pues conducen a una mala asignación de los recursos (i.e. el país termina produciendo menos bienes y servicios que su potencial).

Incluso en un area en que hay un cierto consenso entre el gobierno y la oposición, el desarrollo de Vaca Muerta, no hay señales que incentiven la inversión. Guillermo Nielsen estuvo trabajando en un proyecto de ley para el sector que ahora está en manos de Matías Kulfas (y que por presiones políticas ahora incluiría areas convencionales). Recientemente se anunció que este proyecto también va a esperar a la renegociación de la deuda para bajar al Congreso.

El gobierno debiera percatarse que hay un cambio en la percepción del valor de las reservas petroleras. Se estima que la producción alcanzó, o está por alcanzar, un pico, y de aquí en más va a entrar en declive. Por ende van a quedar reservas de petroleo que no serán explotadas. Hay un trabajo reciente de Cristina Atanasova y Eduardo Schwartz (cuyo resumen pueden leer aquí) que muestra que el valor de mercado de empresas petroleras en los EEUU crece con las reservas probadas que están desarrolladas, pero se reduce con las reservas no desarrolladas. De ello infieren que el mercado penaliza las inversiones en reservas no desarrolladas por el riesgo de cambio climático. Las reservas no desarrolladas son pues activos “varados”.

Assets become “stranded” if they become obsolete as a result of market, regulatory, or environmental changes. In the case of oil firms, both developed and undeveloped proved oil reserves are at risk of being stranded. Developed reserves can be extracted from existing wells, while undeveloped reserves are those which are located beneath undrilled sites or which are accessible from existing wells only with relatively large expenditure and time commitment.

Si no estabilizamos la macro y obtenemos una reestructuración amistosa de la deuda corremos el serio riesgo de matar la Vaca Muerta.

Volviendo al crecimiento en general, y dejando el sector petrolero momentáneamente de lado, en mi opinión hay una estrategia disponible que nos puede sacar de esta trampa de estancamiento en la que estamos hace casi una década. Consiste simplemente en unirnos al resto de los países del Mercosur y ratificar el reciente acuerdo de libre comercio con la UE, así como acompañar a Brasil en la búsqueda de otros tratados de libre comercio.

El acuerdo UE-Mercosur le da a los países sudamericanos 15 o más años para reducir sus barreras al comercio proveniente de Europa. Los industriales serios tienen tiempo más que suficiente para adecuarse al nuevo contexto (por supuesto al hacer las cuentas no todos elegirán modernizarse, habrá quienes opten por cerrar). Y la lluvia de inversiones finalmente se materializaría. Volviendo al sector petrolero, la cláusula de eventualmente bajar las retenciones a cero haría creíble y rentable muchos proyectos asociados a la mencionada Vaca Muerta. 

Por supuesto es que el problema es que nuestros industriales no desean competir en lo más mínimo. Me recuerdan a mi hijo de siete años que nos dice que no quiere ir al colegio. El problema es que el Estado-papá cede frente a los empresarios nacionales rentístas (a menudo a cambio de coimas, dicho sea de paso) y así no hay desarrollo posible.

Pero, quizás este sea el destino de la Argentina. En un mundo que cada día valora más el “decrecimiento”, entendido como un movimiento ecológico que prefiere crecer menos a cambio de un menor cambio climático, el país podría promoverse como el líder mundial del no crecimiento. Si atraemos suficientes turistas (para los cuales el espectáculo de los piquetes ya va perdiendo atractivo), podríamos sustituir las divisas que quedarían bajo tierra en Vaca Muerta o estranguladas por las retenciones en la Pampa. Peor es nada.


Esperando definiciones del nuevo gobierno K

19/11/2019

En tres semanas Alberto Fernández asumirá la presidencia de la Nación, consumando el regreso del kirchnerismo al poder. Más allá de exponer de forma cruda el rotundo fracaso de Mauricio Macri (no pudo, supo, quiso arreglar la economía y prevenir el regreso de Cristina al poder), no es hora de lamentarse sino analizar el país que viene.

Lo primero que habría que notar es que, como dijo ayer Carlos Pagni en Odisea Argentina, “Fernández es un Néstor sin soja”. Y esto es clave para entender como va a cuajar el próximo gobierno. Un poco por preferencia, pero especialmente por necesidad, la ortodoxia económica va a estar presente. El gobierno va a respetar las restricciones que enfrenta y no va a poder hacer populismo explícito como hizo Cristina. En cierta forma esto sería la contracara del gradualismo de Macri, quien respetaba las restricciones políticas para hacer el ajuste (aunque como dije en más de una ocasión en este blog, en mi opinión se pudo haber hecho más). 

El nuevo gobierno va a contar con la ayuda de las agrupaciones sociales, los sindicatos y demás grupos de poder que no tardaron ni cinco minutos en ponerle palos en la rueda a Macri pero que ahora anuncian un diciembre en paz, sin demandas de bonos de fin de año, y anticipando reclamos salariales mesurados. Es vergonzoso que esto parezca como algo natural para los votantes del PJ, cuando debiera al menos avergonzarlos un poco (y llevarlos a ser más exigentes con su nuevo gobierno).

Hablando de votantes voy a usar datos de una encuesta online, que pedí hacer en las primeras dos semanas de octubre, para ver en qué difieren los simpatizantes del actual y nuevo oficialismo.

En términos de ideología, los votantes de Alberto están más a la izquierda que los de Macri (0,1 puntos sobre 1), dicen ser más nacionalistas que liberales (0,2 puntos sobre 1), y están más de acuerdo que la Argentina debe ser capaz de tomar decisiones soberanas (0,3 puntos sobre uno).

Respecto a la relación del país con el resto del mundo, los votantes del PJ desprecian más la globalización (0,3 puntos sobre uno), y están más a favor del default, ya sea sobre deuda pública o con el FMI (0,2-0,25 puntos sobre 1). Aunque no hay diferencias en su apreciación sobre los beneficios del acuerdo comercial entre la UE y el Mercosur (esto se puede deber a que al ser un tema abstracto, los votantes no tienen opiniones formadas).

Finalmente respecto a sus expectativas sobre la economía del año próximo, los votantes de ambos partidos han expresado tener un nivel similar de temor que la crisis actual se agrave. Y todos los votantes mostraron un muy bajo nivel de confianza en otras personas.

En definitiva, las preferencias de los simpatizantes del nuevo oficialismo apuntan a que el país se volvería a cerrar al mundo, algo ya visible en declaración del nuevo presidente en temas de política exterior. Pero como ya dije, es de esperar que al menos en parte, primer cierta ortodoxia en materia económica. De hecho circulan versiones que las competencias de Economía se dividirían en dos ministerios (un progreso respecto de la absurda dispersión del gobierno de Macri), uno a cargo de Guillermo Nielsen y el otro comandado por Matías Kulfas. Ortodoxia y heterodoxia. Habrá que ver quién será el doctor Jeckyll y quién el señor Hyde… lo que dependerá del ojo del observador.

 


Lección para futuros gobiernos

15/10/2019

A principios de septiembre La Nación publicó una nota explosiva de Nicolás Cassese y Romina Colman sobre la performance electoral del gobierno de la Ciudad en la Villa 31 donde Horacio Rodríguez Larreta perdió por 47 puntos contra Matías Lammens. Pocos días después, Ricardo Roa en Clarín aportó una posible explicación, más allá de la crisis económica, en esta nota

Dentro del macrismo, hay quienes pegan el mal resultado electoral no sólo a la crisis económica que pegó fuerte por cierto, sino también a la gestión de Diego Fernández, un empresario gastronómico sin experiencia política y sin vocación política puesto en un lugar donde las obras mejoran la vida de la gente pero solas no ganan las elecciones…

No hubo denuncias de clientelismo ni de corrupción en la asignación de viviendas pero en las villas hacer política hace diferencia y a veces hace diferencias grandes en la cosecha de votos. Es lo menos parecido a gestionar una empresa.

Según Roa los votantes aprecian las obras y por eso Rodríguez Larreta está ganando en la Ciudad (aunque hay que ver si logra hacerlo en primera vuelta, como se quemó con leche con Lousteau hace cuatro años, previsiblemente llora al verlo a Lammens). Sin embargo volvamos a la nota de Cassese y Colman que comienza con esta anécdota impresionante:

José Algaraz atiende un kiosco en la entrada de su flamante casa de la villa 31. Es un hombre macizo que antes vivía debajo de la autopista Illia. No tenía título de propiedad ni agua. Hace un mes se mudó a una de las 1200 viviendas construidas por el gobierno de la ciudad. Paga $5000 por mes de un crédito blando a 30 años. Su barrio ahora es una postal de calles peatonales anchas y juegos para niños. Podría ser el campus de una universidad escandinava. Sin embargo, José está enojado.

“Yo quería baldosas, se queja mirando su piso gris de cemento alisado, un estilo industrial que está de moda entre los arquitectos de Palermo. “Parece un cementerio”, acota su mujer, señalando los ladrillos opacos de las paredes. Tienen una bandera con la iconografía peronista guardada y dicen que la desplegarán durante el asado con el que planean festejar la eventual derrota del oficialismo. 

Como a muchos otros, cuando leí esta nota me indigné sobremanera. Y pasé a expresar mi indignación en Twitter. Copié la primera frase del segundo párrafo y añadí que lo decía alguien a quien el gobierno de la Ciudad prácticamente le había regalado la casa. Y terminaba el tweet diciendo:

Lección muy importante: no gastar pólvora en chimangos

Por supuesto que enseguida me llovieron críticas de todo tipo. Que la vivienda social es una inversión bien importante en un país con un déficit habitacional tan alto. Que tal vez para esas personas son más importantes sus ingresos reales que su stock de capital. Hasta un como no votan como te gustaría no hay que invertir en ellos, que asco.

Efectivamente el último comentario da en el clavo. Quise, y quiero, decir que a futuro los gobiernos deben tomar nota dónde les reditua invertir (ojo invertir es una cosa, gastar es otra). Para un político tiene menos sentido gastar recursos en viviendas para ciudadanos que no lo van a votar, que en infraestructura que beneficia a segmentos de la población que son votantes independientes y por ende pueden cambiar su voto en “agradecimiento” por las obras.  

La realidad es que los recursos son escasos (salvo para algunos delirantes de la MMT y para ciertos kirchneristas) con lo cual los Rodríguez Larreta del futuro tendrían que replantearse el uso que harán del presupuesto de la Ciudad (o el distrito que les toque gobernar). Los que seguro salen perdiendo son los José Algaraz del país. Si ni regalándoles una casa se consigue su voto no debieran esperar nada en el futuro de ningún político. En efecto el mismo razonamiento del párrafo anterior indica que tiene poco sentido gastar recursos en inversiones que beneficien a los votantes duros. Cristina se alegraba de ver crecer la Villa 31. Pero, cuánto invirtió en la misma? 


Bases para el desarrollo argentino

21/08/2019

Puede resultar un poco extraño hablar de desarrollo cuando el país atraviesa su enésima crisis. Pero es que justamente una crisis nos presenta la necesidad de elegir que (nuevo?) camino seguir. Y dado que el ministro Hernán Lacunza está convocando a los equipos económicos de la oposición para discutir ideas, aprovecho para meter bocado. 

Parece una eternidad pero fue hace menos de dos meses, cuando las encuestas estaban casi empatadas, que se anunció el acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur. Tomó casi veinte años, y todavía falta ratificarlo. Sin embargo no caben dudas que este es uno de esos caminos que se nos abren como salida a nuestras recurrentes crisis.

En efecto, en la medida que debamos prepararnos para competir con la UE estaremos forzados a reducir (en lo posible eliminar) la maraña de distorsiones que elevan los costos de producción locales. Ya se venía trabajando en este sentido, pero a un ritmo muy lento. Máxime teniendo en cuenta que Brasil está por sumar la reforma previsional a la laboral aprobada el año pasado. 

Antes de seguir quisiera aclarar que ratificar el acuerdo comercial implicaría costos y habría empresas, e incluso sectores, que quedarían marginados. Por ejemplo, tomemos el sector automotriz. En principio la apertura significaría un desafío tanto para Argentina como para Brasil. Pero en los hechos nuestro país sufriría más en la medida que nos hemos especializado en autos medianos mientras que Brasil lo hizo en autos chicos. Y cuanto más chico un auto menos conviene fabricarlo en Europa y enviarlo al Mercosur. 

Si uno mira la letra chica del acuerdo es indudable que la UE saca más beneficios que el Mercosur, ya que los aranceles que serán reducidos son mayores en el cono sur. Además el acuerdo refleja el poder de negociación de las partes y habría que ser muy necio para suponer que sacamos una ventaja en este sentido. Lo que si se consiguió es que la apertura comience antes en la UE, y tener extensos plazos para reducir nuestros aranceles. 

Las ventajas para nuestros países se darían en el desarrollo posterior, no con la firma del tratado. En la medida que los factores de producción se orienten a los nuevos sectores beneficiados con el acuerdo se conseguirá un incremento en la productividad promedio y en los ingresos per cápita. Y en esta dimensión el potencial para el Mercosur es muy superior al de la UE pues ellos solamente harán ajustes marginales, en proporción al peso que los nuevos flujos de comercio tengan sobre su producto. 

Y aquí es donde se nos presenta una de las bifurcaciones más importantes a la hora de elegir que políticas seguir. Por un lado es natural proponer que la Argentina se especialice en productos agropecuarios y agroindustriales (habría que extender la marca “Argentina” de la carne a todo lo se pueda vender en un supermercado). Por el otro están quienes dicen que el campo no genera valor agregado y que por eso hay que mantener todas las defensas que sea posible sobre la industria nacional. 

No quiero entrar en la discusión vetusta sobre campo o industria. Creo que al mencionar agroindustria en el párrafo anterior queda claro que pueden ir de la mano. Pero hay varios supuestos que definen esta “grieta” y hay que ver en qué medida siguen siendo válidos. 

Un argumento que escuché varias veces, y de economistas muy respetables, es que aun y reconociendo que el campo genera valor agregado (basta ver el uso intensivo en nuevas tecnologías para reconocer que es EL sector más desarrollado del país, al tope en terminos de competitividad en el mundo), no alcanza para tener un nivel de ingresos per capita aceptable. Y citan a Chile como ejemplo donde si fue posible hacerlo, siendo la minería, la piscicultura, y la industria vitivinícola los pilares. 

Pero este argumento quedó desactualizado con el descubrimiento de Vaca Muerta. Este yacimiento tiene un enorme potencial, pero desarrollarlo requiere cuantiosas inversiones. Y para que lluevan las inversiones es necesario tener seguridad jurídica y un marco macroeconómico estable. La semana pasada vimos que estamos lejos de ambas cosas.

Los críticos de una estrategia de desarrollo basada en el campo también asumen que la frontera agropecuaria está estancada desde que los ingleses dejaron de invertir en expandir la red ferroviaria. De hecho se ha argumentado que lo primero causó lo segundo cuando a mi entender fue al revés (el shock de la primera guerra mundial reduce inversiones británicas en todo el mundo). Basta ver la expansión de la frontera hoy en día (ver esta nota reciente en El País) para sacarnos la duda que cuando el campo tiene infraestructura para desarrollarse lo hace. Y la rehabilitación del Belgrano Cargas es un paso en esa dirección. 

Si el país se desarrollara siguiendo una política exportadora basada en el agro y los frutos de Vaca Muerta (pensemos en la expansión de la industria petroquímica, lo que obviamente requiere resolver problemas de hold up), a lo que podemos sumar la minería alcanzaríamos un nivel de ingresos que permitiría la existencia de una industria local que nos provea de bienes que no sería viable importar.

Esto ocurre en todos los países del mundo, no solamente en los que están en los confines del mundo y por ello gozan de una elevada protección natural. Pero para que esto pueda suceder el consumidor argentino debe estar dispuesto a pagar un plus por comprar algo “Made in Argentina”. Y en este sentido estamos lejos de los europeos (por ejemplo, en Dinamarca la fruta desabrida local se vende más cara que alternativas del sur del continente con más sabor). De la boca para afuera defendemos la industria local, pero a la hora de hacer las compras, si el producto chino es un poco más barato, palo y a la bolsa. 

Una vez que se defina una estrategia de desarrollo de largo plazo, que puede tener menos énfasis en la exportación que lo descripto en esta nota (dados los antecedentes de doce años de gobiernos kirchneristas, apostaría que va a ser así), falta ver como transitar desde el hoy devaluado al futuro más promisorio. 

Si la estrategia de desarrollo es creíble (lo cual requiere que sea adoptada, con matices, como política de estado por los principales actores políticos), sería posible tener una macro ordenada en el mediano plazo pues las condiciones para este equilibrio serían robustas. Pero esto nos deja el corto plazo en el aire. Para usar una expresión usual, necesitaríamos un ancla que fijara expectativas y nos permita converger a equilibrio virtuoso de (muy) baja inflación, cuentas fiscales en orden, y bajo nivel de endeudamiento (usando idealmente la deuda para hacer política anticíclica). 

Coincido con la oposición que el ajuste fiscal sería más fácil de hacer si la economía creciera. Esto es obvio, se sigue de una identidad contable. Pero dada la situación actual de la economía es posible usar un atajo para lograrlo (atajo que aclaremos Cambiemos no podía usar en su primer año de gobierno pues los desequilibrios macro eran enormes). Consiste en adoptar una convertibilidad con cláusula de escape, como describí en este post del año pasado sobre la robustez de la política monetaria, que duele leer ex post.

La otra opción sería instalar una convertibilidad con cláusula de escape, que funcione de la siguiente manera: a) fijar el tipo de cambio con una canasta que considere dólar, euro, real y quizás yuan. b) usar líneas de crédito contingente con los bancos centrales de las monedas de la canasta para financiar temporariamente las reservas necesarias para cubrir la base monetaria (esta es una de las condiciones de la cláusula de escape, ya que cuando hay que devolver la reservas hay que abandonar la convertibilidad, si no se generaron otros recursos), c) una cláusula de escape explícita que indique que cuando se hayan alcanzado ciertos objetivos el peso pasa a flotar (respecto a inflación, superavit primario, ratio deuda PBI, porcentaje de deuda pública en moneda extranjera, desarrollo de mercado de capital doméstico, etc.).

Este post está siendo demasiado largo como para explayarme más en detalles. Pero notemos que ya sabemos que una convertibilidad es super eficiente en coordinar expectativas a la baja en la inflación (basta ver la trayectoria del IPC en 1990-1992), y al proporcionar un marco macro estable atrae inversiones como moscas a la miel (basta ver la trayectoria del PBI en esos mismos años). Además al estar el peso atado a una canasta de monedas tendremos tiempo para acostumbrarnos a que la cotización del dólar varie sin que ello implique remarcaciones de precios (una de las peores costumbres argentinas es indexar todo al dólar al coordinar expectativas que todos los agentes económicos se comportan de la misma manera). 

Quizás prejuicios ideológicos, cuando no, impidan que la próxima administración o la actual, dado que la oposición hoy tiene gran influencia en la política económica del ministro Lacunza, adopten este esquema rígido asociado al “neoliberalismo”. No sería la primera vez que ello suceda. Pero también podría ser que el equipo económico de Alberto Fernández simpatice con la idea y coordine con el gobierno de Macri que sea este quien cargue con la responsabilidad de tomar esta medida (aunque su éxito depende de un cuidado diseño inicial). 

Más probable es que no, que se piense que solamente con cambiar nombres se lograría bajar la inflación (estabilización por ego). Igual, peor que se piense en manipular estadísticas. O creer que la emisión no genera inflación. La esperanza es lo último que se pierde. 


Centenario del Armisticio

11/11/2018

Hoy se cumplen 100 años del fin de la Primera Guerra Mundial. Todos los medios del mundo lo recuerdan, y marcan paralelismos entre la situación actual de incertidumbre política y económica con la inestabilidad del mundo de entreguerras. Copio a Marc Bassets en una nota hoy en El País,

“Las razones del fracaso de la paz en 1918 constituyen una llamada de atención para el mundo de 2018”, dice a EL PAÍS el politólogo Dominique Moïsi, consejero especial del Instituto Montaigne y autor, entre otros libros, de La geopolítica de las emociones. “En 1918”, añade, “vimos que el armisticio no traía la paz, por dos razones importantes. Los vencedores fueron demasiado rígidos en sus exigencias hacia Alemania, y porque la organización internacional que se construyó, la Sociedad De Naciones, fue demasiado débil. Es decir, una mezcla de nacionalismo demasiado fuerte e internacionalismo demasiado débil. Hoy reencontramos esta combinación”.

Palabras como pueblo, identidad o nación vuelven al primer plano. “Hay una crisis identitaria ligada a la mundialización”, explica Moïsi. “Cuanto más global, interdependiente, transparente es el mundo, más se han lanzado los ciudadanos a una búsqueda identitaria, poniendo de relieve el culto de la diferencia, aunque esta diferencia sea cada vez más marginal. Y ahí vemos el efecto de una mundialización, que para muchos ha sido desdichada”.

Nacionalismo es una palabra ambigua, de difícil definición, como populismo.

Katrin Bennhold del New York Times se pregunta en esta nota hoy si puede sobrevivir el orden liberal en Europa en la medida que se diluye la memoria de la guerra.

The anniversary comes amid a feeling of gloom and insecurity as the old demons of chauvinism and ethnic division are again spreading across the Continent. And as memory turns into history, one question looms large: Can we learn from history without having lived it ourselves?

In the aftermath of their cataclysmic wars, Europeans banded together in shared determination to subdue the forces of nationalism and ethnic hatred with a vision of a European Union. It is no coincidence that the bloc placed part of its institutional headquarters in Alsace’s capital, Strasbourg.

But today, its younger generations have no memory of industrialized slaughter. Instead, their consciousness has been shaped by a decade-long financial crisis, an influx of migrants from Africa and the Middle East, and a sense that the promise of a united Europe is not delivering. To some it feels that Europe’s bloody last century might as well be the Stone Age…

Historians guard against drawing direct parallels between the fragile aftermath of World War I and the present, pointing to a number of notable differences.

Before World War I, a Europe of empires had just become a Europe of nation states; there was no tried and tested tradition of liberal democracy. Economic hardship was on another level altogether; children were dying of malnutrition in Berlin.

Above all, there is not now the kind of militaristic culture that was utterly mainstream in Europe at the time. France and Germany, archenemies for centuries, are closely allied.

“What is being eroded today, is being eroded from a much higher level than anything we had ever achieved in Europe in the past,” said Timothy Garton Ash, professor of European history at the University of Oxford.

La semana pasada Adam Hochschild escribió una nota en New Yorker en la cual condena la “locura” de seguir luchando durante seis horas entre la firma del armisticio y su entrada en vigor: al menos 2738 soldados murieron ese 11 de noviembre (8206 fueron heridos o desaparecidos). Además nos recuerda que en lugar de un acuerdo de paz, el armisticio fue una rendición demandada por los aliados, cuyos términos en gran medida sembraron las condiciones para la Segunda Guerra Mundial. Pero no necesariamente por las razones usualmente esgrimidas:

Traditionally, the Treaty of Versailles, signed in June of 1919, has been blamed for the war’s disastrous aftereffects. Schoolbooks tell us that Germany was humiliated: forced to give up territory, pay huge reparations, and admit guilt for starting the war. Hitler did indeed thunder a great deal about Versailles. But, two years after the treaty was signed, the amount of reparations was significantly but quietly reduced. The territory that Germany lost contained only about ten per cent of its people, many of whom were not ethnic Germans. Despite its flaws, the treaty was far less harsh than many imposed on other nations that had been defeated in war. The problem was something else: when the war came to an end, at the eleventh hour of the eleventh day of the eleventh month of 1918, few Germans considered themselves defeated. The resentment that led to a new cataclysm two decades later was really forged by the Armistice.

To begin with, the Armistice was not an armistice; the Allies, in effect, demanded—and received—a surrender. Yet German civilians had no idea their vaunted military was starting to crumble. Their ignorance was a fateful result of unrelenting propaganda. This was the first war in which both sides invested huge resources in whipping up patriotic fervor with posters, films, pamphlets, postcards, plays, children’s books, and more. The German military controlled press censorship, keeping all word of mass desertions, for instance, out of the papers. As the tide turned against Germany, in the second half of 1918, the country’s propaganda for home consumption fully parted ways with reality, remaining relentlessly triumphal to the last. The apparent German retreat? A mere temporary setback. Even a few weeks before the Armistice, the country’s newspapers were still running stories about an imminent final victory.

The illusion was aided by the fact that almost all the combat had been, to the very end, on foreign soil. The only major fighting inside Germany, in the war’s opening weeks, had ended in a spectacular rout of Tsar Nicholas II’s inept invading troops. What’s more, in the Peace of Brest-Litovsk, in early 1918, Russia had yielded to victorious German and Austro-Hungarian troops more than a million square miles of fertile land, largely in what today is Ukraine, Poland, Belarus, and the Baltic states. Who ever heard of a country surrendering under such conditions?…

Finally, as soon as the Armistice took effect, most German troops marched home in good order, regimental flags flying proudly. (What looting they did on the way was in occupied France and Belgium, not in Germany itself.) As they paraded through German cities, they were welcomed by crowds throwing flowers. Friedrich Ebert, the socialist chancellor who took office two days before the Armistice, greeted soldiers at Berlin’s Brandenburg Gate as having returned “unconquered from the field of battle.” As far as most Germans could see, this was true.

Small wonder that Germans were outraged to learn the Armistice terms, and to see British, French, and American occupation troops march into the Rhineland. If the Army was “unconquered,” who was responsible for these humiliations? Who had betrayed the 1.8 million German soldiers killed in the war? Powerful right-wingers had prepared the ground for the legend of the Dolchstoss, or stab in the back, even as the war was still raging. “We shall win the war when the home front stops attacking us from behind,” Colonel Max Bauer, an influential military strategist, declared in 1918. Others made spurious charges that Germany’s Jews were shirking military service and secured a special census of Jews in the armed forces. The Pan-German League called for a “ruthless struggle against Jews.” Aiding right-wing efforts was the fact that it was the new socialist chancellor, Ebert, who would now be blamed for the harsh terms of the Armistice. And so Hitler had an easy time claiming that the Army had been robbed of victory by the sinister machinations of socialists, pacifists, and Jews. 

Para terminar con este resumen de medios, hoy en La Nación Andrés Reggiani también ve el armisticio como el origen del nazismo. 

Uno de los factores más importantes fue la decisión del gobierno alemán de solicitar un cese del fuego cuando sus fuerzas todavía se encontraban en territorio extranjero. Ante la certeza de que la guerra no podía ganarse, y temiendo que una desbandada de las tropas abriese la puerta a la revolución -para ese momento (septiembre 1918) los bolcheviques se habían hecho con el poder en la vecina Rusia-, los jefes del alto mando Hindenburg y Ludendorff aconsejaron al emperador Guillermo II dejar a los partidos políticos la responsabilidad de negociar la paz. El motín de los marineros de Kiel, chispa que encendió la Revolución de Noviembre, precipitó la caída de la monarquía, pero ello no alteró el plan. Con el traspaso del poder a los social demócratas, las élites que habían buscado la guerra cuatro años antes se libraron de pagar el costo de la derrota y se aseguraron su supervivencia política para el incierto futuro democrático. Fueron esas mismas élites las que primero fabricaron el “mito de la puñalada por la espalda”-según el cual la derrota había sido causada por la traición de socialistas y judíos- y más tarde encumbraron a Hitler. 

La historiografía revisionista ha sostenido que en los siete meses transcurridos entre el armisticio de 1918 y la firma del Tratado de Versalles los alemanes vivieron en un “mundo de ilusiones”, imaginando una paz “justa”, con términos más propios de un contrato entre iguales que una rendición. Las penurias a las que el bloqueo británico sometió la población civil, el hecho de que toda la guerra se había peleado en suelo extranjero y la bienvenida triunfal que las autoridades dieron a los soldados a su regreso del frente indujeron a los alemanes a suponer que recibirían un trato honorable. Esas ilusiones se esfumaron el día que los representantes del primer gobierno democrático alemán tomaron conocimiento de las condiciones de paz. A partir allí, la guerra se reanudó, pero por otros medios: retaceando el pago de las reparaciones, objetando el trazado de nuevas fronteras, ocultando el rearme, en síntesis, haciendo todo lo posible por no cumplir los términos del tratado de paz. Los hechos posteriores confirmarían la sabiduría del coronel Aureliano Buendía en Cien años de soledad, cuando dice: “No imaginaba que era más fácil empezar una guerra que terminarla”

Si me sumara al juego de encontrar paralelismos entre el mundo de entreguerras y la actualidad creo que lo que más me llama la atención es la sorpresa de los alemanes que pasaron de verse como los ganadores de la guerra a ser los perdedores humillados prácticamente en un instante. El mismo tipo de sorpresa sintieron los ciudadanos del Primer Mundo en poco tiempo con el comienzo de la Gran Recesión: sus vidas pasaron de la alegría, tranquilidad y riqueza (relativa) a la preocupación, angustia y estancamiento (relativo) en poco tiempo. Y al igual que los alemanes de hace 100 años nos empezamos a preguntar quiénes fueron los responsables. Y el dedo acusador se dirigió hacia las élites políticas. 

La comparación puede seguir entre los populismos de antaños y los neo-populismos de la actualidad (Trump, Brexit, Bolsonaro, los extremos que se tocan en Italia, Hungría, Polonia, etc.). Incluso podemos ver a los inmigrantes cumpliendo hoy el rol de chivos expiatorios como lo fueron en el pasado los judíos. Pero extrapolar más sería peligroso. El mundo ha cambiado bastante y difícilmente la historia se repita. Pero es muy probable que evolucionemos a un orden (o desorden, o cuasi-orden) nuevo. Y lo nuevo siempre asusta y angustia. Puede que en varios países la Gran Recesión haya terminado, pero sus repercusiones lejos están de haberse terminado. 


El gradualismo y las restricciones políticas

06/04/2018

Una vez más voy a escribir sobre el gradualismo de la política económica del actual gobierno. Este nos viene diciendo que le gustaría aumentar el ritmo de los ajustes necesarios en el frente fiscal (condición necesaria para bajar la inflación y para atraer inversiones), pero que no puede porque enfrenta restricciones políticas. Por ejemplo, Alfonso Prat Gay luego de los disturbios en el Congreso por la sanción de la reforma en la fórmula de ajuste de las jubilaciones twiteó lo siguiente:

Si esto fuera cierto no sería políticamente posible hacer un ajuste mayor en la Argentina hoy. Pero si no es posible reducir el gasto público como se discutió recientemente entre economistas del gobierno y críticos liberales (ver post anterior), ¿cómo se explica que la pobreza haya bajado desde 31,4% en el primer trimestre de 2016 al 25,7% en el segundo trimestre del año pasado?

Empecemos recordando el muy buen análisis que realizó Jorge Fontevecchia en su editorial del diario Perfil el último domingo. Ahí nos hace notar dos trampas. Primero, que la comparación debiera hacerse con el segundo trimestre de 2015 (adecuadamente el INDEC no estimó este dato) ya que es previo a la devaluación de diciembre de 2015 y por ende comparable con la situación de atraso cambiario del segundo trimestre del año pasado. Segundo, que la pobreza hoy en día es más alta justamente porque hubo una devaluación significativa a fines del año pasado.

Dejando de lado las fluctuaciones en las mediciones de pobreza por las variaciones en el tipo de cambio, resulta razonable inferir del siguiente gráfico, elaborado por CEDLAS en base a datos del INDEC, que hoy la pobreza estaría en un nivel inferior al de fines de 2015.

Y otra medición conocida, la del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA, en uno de sus últimos informes refleja una reducción de un punto porcentual en la pobreza entre 2015 y 2017.

Volvamos a la pregunta. ¿Por qué bajó la pobreza? ¿Fue por el crecimiento económico o por el aumento de los planes sociales? La Argentina creció el año pasado al ritmo del 3%. Insuficiente para explicar la caída en la pobreza del 30,3% del segundo semestre de 2016 al 25,7% un año más tarde (el salario real y el empleo formal no crecieron tanto en este período).

La principal explicación para la caída de la pobreza observada el último año es el aumento en la cantidad de personas que reciben asistencia del Estado. Esto me permite volver al punto inicial de esta nota. Si el gobierno puede financiar planes sociales que resultan en una baja (artificial?, temporaria?, espero equivocarme y que no sea el caso) de la pobreza, quiere decir que no enfrenta restricciones políticas vinculantes. En efecto, si Macri y su gabinete pudieron gobernar con la pobreza en los niveles observados durante su primer año y medio de gestión, no hacía falta endeudarse para aumentar la asistencia social.

Se podrá argumentar que el gobierno desde un inicio se puso como objetivo reducir la pobreza. El tema es cómo se logra esto. Por mi parte preferiría que el fuerte aumento en la deuda pública (la deuda externa se incrementó en 52.000 millones de dólares el año pasado) se volcara en inversiones en infraestructura que reduzcan el costo país, e incentiven la inversión privada que vía crecimiento económico terminen por reducir la pobreza en forma sostenible.

Endeudarse para reducir la velocidad del ajuste entonces no obedece a restricciones políticas. Por el contrario, y viendo las estadísticas de pobreza (y cómo fueron presentadas), el gradualismo es una elección por motivos políticos: la reelección de Macri. Algo que los críticos del gradualismo ya sabíamos, pero que ahora queda más claro.

 


La educación pública se cayó

23/03/2017

Esta semana, el presidente Macri presentó los resultados de la evaluación Aprender. El progresismo local, en lugar de evaluar los muy pobres resultados de dicha prueba, se concentró en una frase del presidente: “Hay una terrible inequidad entre el que puede ir a la escuela privada y el que tiene que caer en la escuela pública”. En las redes sociales proliferaron las consignas dolidas de prohombres (y mujeres) que defendían su “caída” en la escuela pública. Ricardo Roa hizo hoy en Clarín un interesante análisis

Se le cayó la frase a Macri y una legión de bien pensantes progres le cayó encima. Con interpretaciones para todos los gustos. Psicoanalíticas que la asociaron al inconsciente del ingeniero. Ideológicas que la relacionaron con la clase social de la que proviene. Y por supuesto de los activistas kirchneristas que confirmaron en la definición la voluntad de Macri de destruir la escuela pública.

Los responsables de más de una década de privatización de la educación pública con la fuga de alumnos a las escuelas privadas le endilgan a Macri ese objetivo. Los kirchneristas necesitan alimentar un prototipo de Macri a la medida de sus consignas. La mala noticia para esos bien pensantes es que tomada en sentido literal la frase de Macri sintoniza con lo que piensan los miles y miles de padres que han sacado a sus hijos de escuelas públicas.

Es una fuga hormiga que no sólo se verifica en los sectores medios y altos. Todos saben que la mejor educación ya no la proporciona el Estado. No es una cuestión ideológica.

En esta entrada no voy a analizar el lamentable estado de la educación en el país. De ello ya escribí en el pasado (ver acá, por ejemplo). Voy a tomar la nota de Roa como punto de partida, y me voy a concentrar en la actitud miope de tomar las palabras del presidente como una ofensa personal. Si uno toma las palabras en sentido literal, Macri se está refiriendo a los alumnos que, sin tener alternativa, hoy deben ir a una escuela pública. Caen en ella. No dice nada respecto a la calidad de la escuela pública hace 30 o 40 años. 

El problema es que los miopes en cuestión fueron a la escuela pública hace 30 o 40 años. Y la calidad de la escuela pública hoy está muy lejos de lo que fue en el pasado. Traigo a colación un par de anécdotas personales. Hice la primaria en un colegio privado, y en el Pellegrini hice el secundario. Ahí me di cuenta lo mala que había sido mi educación primaria, al contrastar mi preparación con la de mis compañeros que fueron a una primaria pública. Recién en tercer año logré ponerme al día en Matemáticas.

Terminé la secundaria en 1985. Cuando se cumplieron 30 años participé de los festejos con algunos de mis compañeros en el colegio. Y vi, con horror, como una de las aulas que habíamos usado estaba exactamente igual que en ese entonces. Ni bancos o pizarrones nuevos, ni computadora o cañón. Un desastre. 

Para alcanzar el crecimiento sostenido necesitamos elevar la calidad de la educación (pública y privada). Y para hacerlo tenemos que partir de un diagnóstico correcto. La educación pública no es un desastre porque el presidente usa el verbo caer, ni porque este gobierno quiera destruirla. La educación es un desastre porque hay intereses creados que no quieren reformar los estatutos docentes del siglo pasado que hacen que la misma masa de recursos que en otros países sostienen excelentes escuelas acá se diluyan en mantener docentes que no trabajan y suplentes que tampoco lo hacen. Es un desastre porque los sucesivos gobiernos desde 1983 a la fecha no han hecho frente a estos intereses creados. Es un desastre porque los miopes que la defienden al mismo tiempo mandan a sus hijos a colegios privados (y no les parece contradictorio). 

Es posible salir de este círculo vicioso? Creo que si. En particular se podría adoptar una reforma gradual que reduzca los generosos beneficios de los nuevos docentes sin afectar los intereses creados sobre los actuales maestros (en línea con lo que sugerí hace poco para el empleo público). Dudo que hoy se pueda avanzar mucho en esa dirección. Pero si seguimos sin hacer nada nuestra progresía miope terminará ciega. 


Ideología y política social

09/01/2017

Hace un mes escribí un post resumiendo el primer año de gobierno de Macri. En el mismo digo que una de las razones por las cuales no espero grandes cambios en las políticas a implementar en el resto de su mandato es:

Además hay que agregar que buena parte de los cuadros técnicos del gobierno son realmente progresistas y están convencidos que el Estado debe tener una presencia importante en la economía.

La semana pasada escribí un tweet un tanto derechoso comentando el globo de ensayo del gobierno de bajar la edad de impuntabilidad de 16 a 14 años

El impacto que tuvo este tweet con más de 500 retweets y “me gusta” fue diez veces mayor al segundo más popular que haya escrito. Eso me hizo pensar que había tocado un nervio sensible. Y uno al que el gobierno debería prestar atención antes que aparezca un nuevo actor político que lo corra por derecha.

Es sabido que la oposición critica a Macri diciendo que gobierna “para los ricos”. En realidad el gobierno sesga sus políticas hacia quienes tienen poder, no riqueza per se. Gobierna para las provincias que, o controlan el Senado, o son gobernadas por dirigentes de Cambiemos. Gobierna para los dirigentes sociales que le pueden copar la calle (en la Ciudad, Rodríguez Larreta pareciera maldecir el controlar la policía y no poder culpar a Otro por el desmadre).

Los funcionarios progresistas que mencionaba en el anterior post arriba citado se apalancan en este discurso opositor para justificar su forma de ver la realidad y mantener el gasto social a niveles muy altos.

Pero el gobierno puede tomar medidas que sin bajar el gasto social le den un guiño a sus votantes de centro derecha (esos a quienes les gustó tanto mi tweet, y que si existiera una Ucedé moderna la votarían antes que a Cambiemos). La AUH es un beneficio que tiene condicionalidades en la medida que los padres deben cumplir requisitos de salud y educación. Por qué no agregar como condición que los chicos no delinquen? La gran mayoría no lo hace y habrá pocos casos de familias que pierdan sus beneficios por este motivo. Pero el anuncio satisfará a quienes son menos progresistas que el promedio.

Hablando de la AUH, otra posible idea de “derecha” (léase pensada con criterio de eficiencia) es graduarla por el orden de nacimiento de los hijos. Por ejemplo, supongamos que hoy en día una familia puede cobrar $100 por hijo hasta cinco hijos. Propongo que por el primero cobre $160, por el segundo $110, por el tercero $80, por el cuarto $60 y por el quinto $40. Los números son ilustrativos y deberían calcularse para que el Estado gaste lo mismo que lo que gasta hoy en día (decir que gaste menos es ajustar, vade retro satanás).

Por qué sería mejor esto? De base hay costos fijos de tener hijos por lo cual es razonable una prestación que sea decreciente en el número de hijos. Además, por un lado se corrigen los posibles incentivos que la prestación pueda tener en la fecundidad. Por otro lado se genera una transferencia de recursos de regiones con costo de vida relativamente bajo a regiones con costo de vida relativamente alto. Sin tener datos duros a mano me parece que hay mayor número de familias pobres con cinco o más hijos en el NOA o NEA que en la región pampeana. Y la canasta básica es más barata en el NOA que en la región pampeana (o patagónica). Con lo cual esta medida mejora la asignación de los recursos. 

Por supuesto que el lector progresista se rasgará las vestiduras y me insultará por ponerle un “precio” diferencial a cada niño y que eso viola sus derechos, y bla bla. Lo siento, yo no soy (tan) progresista y no puedo dejar de pensar en la ganancia de eficiencia de la propuesta, su atractivo para el votante de derecha huérfano de representación, y el hecho que Cambiemos gobierna en la región pampeana y la oposición peronista en las provincias más pobres. Igual dudo que el gobierno pueda/quiera/sepa como administrar la política social bajo otra ideología que no sea la progre populista.